Monitor Nacional
Tenemos que vivir de promesas
De chile, mole y pozole. | Arely Cabrera
26 de abril de 2017 - 1:41 pm
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Así estamos los mexicanos, repartidos entre los que tienen mucho, los que tienen y los que no tienen nada. Entre los que pueden permitirse estudios, seguridad, casa, alimento, medicina, entretenimiento, etc. y los que tienen que apenas y tienen para vivir.

 

México es algo así como un gran espejismo; por un lado tenemos más de 50 millones de pobres y por otro tenemos gobernadores que endeudan sus estados y otros que reciben dinero de los mismos para financiar sus campañas en los mismos estados robados.

Luego tenemos a la Iglesia Católica, que a pesar de los escándalos que ella misma ha protagonizado no se cansa de gritar que la corrupción revela la descomposición social del país. Y el presidente, esa figura que en las mentes mexicanas representa a veces ira pero más veces respeto, ha asegurado en lo que va del año que “las crisis están sólo en la mente de los que las quieren ver” y la más reciente pero más ignorada “que a los mexicanos ningún chile les embona”.

Pero entre que nada nos parece y las crisis están en el imaginario de la gente, la verdad es que vivimos de promesas. Y no me refiero sólo a las personas que venden su voto en las elecciones locales por una despensa, playeras, sombrillas y demás artículos, sino a todos los demás supuestos ciudadanos informados que no caen ante las artimañas del gobierno.

La maquinaria es perfecta por cuanto más nos enreda, menos somos capaces de verla; escuchamos noticias de la pobreza, de la ineptitud y la corrupción, de la alza en los precios de las cosas, de la violencia, del miedo, de tantas cosas y aunque en principio de cuentas nos indignamos al final no se llega a nada.

Pasó a principio de año con el aumento desmesurado a la gasolina, que de parte de la sociedad pasó con bomba y platillo por un tiempo en el que hubo marchas, tomas de gasolineras y de casetas, y hasta hubo quien quisiera ponerse a facturar todos sus gastos en gasolina para que ese dinero se regresara también por obra y gracia de un supuesto amparo.

Circularon los videos, la gente enojada, los memes y finalmente la desidia. De repente todo el mundo se dio cuenta que podía vivir con eso, o por lo menos la clase media lo pensó así. Y el gobierno, callado, enredándonos más con su silencio y posterior justificación con spots de publicidad.

Pasó con los desaparecidos de Ayotzinapa y con los miles de desaparecidos más del país. Pasa ahora mismo con Duarte y el escape de su esposa a Londres. Y seguirá pasando mientras nosotros sigamos con esta venda, viviendo de la ilusión de que “bueno, puedo vivir con eso”, “todavía se puede”, “aún podemos armarla” y demás cosas que pensamos luego de que el tiempo pasa. Cuando el calor del momento se apaga, nuestras ganas de exigir lo que nos corresponde por derecho se apagan también.

Recuerdo que alguna vez se lo comente a mi papá, con respecto a algún tema indignante que son el pan nuestro de cada día y entre los dos llegamos a la conclusión de que el pueblo mexicano o nació resignado o día a día se fue resignando.

Con cada vejación a nuestros derechos y a nuestra propia inteligencia, el colectivo mexicano se acostumbró a decir que podía seguir con eso. Y los que están arriba de nosotros, al ver que podíamos con eso, siguen apretando el yugo cada vez más.

Lo peor es que día a día ellos van creando ante el mundo un país ideal, donde la migración está bajando, la criminalidad es controlada, la violencia de género no existe y si existe se está erradicando, la guerra contra el narco -la que tantas pesadillas nos ha causado- está más que ganada, el PIB crece a diario y el aumento del dólar sólo es un mal sueño lejano y enterrado en la memoria. Así se intenta convencer al mundo de que las injusticias son sólo casos aislados y mientras no convencen al mundo si logran convencer a sus ciudadanos. De repente se escucha en las calles que la reforma de la que se renegaba pocos días atrás es lo adecuado para el país, que los que marchan o protestan sólo están haciendo desmadre y que no dejan que “los que sí le echan ganas” sigan con su día a día.

Les recriminan y aplauden cuando “los revoltosos” son controlados por las autoridades, que para eso si están más que puestas. Y mientras los demás dejan de escuchar a los que dejaron las promesas, los otros se hacen cada vez más de oídos sordos, indispuestos a dejar ese mundo de fantasía donde ellos “aún pueden hacerla gacha”, embruteciéndose con el cuento de que “todo está bien”. Y es por ellos, por su inactividad, por su desidia, por su cansancio y egoísmo por lo que los demás tenemos que seguir con ellos, viviendo también de promesas.

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