Monitor Nacional
Violación a los Derechos Humanos en las discotecas
Instantáneas de México | Arantxa M Meza
4 de mayo de 2016 - 1:15 pm
columna
En las discotecas, las personas no tienen la libertad de elegir si quieren entrar o no

Recuerdo estar parada cierta noche a las afueras de una discoteca, esperando entrar. Iba con varios amigos, casi todos ellos siendo hombres. A pesar de que el lugar no estaba muy lleno, las autoridades del lugar se “hacían del rogar” para dejar pasar a la gente. Mis amigos y yo tratamos de llamar varias veces la atención de los llamados “RP’s” –aquellos que deciden quién entra y quién no– sin éxito. Esperamos alrededor de una ahora afuera de tal lugar, quizás un poco más de tiempo. Aún así, por alguna razón que desconozco, se nos negó la entrada. Entonces nos movimos hacia un bar, algo irritados. Lamentablemente, anécdotas como la anterior la pueden narrar muchas personas. Si bien no es una tragedia, esconde un significado mucho más grave del que aparenta. Y es que en los llamados “antros”, la gente sólo va a que se violen sus Derechos Humanos.

Según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), los Derechos Humanos son “el conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de la persona. Este conjunto de prerrogativas se encuentra establecido dentro del orden jurídico nacional, en nuestra Constitución Política, tratados internacionales y las leyes”. Además, esta comisión afirma que es deber de todos los individuos el que se ejerza respeto hacia estos derechos.

Este deber no lo cumple el personal que trabaja en las discotecas. Lo que es más, frecuentemente violan uno de ellos en específico: el derecho a la igualdad y prohibición de discriminación. En el se prohíbe “toda exclusión o trato diferenciado motivado por razones del origen étnico o nacional, género, edad, discapacidades, condición social, condiciones de salud, religión, opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas”. Y, ¿el menoscabar las libertades de las personas no es justo lo que se hace en los “antros”? En las discotecas, las personas no tienen la libertad de elegir si quieren entrar o no. Sintiéndose casi dioses, las autoridades de la entrada eligen a unos pocos para ser acreedores de ese “privilegio”. La entrada al lugar es determinada por la apariencia física, la manera de vestir o los contactos de una persona, ejerciendo así la discriminación hacia ciertos individuos.

No obstante, lo aberrante del asunto no acaba allí. Para empeorar la situación están todos aquellos que, como yo, han ido alguna vez a esos lugares. Sin inmutarse y casi con entusiasmo, dejan que se violen sus derechos. Lo que es pero aún, adquieren un profundo sentimiento de orgullo cuando finalmente se les concede el paso. A su criterio, la entrada a las discotecas les da cierto estatus superior, del cual no todos gozan. Son el grupo de los “elegidos”, la élite.

Encuentran cierto placer en la discriminación del otro, sin percatarse de que ellos también han sido discriminados. Es preciso darnos cuenta de este tipo de situaciones. Lo afirmo porque, si somos ciegos ante esto, ¿qué haremos cuando nuestros derechos se violen de una manera más grave? En lo personal, puedo afirmar que ya he iniciado mi propia campaña contra estas prácticas. Es simple, pero muy satisfactoria: he dejado de frecuentar las discotecas. Ahora prefiero ir a lugares donde el único requisito para entrar, es ser humano.

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