Monitor Nacional
Precariedad Laboral en la Academia: La triste realidad mundial
Simposios Migrantes | Andrea Martinez
16 de septiembre de 2015 - 9:14 pm
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El valor de la sabiduría se devalúa y con él, los profesores como sus representantes. Pero la educación no es equiparable al servicio al cliente

En los últimos años, gran cantidad de artículos en revistas y periódicos Europeos y Norteamericanos han abordado la crisis laboral dentro de la academia. El estatus con el que un profesor universitario contaba al obtener un doctorado ya no existe más. El nivel que ocupaban los académicos y el respeto ganado después de diez años de estudio y la remuneración de entonces es cosa del pasado. La educación, como negocio, quiere más alumnos a menor costo, lo que esto significa para los profesores es: salarios bajos, contratos temporales, y cero beneficios.

A principios de mi doctorado en Irlanda, hace aproximadamente cinco años, mis compañeros ya compartían sus temores de graduarse y no tener trabajo. La competencia dentro de las humanidades era fuerte y si estudiantes de universidades mundialmente prestigiadas ya encontraban improbable conseguir contratos permanentes, el resto temíamos que nuestras aplicaciones ni siquiera fueran consideradas. Mis colegas consultaban ritualmente el Leiter Report de filosofía, que actualizaba regularmente las plazas disponibles y las universidades con mayor probabilidad de emplear a sus graduados.  Empezamos a conocer a compañeros de otras facultades haciendo el segundo post-doctorado porque no había posibilidades de empleo, y más recientemente aquéllos mismos compañeros actualmente trabajando en call-centres.

Las historias de terror sólo han ido en aumento. Una compañera de maestría que ahora está terminando su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona narra entre risas que en el bar en el que trabaja, todos son doctores: humanidades, ciencias sociales, ciencias duras. Su posibilidad de empleo durante sus estudios se ha reducido a las temporadas altas de turismo en Barcelona. Un artículo de Buzzfeed relata la historia de Matt Debenham, profesor adjunto que cuenta cómo los salarios raquíticos del sistema educativo en Connecticut lo forzaron a trabajar horas extra, en su caso, en Walmart. A veces se encuentra a sus alumnos mientras embolsa sus cajas de cereal. No es el único.

Bajo contratos temporales, cuyo salario es menor al de una plaza permanente, dos cursos al semestre no alcanza ni para pagar la renta. Los contratos de uno o dos años en Europa son comunes y algunos aún prometen una decente estabilidad económica pero la ansiedad sobre el término del contrato y la inminente y necesaria búsqueda del siguiente destino hacen de la academia una vida nómada e inestable. Para lograr ser considerado en universidades europeas hay que publicar, dar clases, impartir en conferencias, aparte de concentrarse en la tesis doctoral. Y no acaba ahí. La expectativa de un mínimo de dos publicaciones al año, las responsabilidades administrativas obligatorias y el diseño de cursos se vuelven el pan de cada día de cualquier profesor adjunto. Las horas pagadas dentro de la oficina o el salón de clase casi equiparan a las del trabajo en casa, haciendo la profesión académica un amor al arte casi masoquista. Un artículo de la revista Salon compara el salario de un profesor adjunto en centros de educación superior estadounidenses con el de un barista de una cafetería. El salario es el mismo, sólo que el profesor trabaja más de 40 horas a la semana, si contamos el trabajo en casa. Colegas canadienses enfrentan el mismo dilema, miran sus cheques mensuales y se preguntan a qué costo deben permanecer en la docencia. Aún cuando saben que su contrato se renovará el semestre siguiente, el número de cursos que impartirán no se decide hasta el final del semestre anterior, lo que implica no tener la certeza sobre la cantidad de fondos con los que se podrá contar en un futuro cercano.

  Algunas universidades en México y en Estados Unidos limitan el número de horas de trabajo para evitar darle beneficios a sus empleados. ¿El resultado? Profesores cansados, mal pagados, trabajando en dos o más centros de educación superior, con altos niveles de ansiedad y por si fuera poco, con una gran incertidumbre ante el futuro. Parejas casadas separadas por un océano porque ambos no pudieron conseguir trabajo en el mismo meridiano es ahora parte de una narrativa común. Las estadísticas tampoco ayudan, de acuerdo con la revista online Slate, un número muy reducido de universidades elite producen la mayor parte de profesores. El sistema académico no es una meritocracia. Robert Oprisko, profesor asistente de la Universidad de Butler hizo una revisión de 3709 profesores de ciencias políticas empleados en Estados Unidos. Sólo 11 universidades habían producido 50% de esos profesores, con Harvard a la cabeza responsable de 239 profesores de la muestra.

La recompensa ansiada por todo académico; la plaza permanente o “tenure-track” ha sido comparada con ganarse la lotería. Escribiendo para The Chronicle, Robin Wilson llama a la academia “la maquiladora de marfil”, ya que antes se refería a la vida académica como “la torre de marfil”. La vida social académica tipo Sociedad de los Poetas Muertos ha dado el paso a la competencia y la eficiencia. Wilson cita a algunos de sus entrevistados “si veo a colegas en el pasillo, a veces prefiero ignorarlos porque pienso que saludarlos me va a tomar tiempo”. El intercambio de conocimientos y experiencias en la vida diaria laboral ha sido sustituido por la necesidad de un mayor número de publicaciones anuales, para asegurar la plaza, el siguiente contrato, etc.

El gran culpable en todo esto es el sistema capitalista que ha hecho de la educación un negocio. Los estudiantes son clientes, posibilidades de ganancia económica y los profesores son números, reemplazables, transitorios. El concepto del Alma máter de la institución educativa como madre del conocimiento  ahora es poco referido. El valor de la sabiduría se devalúa y con él, los profesores como sus representantes. Pero la educación no es equiparable al servicio al cliente. El paradigma económico no debe regir nuestras instituciones educativas si es que en un futuro queremos seguir fomentando mentes críticas y analíticas.

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