Una caravana de sueños

La migración en América Latina se ha caracterizado por perseguir un mismo proyecto de vida: el sueño americano. Cada año casi medio millón de personas atraviesan nuestro país con la aspiración de llegar a Estados Unidos. Con la ambición de conseguir un trabajo mejor remunerado y una vida digna, los migrantes cruzan la frontera con su mochila llena de esperanzas.

Centroamérica ha sido la cara de los movimientos migratorios actuales, especialmente Honduras, en donde vía Guatemala los ciudadanos tratan de seguir su sueño y comenzar de nuevo. Al dejar atrás Honduras, no sólo se están despidiendo de su patria, y en muchas ocasiones de su familia, sino también de los diferentes patrones de violencia que vivían como lo son de índole criminal, económica y política, siendo estas las más comunes.

Pata Luis González Placencia, los migrantes también son vistos como movientes de resistencia, es decir: “comunidades que no suelen verse en su conjunto porque avanzan de a poco, pero que forman un amplio conglomerado de supervivientes que lo que buscan es ser incluidos, aunque sea del peor modo, en el modelo económico que los desplazó.” En este caso, de Honduras hacia Estados Unidos.

Desplazados por necesidad. Los hondureños se han visto en una encrucijada propiciada por su gobierno, el mexicano y el americano. El primero de ellos expulsandolos de manera implícita y los otros excluyéndolos de vía expresa. Los gobiernos se han limpiado las manos al culparlos del desorden y el incremento de violencia conforme el paso de la caravana hondureña. Sin embargo es imposible comprender este desplazamiento ya que su origen recae en las raíces de la historia hondureña. Entonces, ¿quién está realmente impulsando el éxodo?

Desde la llegada de la compañía estadounidense United Fruit Company a principios del siglo XX, la nación hondureña comenzó a sufrir cambios en su estilo de vida al momento de convertirse en un monopolio frutero dependiente de los yankees. Tanto fue su impacto que el país fue denominado “enclave bananero”. La influencia estadounidense llegó a manipular elecciones democráticas en el país y lista para apoyar la dictadura militar con el doctor y general Tiburcio Carias Andino, “El Hombrón de Zambrano” en 1935. Para conservar su régimen, Andino le declaró la guerra diplomática a Alemania, Italia y Japón, al expulsar al cónsul alemán y de manera militar al mandar buques al Atlántico, para defender su patria.

A pesar del fin de la dictadura militar de Andino, la relación de Honduras con Estados Unidos continuó siendo bastante buena. Llegó al punto de amistad en donde el país centroamericano aceptó en 1954, mediante un acuerdo militar, la instalación de una base militar, llamada “Palmerola”. A cambio, el país invitado tendría que pagarle a su amigo hondureño millones de dólares para salvaguardar la paz y disminuir los índices de violencia en el país. En los años transcurridos desde su establecimiento, Juan Alberto Vázquez sospecha la inyección económica de 640 millones dólares utilizados para reforzar la justicia y tener un bloqueo frente al narcotráfico. Sin embargo, después del derroche económico, la situación continúa igual.

No siendo suficiente, en el departamento de Colón los yankees controlaban un ejército con 10,000 soldados, mitad de ellos estadounidenses y la otra hondureños. Su justificación se encontraba sustentada en el ataque comunista que podía recibir la nación. Bajo el ala estadounidense, Honduras se convirtió en un punto geoestratégico durante la guerra fría con el fin de controlar más de cerca a Cuba.

La mano negra que metió el gobierno de Estados Unidos trajo repercusiones económicas al país en los 90s. La combinación de la expulsión de United Fruit Company en América Latina más el cierre de maquiladoras en Honduras hizo al país caer en diversas crisis económicas e incrementó su inestabilidad financiera.

La situación del país se volvió escalofriante para sus ciudadanos debido a la incertidumbre política y económica. En este sentido, los hondureños, quienes llevaban migrando desde los años sesenta (con la problemática de las cárceles estadounidenses y las pandillas hondureñas), lograron incrementar los flujos migratorios hacia Estados Unidos.

En la actualidad, alrededor de  651 mil hondureños, según cifras de The Migration Policy Institute, o casi 900 mil a decir de la US Community Survey viven bajo el ala del águila calva. Aunque este número parece ser escandaloso, sólo representa el 1.5% de los inmigrantes que residen en Estados Unidos. ¿Qué más da acoger 5 mil ciudadanos más? A fin de cuentas, ¿quién fue el culpable de este revoltijo?

La caravana hondureña tiene un capital simbólico que representa los sueños de miles de migrantes que cruzan la frontera con la esperanza de encontrar el sueño americano detrás del muro. Por otra parte, este fenómeno migratorio también va de la mano de las malas políticas económicas y sociales que ha implementado el país.

Si se pudiera señalar culpables del éxodo hondureño Estados Unidos no se quedaría atrás. La caravana es la visibilización de los vestigios yankees en Centroamérica.