¿Clientes o ciudadanos venezolanos?

Una palabra: poder. Sus definiciones son múltiples y su estudio es imparable. Algunos quieren mantenerlo, otros despojarlo. Entonces, ¿qué es el poder?

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Una palabra corta, pero que expresa mucho: poder. Su connotación ha cambiado de rostro, sin embargo su legado sigue vigente y su estudio es imparable. Mientras unos quieren mantenerlo, otros quieren despojarlo. Entonces, ¿qué es el poder?

Para Weber, el poder era visto como: “la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social aun contra toda resistencia”. Por Robbins como: “la capacidad que tiene A de influir en el comportamiento de B, de modo que B actúe de acuerdo con los deseos de A”. Por Foucault como: “una relación asimétrica que establece una relación directa entre lucha y fuerza”, concluyendo que donde hay fuerza hay poder.

Para el clientelismo político, el poder es visto como un instrumento que permite la manipulación de funcionarios del Estado a los ciudadanos mediante el intercambio de bienes y servicios. Bárbara Schröter lo describe como “una relación informal de poder entre dos  personas socialmente desiguales o entre dos grupos”.

América Latina ha sido testigo de este fenómeno. El problema va más allá de su presencia en la cotidianidad. El hecho de ignorarlo y ocultar su existencia hace más difícil su búsqueda, y aún más su desaparición.

En la actualidad latinoamericana este tipo de clientelismo es conocido como “clientelismo partidista” o “clientelismo de los partidos” o “partidos clientelares”. Este modelo nos hace pensar que nuestros funcionarios democráticos nos hacen un favor cuando se ejercen los derechos que nos debe otorgar el Estado. Usando las necesidades de los ciudadanos como mecanismo de extorsión, al momento de inhibir la libertad de elección de los mismos. Además, favorece la perpetuación de las oligarquías o poderes hegemónicos, dependiendo del caso.

Cabe destacar el caso de Venezuela, en donde el “clientelismo de los partidos” fue utilizado para conservar la ideología de nación que se tenía desde los años sesenta. El momento clave fue con el segundo gobierno de Pérez (1989-1993) cuando las élites comenzaron a predominar la economía y los flujos de corrupción aumentaron. Venezuela estaba siendo controlada por la élite, quien sólo velaba por su beneficio.

Los ciudadanos tomaron cartas en el asunto cuando se dieron cuenta de que el Estado estaba siendo dominado por un grupo pequeño de personas poderosas, gracias al “clientelismo partidista”. Mediante manifestaciones sociales en las calles y en los cuarteles militares, los ciudadanos y la milicia expusieron su descontento al gobierno desde 1992. Josué Alejandro Barón adjudica las revueltas callejeras, el Caracazo y el fallido golpe de Estado a Pérez como consecuencia del modelo económico basado en el “clientelismo partidista”.

Para el gobierno de Hugo Chávez, el clientelismo ya era considerado el mejor modelo de negocios para impulsar la economía de un país y su sociedad, y al mismo tiempo mantener el poder y la ideología de Estado. Sin embargo, se necesitaba una manta capaz de cubrir ante los ojos de los ciudadanos el mal que el gobierno estaba haciendo a sus espaldas.

¿La respuesta? Programas sociales. Ganar la confianza de los venezolanos era esencial para el gobierno debido a que de esta manera se podía desviar su atención hacia el supuesto favor que les estaba ofreciendo el gobierno.

Estos programas sociales fueron enfocados en ganarse a los ciudadanos mediante dos estrategias: la primera siendo un alivio a las necesidades de la sociedad, como lo son salud, educación, vivienda, empleo. Y la segunda, a través de sus políticas públicas basadas en el culto a un partido, principalmente a una persona.

La estrategia clientelista con Chávez se manejaba mediante subsidios. Durante la etapa electoral, el presidente aumentaba los espacios para los programas y los intermediarios quienes manejaban a nivel local los cupos eran fieles seguidores de Chávez. Los recursos públicos y las instituciones se mantenían de pie gracias al apoyo de los clientes de los programas sociales, quienes aseguraban su voto al único partido.

Como bien explica Cante, el sistema clientelar partidista en uno de sus libros: “se trata de un votante que vela por la solución de necesidades inmediatas (…) a través de quien le ofrece ayuda, quien a su vez puede hacerlo gracias a su acceso a recursos estatales”.

Venezuela ha sido prueba de lo que puede llegar a hacer el hambre de poder. La manipulación de su población mediante prácticas públicas, en este caso los programas sociales, es una de las tantas historias que relata la historia del “clientelismo por partido”. Con una imagen fuerte, como es la imagen de Hugo Chávez, el poder del presidencialismo se convierte en el foco de atención donde es él quien dirige todo un país.

La centralización del poder hace aún más sencilla la tarea de ver a los ciudadanos como clientes del Estado. Esto debido a que, en este modelo, es la autoridad máxima se convierte en quien designa qué necesidades básicas son las que el gobierno puede cubrir, aún cuando estos sean un derecho universal.