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¿Qué hacemos con los migrantes?

Los 235 millones de migrantes internacionales que existen en nuestro planeta son una clara muestra de las violentas circunstancias que habitan en sus países de origen y que generan la constante expulsión de personas.

Su pesada realidad es configurada por la violencia sin adjetivos, a saber: la violencia económica del desempleo y los salarios de hambre, aderezada con prácticas de expoliación puestas en marcha por los dueños del poder para arrebatarles lo poco que poseen; la violencia política de democracias que no terminan por alcanzar estadios superiores de inclusión, tolerancia y respeto a los derechos humanos; la violencia “común⬝ generada por cientos de pandillas que han hecho de la amenaza una forma de vida; la violencia del crimen organizado fortalecido a partir del maridaje con diversas las autoridades; la violencia de los conflictos bélicos, y la furia de los desastres naturales.

Todo ello, agiganta la obligatoriedad de migrar. Los flujos migratorios recorren casi por completo la geografía planetaria. Sea de México a Estados Unidos; de Centroamérica a México; de Sudamérica a Europa; de Asia a Europa y Estados Unidos; de Medio Oriente y África a Europa.

Todas las rutas saturadas de gente sin un lugar donde vivir. Sin importar la ruta migratoria, los exiliados económicos buscan un espacio donde construir su futuro.

En este contexto los países expulsores deben asumir la responsabilidad de detener el flujo de personas, generando las condiciones para que los individuos tengan el derecho a no migrar. Hablamos no solo de la sociedad política sino también de la sociedad civil.

Desde ambas trincheras se debe construir las condiciones para que las personas se desarrollen en las comunidades que las vieron nacer. En caso de no cumplir con ello, la sociedad en su conjunto de los países receptores deberá aceptar la responsabilidad de recibir a los errantes del siglo XXI en un contexto cuyas condiciones sean las adecuadas; pero también se impone que las naciones de tránsito hagan lo necesario para humanizar el flujo poblacional que atraviesa sus territorios.

En los tres entornos es urgente aceptar con honestidad lo que se hace y lo que se debería hacer para atender a los millones de desarraigados globales.

¿Qué hacemos con los migrantes? Esa es la gran pregunta. Al pasar las páginas de los diarios mundiales somos testigos que no solo no sabemos qué hacer con los migrantes, sino que no queremos hacer casi nada.

Sean los exiliados económicos de Grecia; los niños huyendo de la guerra en Siria; los cubanos en su trayecto centroamericano iniciado desde el Cono sur para alcanzar Estados Unidos y asegurar aún el beneficio de la “Ley de Ajuste Cubano”; los mexicanos brincando el muro fronterizo; o los centroamericanos tratando de superar la violenta “frontera vertical⬝ mexicana; sea como sea, todas y cada una de ellas son realidades que nos ofenden como especie y que deberían movernos hacia la construcción de escenarios más humanizados por donde caminen los migrantes.