Monitor Nacional
Quién tiene permitido un comportamiento monstruoso
Nacional | Redacción
5 de mayo de 2017 - 10:07 am
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Los jóvenes aquí son tan inconscientes de su papel en la sociedad que en realidad creen en su propia inocencia

Por: Bárbara Juárez

Durante varios siglos, la ciudad portuaria de Veracruz, fue conocida por su carnaval. Ahora, sin embargo, ahora es famosa por su corrupción y el terror. El estado se ha convertido en territorio abierto para diferentes grados de violencia. Según un estudio de la oficina de estadísticas de México, ocho de cada diez personas en el estado dicen que viven con miedo. Para muchos ciudadanos, hay poca diferencia entre los ricos y el gobierno y entre el gobierno y los criminales.

Una noche de enero del 2015, cuando Daphne Fernández tenía 17 años e iba saliendo de un club nocturno con sus amigos, fue subida a la fuerza al asiento trasero de un automóvil donde le quitaron su celular. En el vehículo iban cuatro jóvenes, hijos de empresarios y políticos del estado de Veracruz. Según relató Fernández en su denuncia ante las autoridades, los jóvenes la toquetearon repetidamente, uno la penetró con los dedos y todos se burlaron de ella. Daphne Fernández denunció que después la llevaron a la casa del joven que conducía el automóvil, donde este la violó en un baño.

A principios de 2016, enfurecido por la falta de acción judicial tras la denuncia presentada en mayo de 2015, el padre de Daphne comenzó a divulgar videos en que los cuatro jóvenes se disculpaban por los actos cometidos contra su hija. La rabia y las críticas en redes sociales no se hicieron esperar pero, aun así, tres de los jóvenes denunciados (apodados los Porkys por los medios) pudieron huir del país o esconderse antes de que las autoridades emitieran órdenes de búsqueda y de detención, más de un año después del hecho.

Diego Cruz y Enrique Capitaine —hijo de un exalcalde de Veracruz y quien manejaba el auto—, fueron detenidos y puestos en prisión preventiva, acusados de pederastía. El caso parecía progresar.

Hasta que el juez federal mexicano Anuar González sentenció que el acta bajo la cual fue encarcelado Cruz es inconstitucional. El fallo de González reconoce que hubo tocamientos a Daphne, pero establece que los cometidos por Cruz en particular no fueron hechos con “actitud lasciva” y, por ende, “no se encuentra demostrado fehacientemente el ‘abuso sexual’”.

“En México, lo último que ofrece el sistema de justicia es la justicia. Yo no confiaba en las autoridades “, dijo Fernández en una conversación telefónica. Creía que tendría que ir “jugando el juego mexicano de la corrupción”. Sospechaba que la policía humillaría a su hija y luego retrasaría el proceso sin parar. “Sabía que nos fallarían”, dijo.

Según el Instituto Nacional de la Mujer, más del ochenta por ciento de las agresiones sexuales en México nunca se reportan. Un amplio estudio realizado por la Universidad de las Américas en Puebla concluyó que apenas cuatro y medio por ciento de los criminales se enfrentan a la justicia en México. Cuando se les pide que expliquen su renuencia a acudir a la policía, la mayoría de las víctimas de la delincuencia dicen que no quieren “perder el tiempo” con un sistema corrupto y poco confiable.

Los cuatro presuntos autores encajan en una categoría que se han convertido en villanos en México: el término “Mirreyes”, que se refiere a jóvenes privilegiados que hacen alarde de su riqueza y se dedican a comportamientos sexistas. Toman champaña, publican fotos de sus lujosas vacaciones en Instagram, y parecen no tener nunca problemas con la policía.

Para el pueblo mexicano, la pregunta de por qué a nadie le importa es retórica, y la respuesta no es misteriosa sino perturbadora. El poder, el prestigio y el éxito siempre han tenido un recuerdo a corto plazo en lo que respecta a las transgresiones de los políticos mexicanos y sus familias. Es aterradoramente fácil recordar los nombres de los hombres que han seguido encontrando fama y fortuna después de un comportamiento asqueroso y a menudo criminal.

Los jóvenes aquí son tan inconscientes de su papel en la sociedad que en realidad creen en su propia inocencia. Este es un efecto secundario del privilegio que les otorga su riqueza y clase social. Pero los hombres abusivos no son, como las películas y los medios quieren que creamos, siempre tan consciente y evidentemente monstruosos. A veces estudian con nosotros y luego nos tratan como un objeto en un bar. A veces son amables y aman a sus hijas y después nos chiflan y gritan cosas en las calles.

Los hombres y todas las personas son mucho más complejos de los que les damos crédito. Es por eso que tantos acusados ​​dicen: “Oh, pero yo nunca podría” y la gente que los ama los defiende: “Oh, pero el nunca podría”, pero la verdad es que él podría y él puede y a menudo lo hace. La condena intelectual de la misoginia y el maltrato a otros no hace que nadie esté exento de participar en ellos, y mientras no veamos hacia adentro en lo que se refiere a prejuicios, condicionamientos y contradicciones, mientras sigamos confiando en las palabras de los hombres sobre aquellas de sus víctimas, personas como los Porkys prosperarán.

Y al hacerlo, estos jóvenes hacen lo que tantos hombres poderosos han podido hacer antes que elllos: usar su plataforma y privilegio para limpiar su nombre y conciencia de una sola vez.

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