Monitor Nacional
Mujeres migrantes latinoamericanas
Opinión | Eduardo Gonzalez
4 de noviembre de 2015 - 9:34 pm
mujeres-MN
Es necesario fortalecer las condiciones para que las exiliadas puedan acceder al asilo humanitario en diversas naciones

En los últimos años hemos asistido a diversas dinámicas migratorias que no necesariamente tienen los mismos motivos por los cuales los “ciudadanos a la mitad” se ven obligados a dejar el lugar que los vio nacer: desempleo, conflictos bélicos, persecuciones políticas, efectos del cambio climático, violencia urbana, desapariciones forzosas de familiares y amigos.

A pesar de las evidentes diferencias cualitativas se continúa metiendo en el mismo costal a todos los migrantes sin considerar las características particulares que llevan a cuestas los “errantes del siglo XXI”, y que obligan a un trato diferenciado en los países de acogida dependiendo el grupo social que se estudie y las razones de su obligación migratoria.

En este sentido, si bien la feminización migratoria es una realidad presente desde hace muchos años, en la segunda década del siglo XXI las condiciones de violencia que sufren las mujeres en México, El Salvador, Honduras y Guatemala y a través de las rutas migratorias por donde se mueven miles de mujeres van recrudeciéndose sin distingo de las edades y las condiciones sociales de las migrantes.

Lo anterior se desprende del informe titulado Women on the Run, elaborado por la Agencia de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) que fue presentado en Washington esta semana.

El documento nos actualiza la numeralia de la ignominia materializada en la huida de mujeres desde las cuatro naciones latinoamericanas mencionadas líneas arriba donde no tienen el derecho a no migrar.

El rostro de la sangría poblacional femenina lo constituyen mujeres viajando solas o con sus hijos; en muy pocas ocasiones se mueven en compañía de una pareja sentimental o con un coyote; los hombres que aparecen junto a las mujeres lo hacen como parte de la población migrante que poco interactúan con ellas a lo largo del trayecto.

Uno de los principales detonantes de la migración femenina en la última década ha sido la ola de violencia urbana que experimentan en los países de Centroamérica donde el “pago” hacia las bandas para “garantizar” la “seguridad” barrial es moneda de cambio cotidiana.

Asimismo, las madres se miran en la “necesidad” de “pagar” a las pandillas por el “no reclutamiento” forzoso de sus hijos. Sin dejar de lado, desde luego, los persistentes abusos sexuales que sufren por miembros de bandas rivales a los barrios donde habitan las mujeres o por represalias por sus relaciones afectivas con otros hombres.

La violencia urbana en ciudades centroamericanas y mexicanas que ha orillado a las mujeres a dejar su tierra natal, pone en evidencia la crisis de seguridad que atraviesa nuestra región a consecuencia de la lucha entre pandillas y cárteles del narcotráfico que luchan por el control de las plazas para la venta de drogas y la puesta en marcha de toda clase de “negocios” ilícitos.

Según el documento de la ACNUR, desde 2008 las peticiones de asilo a Estados Unidos de migrantes provenientes de México, El Salvador, Honduras y Guatemala se han incrementado trece veces. Lo que muestra la sistemática huida de mujeres de estas naciones a consecuencia de la violencia y no por motivos económicos.

¿Qué hacer frente al flagelo de la migración por motivos de violencia? Desde la sociedad civil es urgente que no se criminalice la migración sea cual sea el motivo por el cual las personas huyen de sus países. Desde los gobiernos de países expulsores se impone generar condiciones suficientes para evitar la “obligatoriedad migratoria” que detenga de manera pacífica el flujo de personas.

Desde los gobiernos de naciones receptoras es necesaria construir las condiciones para garantizar la humanización dl proceso migratorio respetando los derechos humanos y la “decisión” de las personas de buscar un mejor lugar para vivir.

Por otro lado, deben terminarse con las prácticas de deportación de las mujeres y los hombres capturado en el trayecto migratorio, el regresarlos a sus países de origen muchas veces son una sentencia de muerte si tomamos en cuenta que muchas personas escaparon de la violencia urbana generada por las pandillas que obligadamente cobrarán la afrenta cuando los migrantes retornen a sus comunidades.

Las mujeres centroamericanas y mexicanas que experimentan la “obligatoriedad migratoria” por motivos de violencia, se convierten en “exiliadas vulneradas” por una lacerante realidad abarrotada de profunda violencia que limita el ejercicio de su ciudadanía acorralándolas en una práctica de “ciudadanía pendiente”.

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