Prensa libre: el compromiso del Washington Post

Daniela Guerrero

En 1933, el financiero Eugene Meyer adquirió el Washington Post. A pesar de no ser periodista, Meyer tenía fuertes convicciones sobre el rol de una prensa libre en la democracia norteamericana.

Fue así como el periódico oficializó su principal misión: reportar la verdad hasta sus últimas consecuencias, al servicio del bien común. En sus políticas editoriales, Meyer enfatizó una visión justa, íntegra, libre de parcialidades y alianzas a intereses especiales. 

En el contexto mediático actual, estos principios parecen debilitarse. La objetividad como deber periodístico se relativiza. La existencia de datos definitivos se disputa. El juego del megáfono conquista a millones. 

La crisis de confianza en los medios norteamericanos se alimenta de simplificaciones peligrosas. “Todas las demás cadenas les han dado sus programas a los liberales, nosotros somos el balance,” declaró el antiguo director de Fox News, Roger Ailes, en defensa de su contenido. La polarización de identidades políticas ha formado nuevos parámetros de veracidad y calidad. El espectro liberal-conservador divide a los proveedores de noticias en “partidarios” y “enemigos.”

En el nuevo paradigma de información, la parcialidad reina y la verdad es subjetiva. ¿Por qué? La simpleza nos atrae. Es más fácil procesar historias con personajes planos y moralejas claras. Nos resulta más sencillo responder a juicios hechos por otros que generar nuestro propio criterio. Para evitar asperezas de verdades objetivas que retan nuestros sistemas de creencias, optamos por el cómodo estancamiento de “tu verdad contra la mía.”

Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con el editor en jefe del Washington Post, Martin Baron. Atento en sus palabras, Baron invocó los principios establecidos por Meyer, señalando al epígrafe del periódico: “la democracia muere en la oscuridad.” Gran parte de la función histórica de la prensa norteamericana ha recaído no solo en informar a los votantes, sino en responsabilizar a las instituciones públicas.

El antiguo editor de periódicos como Miami Herald, Los Angeles Times, y Boston Globe, reta a la nueva simpleza predilecta. Mientras se rehúsa a dignificar ataques de “fake news” con respuestas directas, reconoce los errores de juicio que se pueden cometer, y se han cometido por periodistas al seguir una historia. Baron no reduce las complejidades del paisaje mediático actual. Se refiere a las nuevas tecnologías digitales como un mundo por derecho propio y califica la estabilidad del periodismo como desigual, con grandes jugadores como el propio Post logrando adaptarse, mientras medios locales desaparecen por falta de fondos.

Mientras más consumidores de noticias buscan intercambios directos, entretenidos, y emocionales, el trabajo de Baron y su equipo se percibe como tedioso e innecesario. Sin embargo, Baron prioriza el interés publico de una historia. El editor impulsa a sus escritores a preguntarse constantemente, ¿qué valor le aporta esta información al público? ¿porqué es importante que salga a la luz esta historia? ¿estoy presentando información pertinente y exacta sobre los hechos?

Dado que la verdad puede ser esquiva y ambigua, y en ocasiones, existir en conflicto con múltiples intereses, resulta difícil no ceder en su búsqueda. La objetividad parece ser un ejercicio de aproximación realizado por periodistas con prejuicios propios. Entonces, ¿por qué continuar con los esfuerzos de una disciplina imperfecta? ¿Por qué seguir intentando discernir la verdad en toda su complejidad en vez de exigir nuestro turno con el megáfono?

Baron atribuye esta insistencia a la voluntad humana por el conocimiento, un impulso más duradero y dinámico que el simplificar y dividir. A pesar de los obstáculos intensificados de un clima político donde la desinformación impera y la moderación peligra, el editor tiene fe en el público norteamericano. Sostiene que hoy, el deber periodístico de reportar la verdad hasta sus últimas consecuencias es más importante más que nunca. Hacer nuestro trabajo de forma ejemplar todos los días, receta Baron a los periodistas.