Monitor Nacional
No escribimos para que nos maten
Divisadero | Eduardo Gonzalez
16 de mayo de 2017 - 1:59 pm
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Dado los resultados de la estrategia contra el crimen organizado, los encargados de la seguridad del país deberían de renunciar. No es suficiente con tuitear palabras huecas que no se reflejan en acciones concretas

Los asesinatos y las agresiones contra periodistas en México continúan. Van a la alza. Nadie parece tener la voluntad política de detenerlos, al contrario el interés que se muestra es que permanezcan. Los asesinos se saben protegidos por el manto de la impunidad y la corrupción. Silenciar a las voces que son incómodas para el sistema político incluyendo todas sus ramificaciones legales e ilegales es una práctica cada vez más común y menos condenable en nuestro país. En la gran mayoría de los casos los responsables intelectuales y materiales de las agresiones ni siquiera son identificados, caen en el olvido, y por consecuencia, al no ser detenidos no son sometidos a juicio ni mucho menos son llevados a prisión.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México 126 periodistas han sido asesinados del 2000 a lo que va de 2017. Tan solo este año han sido asesinados en marzo Cecilio Pineda Brito, Ricardo Monlui y Miroslava Breach; en abril Maximino Rodríguez; y en mayo Filiberto Álvarez. A esta ola de asesinatos hay que sumarle los veinte casos de comunicadores desaparecidos desde 2005, y los cincuenta y un atentados contra medios de comunicación desde 2006. Estas cifras del silencio y la violencia ubican a México como la tercera nación con el mayor número de periodistas asesinados, solo superado por Siria y Afganistán, que se encuentran inmersos en conflictos bélicos.

El día de ayer fue ultimado en la ciudad de Culiacán, Sinaloa el periodista, Jesús Javier Valdez Cárdenas. Además de reportero, Javier era editor, fundador y coordinador de contenidos del semanario Ríodoce y corresponsal del periódico La Jornada. Sus asesinos se posaron frente a él con la impunidad como garantía. Con el encargo de callar una voz crítica e independiente, y recordarle a la sociedad que en México luchar por la libertad de expresión y el derecho a la información se puede pagar con la vida. Sin duda son hartos los intereses económicos y políticos que se miran amenazados con la práctica de un periodismo libre y transparente que rechaza el maridaje con el poder y condena la simulación de la libertad de expresión.

Frente al asesinato de decenas de periodistas debemos romper la lógica existente que alguna vez denunció Javier Valdez al afirmar que “el periodismo valiente y digno que se hace en México no tiene sociedad alrededor, está solo”. No podemos permitir que esta realidad continúe, que los poderes de la clase política y del crimen organizado sigan generando el desmoronamiento del tejido social en beneficio de sus propios intereses. ¿En qué momento normalizamos la presencia del narcotráfico en la cotidianidad nacional? ¿En qué momento formar parte de las redes del crimen organizado comenzó a ser el imperativo para amasar grandes fortunas? ¿En qué momento la corrupción y la impunidad delinearon las prácticas políticas?

Dado los resultados de la estrategia contra el crimen organizado, los encargados de la seguridad del país deberían de renunciar. No es suficiente con tuitear palabras huecas que no se reflejan en acciones concretas y eficaces para brindarle seguridad a la ciudadanía en su conjunto. No hacerlo es ignorar lo que pasa y darle la espalda a la población.

Los periodistas escribimos para ayudar a construir una sociedad más democrática, denunciando las prácticas de corrupción e impunidad que se significan como un pesado lastre que impiden el caminar hacia mejores rumbos. Los periodistas escribimos para dar cuenta de las ausencias y las presencias en nuestra sociedad. Los periodistas escribimos para denunciar el uso patrimonialista del poder y el mal ejercicio de gobierno.

Los periodistas no escribimos para que nos maten.

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