Monitor Nacional
Noches de sexo
Portada | Dann
22 de julio de 2016 - 9:48 am
Table-MN
Podría contar los rasgos de cada una de ellas, la de “B” era una ptitsa con grudos desnudos como de 40 años

Al principio pensaba escribir sobre videojuegos, después sobre lo que más amo en esta vida… “la música”, y después de mucho pensar y pensar, llegué a una conclusión… ¿para qué enfrascarse en un sólo tema cuando puedes escribir de todo?

Hola, me llamo Daniel, y soy adicto al sexo… ¡Hola Daniel!

Mentira, me gusta estar con otra persona íntimamente y sentir caricias y dar cariño, pero como a todos, no soy un tipo de esos enfermos ni mucho menos, es sólo que hoy quiero contar las anécdotas graciosas que he vivido las pocas veces que mi ser ha pisado uno de esos lugares llenos de mitos, tabúes, miedos y claro, fluidos humanos, hablo de los table dance.

Para no quemarme, no diré fechas y me referiré a ese 12 de septiembre del 2010, 10 de agosto del 2013 y 24 de noviembre del mismo año como los “mágicos días”.

Pues resulta que el primer mágico día, era graduación de prepa de uno de mis mejores amigos y claro, estábamos cansados de ir a beber al mismo billar de siempre y ¿por qué no? queríamos experimentar algo nuevo.

Entonces uno de mis amigos más vividos, tuvo la magnífica idea de llevarnos a conocer el majestuoso “Continental”, un table dance de aquellos que llaman “de mala muerte”.

Excitados, entramos burlando a los de la puerta con un “Nezahualcóyotl”, pues algunos de nosotros éramos menores de edad en ese entonces. Una vez dentro, el mundo se convirtió en “chichis y coños”.

Y no era para menos, pues en seguida una mujer de pechos grandes y un extraño bulto entre las piernas se nos acercó para tratar de ganar un poco de pasta esa noche.

Éramos jóvenes, bueno, aún lo somos, muchos de nosotros vírgenes y llenos de… ¿cómo decirlo? ¡ganas de explotar! Una cerveza tras otra y una mujer que debía sacar el sueldo de esa noche, un amigo bañado en cerveza por su celebración, dedos húmedos, amigos erguidos, pantalones manchados y carteras vacías.

¿Qué importaba? Jurábamos volver la noche siguiente, algo que por supuesto no pasó, pues al llegar a casa y ver las fotos, dimos gracias a Dios de que aquella mujer cariñosa y llena de amor, de verdad fuera eso, mujer, pues su espalda ancha, piernas peludas, rostro de facciones duras y manos de luchador bien podrían haber pertenecido a Cassius Clay.

Después de un tiempo, la lujuria, soltería y si, lo repito, muchos de nosotros vírgenes aún, nos hicieron pisar el olimpo de las bailarinas exóticas una vez más.

La verdad es que ahí no pasó mucho, unas cervezas, unos cuantos bailes para los albañiles que nos acompañaban ahí (porque no es necesario repetir el “mala muerte” ¿o si?), botana en la mesa y algunos pesos derrochados fue todo.

Y es aquí cuando mi historia llega a su tercer prólogo (me estarán leyendo la próxima semana) el cual llamaremos “El regreso al Continental”… si mis amigos, una noche más de yarblockos llenos de moloko humano y mis drugos erectos al entrar a nuestro mesto grasño y lleno de scharros y ptitsas nagas que debían ganar un poco de dengo para llevar a casa.

Tres de ellas se nos acercaron al momento de salir a fumar un cancrillo y claro, debíamos invitarles un trago o irían a sentarse en las piernas de otros.

La noche era joven, su fiel narrador y sus pequeños drugos ya estaban un poco bebidos y las carteras estaban llenas, entonces nos dimos el lujo de pagar uno de esos… ¿cómo lo llaman? pri… pri… privados.

Ahí estábamos, llenos de chisna, listos para aplicar el clásico mete-saca pero, no, no se podía, pues eso implicaba un cargo extra a la tarjeta de crédito.

Podría contar los rasgos de cada una de ellas, la de “B” era una ptitsa con grudos desnudos como de 40 años que, seguramente, tenía una pequeña hija a la cual mantener. La de “D” era otra ptitsa notablemente más joven que la de “B”, unos 25 años podría calcularle, grudos pequeños pero con un culo agradable.

Evitaré hablar de la mía, pues no quiero que sepan que tenía unos senos del tamaño de 10 puños míos, espalda tamaño “Hulk Hogan” y tatuajes de recluso.

Así, de a poco, la noche se hizo vieja, y después de sentir los scharros de nuestras ptitsas e intercambiarlas, su fiel narrador y sus jóvenes drugos partieron a casa arrepintiéndose de la noche vivida, carteras faltas de dengo y calzoncillos manchados por no haber podido pagar el paquete completo.

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