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Otra cara de la migración infantil

En varias ocasiones hemos mencionado que el fenómeno migratorio es una realidad multicausal, multifactorial y multifacética. Por tal motivo, se impone revisar de manera meticulosa cada una de las caras migratorias de los “exiliados” mexicanos. En tanto seamos capaces de deshojar la margarita migratoria, en esa medida estaremos en mejores posibilidades de entender y atender ese fenómeno. Una de las aristas se construye con la migración infantil, y dentro de esa realidad se miran una altamente peligrosa: los llamados “niños circuito” o “polleritos”. Veamos de qué se trata.

Desde luego, la migración infantil no es un fenómeno nuevo, ora migrando solos, ora migrando acompañados; ora huyendo de la violencia callejera de sus comunidades o la histórica pobreza; ora con la intención de reunificarse con sus progenitores; embargo, lo que ha repuntado en los últimos años son los pequeños que “trabaja por las veredas desérticas del sur de Estados Unidos, ya sea como guías de migrantes, vigilantes, traficando drogas, o bien, como “liebres”, menores utilizados para distraer a los agentes de la Patrulla Fronteriza al tiempo que coyotes conducen migrantes, por veredas diferentes. Al día de hoy, no contamos con cifras claras de la población infantil en esa situación, sin embargo, algunos estudios realizados por la Universidad de Texas en El Paso y la organización Derechos Humanos de Inmigrantes en Acción en Ciudad Juárez, permiten advertir que se tratarían de varios cientos de niños entre 11 y 17 años experimentando esa situación (La Opinión, 26 de septiembre de 2017). Es cierto que no todos estos menores pueden mirarse como migrantes, pues mantienen su residencia en la frontera mexicana, entrando y saliendo de Estados Unidos, pero si forman parte de la realidad migratoria de nuestro país.

Así pues, muchos de estos menores habitan en las deprimidas zonas pobres de las ciudades fronterizas mexicanas, algunas de ellas vecinas del muro; es decir, no se trata de niños que se trasladen del sur de México a “trabajar” en el desierto, sino que viven cerca de él. La mayoría son niños, aunque también aparecen algunas niñas.

Una de las principales razones para utilizar menores de edad en las mencionadas actividades tiene que ver con los marcos jurídicos de Estados Unidos y México, que  generalmente no aplican una sanción penal a los infantes detenidos en la comisión de estas acciones. Así, las bandas de polleros o de narcotraficantes los utilizan para obtener cierta “seguridad” al momento del trasiego de drogas o la internación de migrantes “sin papeles”. Los jóvenes obtienen hasta 70 dólares por cada migrante que cruzan a la Unión Americana, y pueden participar hasta en cuatro cruces por semana.

De acuerdo con un informe en 2014 del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 38 por ciento de los menores migrantes mexicanos no acompañados detenidos en Texas fueron reclutados por grupos delictivos para convertirlos en “polleritos”. Mientras la Procuraduría General de la República (PGR) reportó entre 2010 y 2014, la detención de 158 menores acusados de cruzar migrantes de forma “ilegal” a Estados Unidos.

Así las cosas, la complejidad de la migración México-Estados Unidos se profundiza cada día más, al tiempo que las autoridades de ambos países insisten en criminalizar un acto de supervivencia como lo es la búsqueda de un lugar donde vivir.