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¿Y dónde están los líderes?

A las personas cuya habilidad para influir en la manera de pensar o de actuar de otras solemos llamarlas líderes, y son quienes a lo largo de la historia han realizado importantes transformaciones sociales.

A finales de la década de los ochentas del siglo pasado, la gran aspiración de los mexicanos era la alternancia política. Con esa consigna emergieron importantes líderes como Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo, Manuel Clouthier, Diego Fernández de Ceballos y Vicente Fox, quienes en el año 2000, vieron consolidado el anhelado cambio en el poder.

Los costos de nuestra experiencia democrática han sido elevados. Padecimos la “Docena trágica”, tiempo en el que no se cumplieron las expectativas de la gente, primero por el desinterés y luego por la necedad y la violencia. Estos fueron los sellos distintivos de los dos sexenios a cargo del PAN.

Frente a tal situación, fue inminente el regreso del PRI a Los Pinos. Con ello, las aspiraciones de los mexicanos se vieron alentadas los dos primeros años de gobierno en que se consolidaron acuerdos políticos que prometían impulsar el desarrollo del país; situación que, además, provocó elogios por parte de la comunidad internacional. Posteriormente se presentaron sucesos que empañaron el sexenio, y que han alterado la objetividad de la opinión pública.

En dicho contexto, México actualmente enfrenta una graves crisis: la carencia de liderazgos políticos en el escenario nacional, donde sólo resalta un personaje que cuenta con la simpatía, respaldo y reconocimiento de un sector considerable de la población, Andrés Manuel López Obrador. Esto es verdaderamente lamentable, puesto que las distintas perspectivas de la problemática de un país, así como el diseño de posibles soluciones, requieren de acuerdos incluyentes que encaucen los verdaderos cambios; para esto son necesarios los líderes y, entre más existan, mayor es la evidencia de una sociedad sana.

Dudo que López Obrador sea el líder que merecemos los mexicanos, pero tengo la convicción de que no es el líder que necesitamos. La razón es que, sencillamente, la voz de todos debe ser aquella que propicie la conciliación y el respeto, la que invite a señalar los errores de los demás en un marco de tolerancia, proponiendo acuerdos que favorezcan nuestro desarrollo como sociedad; pero que también reconozca los aciertos y, mucho o poco, lo bueno que ha sucedido en este país.

Cuando López Obrador fue Jefe de Gobierno del extinto Distrito Federal, no resolvió los problemas de inseguridad, ni de contaminación, ni mucho menos de desarrollo urbano. Construyó el segundo piso del periférico y hasta la fecha existen sospechas de que pudo haber incurrido en actos de corrupción. Cedió el poder a Marcelo Ebrard, quien ahora corroboramos sigue siendo uno de sus hombres de mayor confianza al haberlo nombrado su operador político en ocho entidades, en la campaña presidencial, pese a que fue señalado por presuntos actos indebidos en la construcción de la línea 12 del metro.

En tanto, López Obrador se ha negado a dialogar, a consensar; ha sido un político de puertas cerradas. Así lo demostró con Felipe Calderón, obligando a Ebrard a desconocerlo como presidente de la República, cuando su deber era inducir al trabajo institucional, velando siempre por las mejores alternativas para servir con eficiencia a los capitalinos.

El hoy precandidato de Morena siempre antepone su ego sobre los intereses colectivos. Esta neurosis lo ha arrastrado durante 12 años a una campaña permanente para ser presidente, de manera obsesiva, sin trasparentar los recursos financieros que ello implica. Así lo ha hecho y continuará haciéndolo como un modus vivendi, hasta que muchos mexicanos le entreguen la patria, pese a que nada bueno ha hecho por ella. Eso sí, creó su propio partido político en el que toma decisiones unilaterales y por el que tan solo en los últimos dos años recibió mas de mil millones de pesos.

Gandhi, uno de los grandes lideres de la humanidad, quien luchó contra Inglaterra por la independencia de su país. Sin más armas que sus convicciones pacifistas y su gran voluntad, logró la emancipación de la India. No requirió ser jefe de estado para vencer al poderoso imperio que dominaba a su pueblo. Esta es la gran diferencia entre un gran líder y un personaje que vive obsesionado por el poder que implica ser presidente de la república, y que después de doce años nada bueno y tangible ha hecho por la patria, ni por el sector de mexicanos que dice abanderar.

Texto de Ernesto Millán