Ver más de Opinión

Tres números más: La realidad de las desapariciones

En México, estamos de luto. Se ha anunciado un crimen más, tres vidas que se suman al número que pinta nuestra tierra de rojo. Este luto es constante, diario, interminable, pues en nuestro país, en nuestro México lindo y querido, nos están matando.

Vivimos una realidad aterradora, donde existen más de treinta y dos mil personas desaparecidas, una cifra que va en aumento o que se transforma en una mucho peor, la de asesinatos. Realmente, ¿será peor? ¿es más doloroso despertar con la noticia de que tu amigo, familiar, conocido, ha sido víctima mortal de la inseguridad o lo será nunca saber su destino? Imposible responder. No se puede saber, no hay forma de ponerse en los zapatos de las familias que han quedado marcadas al perder a uno de los suyos y determinar cuál escenario es el más terrible. No lo sabremos hasta que lo vivamos, situación que en nuestro México puede pasarnos en cualquier momento y a cualquiera de nosotros.

El pasado 19 de marzo, tres estudiantes de la Universidad de Medios Audiovisuales (CAAV), fueron desaparecidos por hombres armados en Tonalá, Jalisco, a donde acudieron los jóvenes para filmar una tarea. Salomón Aceves Gastélum (25 años), Daniel Díaz (20 años) y Marco Ávalos (20 años) fueron tres personas que estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado, o al menos eso es lo expresó que la Fiscalía General del Estado de Jalisco. El lunes, más de un mes después de su desaparición, estos estudiantes han sido declarados muertos. Fueron secuestrados y asesinados por el crimen organizado que gobierna el reino de terror; sus cuerpos disueltos en ácido para desaparecer todo rastro de los futuros cineastas. La realidad histórica que la fiscalía ha construido sobre el caso de Salomón, Daniel y Marco pareciera ser otro intento por parte de las instituciones por limpiarse las manos y convertir todo el asunto en una carpeta cerrada, reflejo de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa. Y es que detrás de la declaración de las autoridades solo se encuentran “indicios” que les llevó a determinar el horror que vivieron, sin nada más que la sustente.

La sociedad civil no se quedó callada. Indignados, dolidos, pero más que nada furiosos, los jóvenes junto a las familias de los desaparecidos lideraron de nuevo la reacción de los ciudadanos. La noche del 23 de abril, cuando la fiscalía dio el informe de lo que sucedió una conferencia de prensa, alrededor de cincuenta personas se reunieron en Casa Jalisco para encender veladoras y exigirle al gobierno mayor claridad respecto a la investigación. Al día siguiente, marcharon en varias ciudades de la república, siendo la Ciudad de México y la misma capital de Jalisco donde se reunieron la mayor cantidad de manifestantes. Las consignas “no son tres, somos todos”, “vivos se los llevaron, vivos los queremos” resonaban por encima del ruido de la marcha, sonando a gritos de la boca de estudiantes, familiares y más personas que salieron a exigir justicia. Este jueves 26 de abril habrá otra manifestación, liderada por las madres de los desaparecidos y organizaciones estudiantiles. La invitación a participar en esta marcha de paz, vestidos de blanco, fue extendida a través de un vídeo circulando por Twitter donde una de las madres de los tres estudiantes pedía el apoyo y la solidaridad de la gente, invitando a no permitir que quedara impune. El vídeo finaliza con una petición de seguir acompañándolos y no dejar de hacer ruido, además de cerrar con la promesa de que “si ustedes alguna vez llegan a estar en este escenario, que Dios no lo quiera, nosotras no los vamos a dejar solos”.

La versión de la fiscalía conecta la desaparición con el Cártel de Jalisco Nueva Generación, que aparentemente confundieron a los estudiantes con miembros activos del cártel con quien disputan por el control de Tonalá, el Cártel Nueva Plaza. Han surgido muchos cuestionamientos respecto a la inocencia de las víctimas, a pesar de que la institución declaró no haber un vínculo directo entre los jóvenes y el crimen organizado, limitándose a decir que el asesinato sucedió por “error”. Por medio de estas dudas, hay personas que están minimizando el movimiento y, sin ser conscientes, normalizando la violencia que resultó en la muerte de Salomón, Daniel y Marco. Argumentan que si les sucedió esto es porque “andaban en algo”, negando la realidad mexicana en la que es posible que una persona común y corriente sufra un destino característico de las películas de terror. De hecho, una investigación realizada por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, el Programa de Derechos Humanos de la Universidad de Minnesota y el Centro Latinoamericano de la Universidad de Oxford plantea que el 91.55% de las desapariciones en México no tiene ningún vínculo con el crimen organizado, contrario a la creencia popular.

Es innegable la existencia de un rechazo a la verdad, el miedo a aceptar que cualquiera de nosotros se puede convertir en un número más a las cifras de asesinatos y desapariciones. Intentar convencerse de que las víctimas que llenan los periódicos y noticieros se lo buscaron, relacionándose con criminales, normalizando el hecho de que solo en el sexenio de Peña Nieto haya habido más de ciento cuatro mil homicidios.

Este tipo de movimientos, levantarse por la injusticia hacia tres estudiantes, no se limita a esas víctimas particulares, es un grito que exige detener la inseguridad y el miedo. Al marchar por Salomón, Daniel y Marco, por los cuarenta y tres de Ayotzinapa, por Marco Antonio, por cualquiera de ellos, no se está ignorando al resto de desaparecidos ni dándole mayor importancia a los que coronan la manifestación. Todo movimiento necesita un rostro, una chispa que lo encienda. Tal y como dice la consigna, no son solo tres, somos todos, se marcha por la justicia colectiva y porque es imposible saber si el día de mañana seremos nosotros la razón por la que marchen. Es esa incertidumbre la razón por la cual nada de esto debe quedar impune ni normalizado. Eliminar la posibilidad de que en el momento menos pensado podamos desaparecer.