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Que nos maten a todos

Durante mucho tiempo se habló del post conflicto, como un escenario clave en el desarrollo tanto del presente como del futuro del país. Y no era para menos, pues nos encontramos en una época trascendental para nosotros como sociedad, como país, como estado-nación. Ahora bien, el escenario parece ser mucho más oscuro de lo que nos lo imaginábamos, pues si bien la guerra cesó y los hospitales militares, las veredas, los pueblos, corregimientos y el campo, en general, han tenido cierto respiro, una fuerza siniestra ha venido azotando a la oposición del gobierno que se posesionará el próximo 7 de agosto.

Primero, asesinaban sin césar a toda la comunidad de líderes sociales que se encargaban de adelantar o llevar a cabo las diferentes actividades, reuniones, solicitudes y todo lo correspondiente a la restitución de tierras.
Posteriormente, la asonada se enfocó con los y las líderes sociales que estaban a la vanguardia del punto del desarrollo agrario integral, expuesto en el acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc y a su vez, asesinaron a quienes estaban a cargo de los proyectos de sustitución de cultivos ilícitos en los diferentes territorios donde las plantaciones de coca y marihuana, han sido su único sustento y fuente de ingreso.

Luego, la mira estuvo sobre activistas y líderes que están a la defensa del medio ambiente. A todo el gremio opositor de las prácticas extractivistas, del fracking y demáss actividades que adelantan las petroleras, mineras y demás multinacionales que atentan contra nuestro patrimonio ambiental, lo han ido liquidando sistemáticamente.
Finalmente, están amenazando a la comunidad de educadores y a quienes coordinaron la campaña de Gustavo Petro a la presidencia y de la Colombia Humana en general. El post conflicto ha sido oscuro e impune. Una paz coja, hasta la fecha.
Es un secreto a voces quien está detrás de este genocidio, que ha dejado una cifra preocupante y estremecedora de líderes sociales asesinados, donde los números pasan de los 300 desde que se firmó el Acuerdo; sin embargo, lo más probable, es que todo quede en un sepulcral silencio, tal y como queda después de cada masacre que ha perpetuado.
No obstante, el pasado viernes se realizó una jornada de protesta nacional donde convergieron miles de personas en las ciudades principales del país para exigir la verdad de los asesinatos y la terminación de los mismos, pidiendo por el respeto a la vida y al ejercicio político, social y ambiental de la comunidad de activistas y líderes que aún quedan.
Dicha jornada me inundó de esperanza, nunca esperé ver una movilización tan grande. Quizás, se avecine una ola de movimientos sociales, de protestas, de exigencias, de paros, de interpelaciones constantes al gobierno de Duque, etc; lo que hará un post conflicto tenso pero con una sociedad que da atisbos de despertar del letargo en el que se ha mantenido y de abandonar la indiferencia y la zona de confort en la que ha estado durante eones.
Y siendo así, miedo no hay. Que nos maten a todos, a ver si pueden. Al fin y al cabo, es lo que nos ha faltado: movilizarnos. En cada movilización se canta “El pueblo unido, jamás será vencido” pero dura lo que dura la marcha. Es un lema que hay que materializar con vías de hecho, hay que sacudirnos, hay que exigir un cambio. Hay que ir por el cambio, construirlo nosotros mismos.
Es hora de que Colombia, la Colombia de los pobres, del campesinado, de los estudiantes, de la clase obrera, la Colombia de los olvidados, de “los nadies”, salga y se una en aras de un país con un tejido y una cohesión social más fuerte. También resulta menester, que los “como no es conmigo, no me importa, no me duele” se solidarice y dimensione la situación actual.