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No necesitamos permiso para ser mujeres

Por Karen Torres 

El año 2016 dejó una cifra de 236 feminicidios en México. Dichos se caracterizan en definición por la muerte violenta de una mujer a causa de motivos asociados a su género; diversos teóricos y, de una forma haciendo notoria su presencia en todo el mundo, han añadido características a este acto: es cometido por hombres para demostrar su dominio o supremacía sobre la mujer (Diana Russell); clasificado como un acto de misoginia; una fractura en el Estado que favorece la impunidad (Marcela Lagarde); sea por acción u omisión; actos violentos progresistas, desde el maltrato emocional hasta toda política que derive en el maltrato hacia las mujeres (Julia Monárrez).

El 90% de los delitos sexuales no se denuncian, siendo éstos acoso, hostigamiento, violación, abuso, entre otros.  Cuatro de cada diez personas que sufren de abuso sexual son menores de 15 años. La cantidad de presos por esta práctica ilegal es sumamente reducida en comparación con los actos que se cometen día a día y dañan la integridad de cada mexicano y mexicana.

En México, los actos de violencia contra las mujeres, dándose de manera física, psicológica o sexualmente se presentan de manera alarmante. El 63% de las mujeres mayores de 15 años afirman haber sufrido algún tipo de agresión calificada como violencia de género; puede decirse que 2 de cada 3 mujeres son violentadas, y la percepción que tiene la mayoría de las personas es que ésta es originada por la pareja o dentro del núcleo familiar.

Como sociedad, nos dividimos en los grupos de indignación y de indiferencia ante las cifras y estadísticas; las frases; los organismos como el Instituto Mexicano de la Mujer y sus variantes en diferentes estados de la república; las campañas; fotos e imágenes de mujeres violentadas, cuyo fin es crear consciencia; porque llevamos años empapándonos de la injusticia hacia las mujeres, hemos hecho parte de nuestro entendimiento que “el abuso es malo” y “hay que respetarlas” o bien, que este tipo de actos representa realmente una laguna en nuestra sociedad, que la violencia es real y es un problema grave al que nos enfrentamos en la actualidad y desde el inicio de los tiempos, algo que no ha permitido que progresemos en algo tan sencillo como los derechos humanos. Esos que consideramos fundamentales, se los estamos negando a un grupo de la población que ha sido incluso considerado minoritario.

¿Qué tipo de ambiente seguro estamos construyendo, si no logramos que la gente se de cuenta de que esto, por mínimo que parezca, ocurre en números enormes todos los días?: las mujeres abusadas, violentadas, asesinadas, sufriendo al ver que sus denuncias quedan opacadas por la falta de pruebas, o que incluso dentro del núcleo familiar hay incredulidad. Sin embargo, indudablemente resultan más preocupantes sus silencios que, como vimos con anterioridad, son predominantes, prueba de la adopción del maltrato como una forma de interacción natural entre personas sin temor alguno a la represión.

Otro de los problemas sociales que es una causa directa de la normalización de la que hemos hablado y de la violencia hacia la mujer en sí misma, es la cultura del machismo tan inerte en la colectividad mexicana. Dejando a un lado el problema de la misoginia, (que de por sí es ya bastante grave pero menos sutil que el machismo), la creencia de que el hombre es naturalmente superior a la mujer, incluso en la forma más sencilla, ha liberado toda una serie de conductas que permiten “justificar” el delito de la violencia. A pesar de los avances y progresiones, de todos los logros de la mujer a nivel internacional en cuanto a sus derechos, desde habérsele dado un lugar con nombre propio dentro de la sociedad, en México y otros países la escuela que nos siguen inculcando desde la infancia, en muchos casos, es la separación en los roles y expectativas de género.

“Las mujeres deben saber hacer las labores del hogar”, “los hombres no lloran, deben ser fuertes” “ser madre es lo mejor que puede pasarte”, “tienes que prepararte para poder tener un buen trabajo”, “no seas llevada”, “defiéndete, no te dejes”, “date a respetar”, “así se hace, hombre”, “eso cualquiera lo hace”, “eso es de mujeres”… y muchas otras frases con las que hemos crecido sin darnos cuenta de que van alimentando el sentimiento de inferioridad en una mujer, constantemente limitada; y que a su vez incrementan la seguridad y confianza en un hombre para buscar su superación, en muchas ocasiones, sin darse cuenta de que tiene tanto derecho como una mujer a aspirar por lo mismo. Incluso las frases o conductas que parecieran inofensivas, resultan una forma de agresión cuando su único fin es establecer quién es más que quién.

No somos ajenos a lo previamente mencionado, podemos ver ejemplos del machismo tan solo en programas de televisión y comerciales, en los negocios, el deporte, la participación pública y el lenguaje, entre otras áreas. Es algo que movimientos en pro de las mujeres, como el feminista, han luchado por conseguir, y que es tan tergiversado que pierde su credibilidad ante una población que no quiere escuchar realidades por boca de su “adversario”.

La mujer fue injustamente condenada a luchar toda su vida por ver un futuro próspero y preparado para verla sobresalir, ni más ni menos que el hombre, de forma equitativa, ambos como personas sin tener que definirse su sexo. El machismo es un elemento cultural reprobable que ha sido permitido y alimentado por generaciones, y cuya solución está en la consciencia sobre el mismo y la toma de acción, de decir “ya no más”; su erradicación abre un camino a la equidad, a un cese en la discriminación y la concepción de la supremacía masculina, sobre todo al paso de la mujer como un miembro indispensable del progreso, y a una reducción en la violencia, todo tipo de abuso, maltrato u ofensa, violación o feminicidio que deja pérdidas sin ganancia alguna, y un hueco en el desarrollo de México. La mujer tiene un valor irrefutable por sí sola, y un potencial como el de cualquiera, pero se le ha bloqueado y enterrado; que no quede en nosotros ser parte de la obstrucción.