Monitor Nacional
The Wall y el muro mexicano
Insurrección mental | Javier Malo
1 de octubre de 2015 - 10:36 am
The Wall-MN
Los miedos construyen muros, ¿Cuántas veces en la vida hemos tenido miedo y cuantas veces lo hemos vencido?

La condición humana nos “ayuda” a cuidar de nosotros y de los nuestros, sin embargo en un terrorismo social y mediático, así como en 1984 de George Orwell, el Estado favorece la siembra de miedos que solo uniéndonos como sociedad, podemos vencer, de la misma forma que nuestros miedos personales.

Existe un tipo de miedo e impotencia, y es el miedo que paradójicamente divide a la sociedad y fracciona sus fuerzas, para sólo golpear distraídamente el muro del miedo que nos limita.

Comúnmente en charlas de café, he escuchado que para conservar a tus amigos, no se hable de política ni religión, cosa más lamentable y preocupante que de continuar, seguirá sembrando y cosechando camadas de intolerancia.

¿Hasta qué punto vivimos en un país democrático, si no logramos la cultura de respetar y escuchar, sin la intención de ganar algo a costa de hacerlo?.

La libertad de expresión es uno de los derechos más preciados en éste país, derecho que porta intrínsecamente una responsabilidad; un derecho que pareciera que el Estado preserva, puesto que en muchos casos, se llega al caos, a un desacuerdo con descalificaciones y guerra de ideas, más no debate, con la falta de tolerancia que tanto ha desgarrado el tejido social.

Entre fanatismos y miedos con altavoces, y odios a ideas contrarias, sin ser culpable -no directamente- el Estado, se gasta la confianza entre la sociedad.

El miedo busca una forma de manifestación y todos tenemos miedos, pero sencillamente es entre todos que está la fuerza para vencer el miedo.

En los últimos meses, tuvo que llegar un Ayotzinapa herido a la agenda pública, para tocar las fibras sensibles de nuestro límite y para darnos cuenta que entre los ciudadanos de a pie, no está el enemigo, que independientemente de religión, clase social, afinidad política, preferencia sexual, etcétera, todos queremos un país libre como ahora, pero en donde gobierne el respeto.

La libertad sin respeto es destructiva,  aquella libertad que nos ha llevado a no hablar de política y religión si queremos conservar a nuestros amigos.

Tenemos la libertad de destruir o construir, tenemos la libertad para ser libres de verdad, o la libertad para destruirnos mientras construimos con intolerancia un muro de odios absurdos.

Ciertamente en México vivimos una guerra armada de Estado contra el crimen organizado, contra el terrorismo mediático, contra los monopolios, contra cuestionables políticas públicas y reformas estructurales, contra impunidad y criminales con fuero, contra la corrupción, contra una acelerada pérdida de básicos valores para la dignidad humana, contra la incertidumbre y contra factores que ni siquiera se hacen públicos aún, pero el primer paso para vencer éste miedo que acosa nuestro ejercicio ciudadano, es entender que sólo entre todos, podemos tener la fuerza suficiente para derribar el muro.

Suena histórico, e histórico será que dejemos de actuar como ‘el chiste de los cangrejos’ y será así como en una misma sintonía, los mexicanos al grito de guerra, hagamos las paces.

No es imposible, no es una falacia, es voluntad; no es una Torre de Babel, todos hablamos el mismo idioma y valiosamente aún existen dialectos que con voluntad podemos aprender, cuando todos entendamos que el esfuerzo comienza con escuchar.

‘El Coco’ se va a ir hasta que juntos prendamos la luz.

Ésta no fue una reseña de la película ‘The Wall’ de Roger Waters, hago lo mismo que él, describir cada pensamiento y sentimiento que provocó Pink Floyd, en particular en éste texto inspirado en la película que Roger escribió y en mi perspectiva adaptada a México.

Y así como Roger Waters durante su filme, hago y procuro honrar lo mismo con éste texto, se lo dedico a las personas que han sido víctimas de terrorismo de Estado.

Zapata ya murió, y la realidad de su tiempo a la fecha es ahora más compleja, pero la lucha sigue.

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