Monitor Nacional
Padre Freud: el nuevo Lázaro
Portada | Andrea Martinez
20 de enero de 2016 - 8:33 am
Padre Freud-MN
El pilar de la teoría Freudiana es que en nuestra mente, el territorio más vasto el aquel que esta fuera de nuestro control e incluso de nuestra vista: el inconsciente

La psicología moderna a veces usa a Freud más como una historia en el anecdotario que como teoría vigente. Después de la llegada de la terapia cognitivo conductual y de las pocas pruebas científicas que lograba recolectar el psicoanálisis, Freud pasó a ser parte de un pasado mítico pero poco aplicable.

Aunque nuestro lenguaje sigue utilizando palabras resultado de su gran influencia (ejemplos: ego, super ego, inconsciente, etc.), justificar aspectos de su teoría como son la envidia del pene, la ansiedad de castración, o el diagnóstico de histeria, se volvió imposible y algunas de sus ideas, obsoletas. La necesaria crítica hacia Freud inició desde el centro de su escuela. Psicoanalistas como Carl Jung y Karen Horney revisaron conceptos y atacaron perspectivas. Horney habló de la envidia de los hombres de tener útero, y señaló que las mujeres no queríamos poseer un pene, sino que envidiábamos el papel protagónico de los hombres en la sociedad. Asimismo, el siglo XX demandaba soluciones rápidas y no un método que mantenía al paciente en años de introspección que no aseguraba revelar cambios de comportamiento. Llegó Skinner y el conductismo y le dio al traste al psicoanálisis. No éramos la punta de un iceberg intentando descubrir las profundidades del inconsciente. No éramos solamente instintos hacia la reproducción o la destrucción, manejables pero inescapables. No estábamos destinados a sufrir los traumas de la niñez. Para Pavlov y Skinner era tan simple como entrenar al cuerpo a responder a ciertos reflejos, castigos o premios. Después llegó la psicología humanista positiva, la jerarquía de Maslow y el poder de superación del individuo. Todos podíamos cambiarnos a nosotros mismos, sin estar condenados por el pasado. Los estudios estadísticos se dedicaron a encontrar tendencias poblacionales, a predecir quién sería más feliz, los factores que conducen a la adicción, o las rutinas de los extrovertidos. Llegaron los libros de auto-ayuda, buscando el éxito, la salvación emocional a un click de distancia, y Freud se quedó rezagado como un personaje histórico con adicción a la cocaína y fijaciones sexuales.

Inclusive las películas que han retratado a Freud no le hacen muchos favores. A Dangerous Method, de Cronenberg, pinta a Freud como un hombre obstinado y necio, cuyo amigo y discípulo más cercano (Carl Jung) tiene un desastroso amorío con una paciente. Afortunadamente su influencia se ve reflejada dentro del cine en otros grandes directores como Bergman (Persona), Woody Allen ( en muchas de sus películas), Michael Haneke (La Pianista), David Lynch (Blue Velvet), Darren Aronofsky (Black Swan), Kubrick (La Naranja Mecánica), Hitchcock (Psycho), entre muchas otras. Aún así, frecuentemente me encuentro justificando en mis clases el por qué leemos Freud: los grandes autores y filósofos
que lo refieren en sus textos, él como uno de los pilares de la historia de la psicología, lo divertido e interesante que resulta su análisis de los sueños, y su contribución al vocabulario occidental. Es casi increíble que a un centenario de su obra haya que buscar una excusa para enseñar Freud. La evolución del la psicología moderna hacia terapias similares a la comida rápida y hacia los libros de auto-ayuda ha dejado poco espacio para la complejidad del psicoanálisis. Aparentemente, hasta hoy.

Durante años la psicología cognitivo-conductual se jactó de sus impresionantes resultados a corto plazo. Los pacientes se sentían bien, manejaban sus manías, mejoraban su sentido del humor y regresaban a la vida cotidiana con relativa facilidad. Un artículo reciente en The Guardian refiere a un considerable número de estudios recientes en Noruega, Londres y Suiza que parecen querer revivir a Freud de los escombros. Los estudios reflejan que aunque a corto plazo la terapia cognitivo-conductual (CBT) produce buenos resultados, a largo plazo, su efectividad disminuye significativamente. Y no sólo eso, a largo plazo, la terapia psicoanalítica parece mantener mejores resultados y con mayor estabilidad. Otros estudios longitudinales comparando diversas terapias han demostrado que el psicoanálisis es por lo menos igual o más efectivo que otros métodos, dándole un 40% de ventaja en cuanto a probabilidad de remisión en pacientes con depresión crónica.

Parte del problema, como sugiere Oliver Buckerman, es que la CBT busca un remedio rápido, una solución quirúrgica para problemas emocionales que no son tan comparables con por ejemplo, la operación de un tumor. Mantener el bienestar emocional no se reduce a una serie de pasos que seguir, o a una lista de compras para hacer una receta. El psicoanálisis no busca controlar y/o erradicar emociones, sino comprenderlas y aceptarlas. Parte del proceso es también la comprensión de que mucho en nuestra vida no está bajo nuestro control, y es más importante conocernos a nosotros mismos que re-estructurar unos cuantos cables sólo para que la máquina de nuestra mente se mantenga funcional. La clave para una vida llena, según el psicoanálisis, no es estar libre de síntomas, sino ganar consciencia sobre nuestros procesos; no es estar feliz todo el tiempo, sino es entender y aceptar los cambios naturales en nuestras emociones y en nuestras vidas.

El pilar de la teoría Freudiana es que en nuestra mente, el territorio más vasto el aquel que esta fuera de nuestro control e incluso de nuestra vista: el inconsciente. Y aunque por casi 100 años, de las críticas más arduas hacia Freud fue la incapacidad de localizar al id, ego , super ego y al inconsciente, ahora la pista parece resurgir del área más ortodoxa: la neurociencia. Experimentos en el campo han encontrado que nuestro cerebro procesa información mucho más rápido que nuestra conciencia. Es decir, una variedad de operaciones mentales ocurren sin que nuestra parte consciente se percate de ello. Lo que esto indica es que formamos memorias, iniciamos patrones de comportamiento, y reaccionamos ante imprevistos antes de darnos cuenta de ello. Esto parece confirmar la existencia de un inconsciente que por lo menos regula una gran parte de nuestra vida mental, y que interpretamos gran parte de nuestra existencia a partir de elementos pasados guardados inconscientemente, cuya modificación requiere de un trabajo meticuloso y profundo.

A pesar de la gran arrogancia de sus declaraciones y de lo anacrónicos que pueden resultar algunos de sus conceptos, el legado de Freud es también uno de gran humildad: la aceptación de nuestra ignorancia con respecto a la mente humana, y en nuestras vidas privadas, una ignorancia que muchas veces buscamos mantener, en vez de enfrentarnos a nosotros mismos.

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