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Rosario Castellanos, la mujer que nos enseñó que damos la vida sólo a lo que odiamos

Ciudad de México.- Nacida en la Ciudad de México, su corazón siempre perteneció a Comitán, Chiapas, Rosario Castellanos fue una escritora y diplomática que le dio voz a quienes no la tenían en ese entonces. Pues desde muy temprana edad la poetisa de carácter introvertido tomó conciencia de las injusticias que detenían el progreso de los pueblos indígenas, lo que le impidió adaptarse en la sociedad en la que ella vivía. Atraída por la literatura, ingresó a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde más tarde se graduó como maestra en Filosofía.

Posteriormente, recibió cursos de estética y estilística en la Universidad de Madrid, en España, señala su perfil biográfico publicado en el portal de la Secretaría de Cultura federal. Aunque Castellanos destacó en la literatura mexicana como poeta, su primera incursión en las letras fue a través de la novela “Balún Canán” (1957), que junto a “Ciudad Real” (1960), su primer libro de cuentos, y “Oficio de Tinieblas” (1962), su segunda novela, conformaron la trilogía indigenista más importante en la narrativa mexicana.

En el primer libro Castellanos describe parte de su vida y hace referencia principalmente a la vida que llevan los indígenas así como los conflictos con los terratenientes. De 1960 a 1966 fue directora de prensa de UNAM, donde más tarde fungió como docente de literatura y filosofía, e impartió clases en las universidades de Wisconsin, Colorado e Indiana en Estados Unidos, señala el portal “biografiasyvidas.com”.

Como poeta escribió entre otros volúmenes “Trayectoria del polvo” (1948) y “Lívida luz” (1960), en los que reveló sus preocupaciones derivadas de la condición femenina en la sociedad. En su libro “Poesía no eres tú” (1972), la autora reunió todo su trabajo en este rubro, compendio que se convirtió en un referente de la poesía del siglo XX en México.

Entre sus amistades destacan figuras como Ernesto Cardenal (1925), Dolores Castro Varela (1923), Jaime Sabines (1926-199), Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), Otto Raúl González (1921-2007), Luisa Josefina Hernández (1928) y Augusto Monterroso (1921-2003). Además, formó parte del grupo de escritores denominado “la generación de 1950”, además de recibir una beca por Fundación Rockefeller en el Centro Mexicano de Escritores.

Fue merecedora del Premio Chiapas por texto “Balún Canán”, el Xavier Villaurrutia por el libro de cuentos “Ciudad Real”, el Sor Juana Inés de la Cruz, el Carlos Trouyet de Letras (1967) y el Elías Sourasky de Letras. Impartió clases en las universidades de Wisconsin, Colorado e Indiana. Además, fue promotora cultural en el Instituto de Ciencias y Artes, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Destino

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es anima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.

Damos la vida sólo a lo que odiamos

 

En 1971, Rosario Castellanos se convirtió en embajadora de México en Israel, donde murió tres años más tarde, el 7 de agosto de 1974, electrocutada accidentalmente en su casa de Tel Aviv. Sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres el 9 de agosto del mismo año.