COVID-19 desde Washington, D.C: Salud económica v. salud humana

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El área compuesta por Washington, D.C., Maryland y Virginia, popularmente conocida como el DMV, se encuentra a unas horas de Nueva York, el nuevo epicentro de la pandemia en Estados Unidos, que actualmente representa cerca del 6% de los casos de COVID-19 en el mundo.

El lunes 23 de marzo, el gobernador de Maryland, Larry Hogan, anunció nuevas medidas radicales para combatir la propagación del coronavirus. El estado cuenta con 349 infectados confirmados y 4 muertes, y el número de contagios se ha multiplicado durante los últimos días. Hogan anunció el cierre de todos los establecimientos no esenciales, prohibió reuniones mayores a diez personas y expandió el número de personas a las que se les permite practicar medicina en el estado.

«Esto va a ser mucho más difícil, tomará mucho más tiempo y será mucho peor de lo que casi nadie comprende actualmente», dijo Hogan en una conferencia de prensa.

Horas más tarde el 23 de marzo, el gobernador de Virginia Ralph Northam anunció que las escuelas públicas y privadas permanecerán cerradas durante el año académico para combatir la propagación del coronavirus. Adicionalmente, todos los centros de recreación y entretenimiento no esenciales como teatros, museos, gimnasios y barberías cerraron. Virginia actualmente presenta 254 casos y 7 muertos, los cuales continúan aumentando diario.

El martes 24 de marzo, la alcaldesa de Washington, D.C., Muriel Bowser, anunció la implementación de una orden similar a la de Hogan, deteniendo el servicio en persona en el Departamento de Vehículos Motorizados y otras oficinas de la ciudad para alentar el distanciamiento social. La capital norteamericana actualmente cuenta con 141 casos confirmados y 2 muertes, mientras los contagios se extienden cada día.

Las empresas esenciales como farmacias, supermercados y bancos permanecen abiertas en el DMV, pero deben seguir las pautas de distanciamiento social y aumentar la desinfección de sus instalaciones.

Hogan, Northam y Bowser respondieron a distintos factores. Por un lado, a pesar de advertencias previas, miles de personas se congregaron en la capital este fin de semana para admirar los cerezos que florecen cada primavera, generando multitudes ideales para propagar el COVID-19. Por otro lado, mientras los dos estados y el distrito de Columbia observaron un aumento exponencial y casi inmediato en casos, complicaciones y muertes, sus representantes se dispusieron a “aplanar la curva” de contagio para mitigar el estrés inminente en hospitales y reducir el número de muertes prevenibles.

Los líderes del área de Washington anunciaron planes para restringir aún más los negocios e improvisar soluciones para equipos médicos y camas de hospital, a medida que el brote de coronavirus gana terreno en el noroeste norteamericano y otros estados.

El 24 de marzo acontecieron cuatro eventos que contrastan y anuncian un conflicto más amplio.

Primero, aumentaron esfuerzos de colaboración entre estados afectados que prevén, y temen, un agravamiento insostenible, como lo son Maryland, Virginia y D.C.

Los gobernadores de Maryland y Virginia, así como la alcaldesa de D.C., llamaron a los residentes del DMV a comprender la necesidad de estos sacrificios continuos y extraordinarios, pidiéndoles no escuchar «mensajes mezclados» de quienes aseguran que “ya pasó lo peor” en Estados Unidos.

Segundo, el presidente Trump, en exclusiva con Fox News, dijo que “amaría” ver a Estados Unidos “reabrir” para Pascua, una fecha a poco más de dos semanas que pocos científicos y expertos en salud creen que será suficiente para contener la propagación del COVID-19.

Tercero, la doctora y representante de la Organización Mundial de la Salud Margaret Harris dijo que Estados Unidos se perfila para convertirse en el nuevo epicentro de la pandemia global, a causa de una aceleración importante en casos y muertes.

Por último, el vicegobernador de Texas Dan Patrick apareció en Fox News el lunes y dijo que no solo estaba listo para que el país y la economía volvieran a moverse en medio de la pandemia de coronavirus, sino que él y “otros abuelos” están dispuestos a exponerse al COVID-19 para “salvar la economía” y “asegurar el futuro.”

«No vivo con miedo del COVID-19. Vivo con miedo de lo que le está sucediendo a este país. Nadie se acercó a mí para preguntarme, ‘Como ciudadano de la tercera edad, ¿estás dispuesto a arriesgarte para sobrevivir, a cambio de mantener al país por tus hijos y nietos?’ Accedo a ese intercambio.”

¿Qué está pasando en Estados Unidos? ¿De dónde proviene la incertidumbre y los mensajes mezclados sobre el peligro de la pandemia? ¿Vale la pena quedarse adentro? ¿Se debe arriesgar a millones de personas al COVID-19 para no eliminar empleos y salvar corporaciones?

Desde el inicio de la pandemia en Europa occidental y Estados Unidos, regiones que representan 85% de los casos de COVID-19 en el mundo, dos narrativas poderosas que interpretan palabras como “salud” y “bienestar” de manera distinta emergen.

La primera narrativa, desatada por planteamientos que aseguran que las pérdidas económicas son colosales e insostenibles, exhibe impaciencia con las estrictas medidas tomadas para sofocar el brote de COVID-19. En los últimos días, un número creciente de conservadores políticos ha argumentado que el costo económico es demasiado alto.

La idea es sencilla y potencialmente autodestructiva en términos del número de infectados: cuanto más rápido regresemos “a la normalidad,” la economía sufrirá menos.

Este argumento plantea como imperativo el “aprender a vivir” con un virus altamente contagioso y letal para “poblaciones vulnerables” que continúan redefiniéndose, mientras se procesan y analizan estadísticas sobre quien requiere hospitalización y quien no, quien necesita oxígeno y quién no, quien muestra síntomas más severos y porqué.

Sin información suficiente sobre el COVID-19 a nivel mundial, este deseo de “reactivar” las interacciones humanas cruciales para la economía norteamericana ha sido planteado mediante eufemismos, generalidades y protestas sobre la eminente depresión financiera que anuncia las repetidas caídas de la bolsa. Mientras mucha gente exige regresar a trabajar para poder pagar el día a día, aquellos que concentran las fortunas más grandes y cotizan en la bolsa a mayor escala están dispuestos a “aprender a vivir” en tiempos de coronavirus.

A pesar de que el Senado se acerca a concretar un paquete de estímulos de $2 billones que proporcionaría ayuda directa a familias norteamericanas y trabajadores despedidos, distintos legisladores Demócratas han acusado a los Republicanos de ofrecer un vasto plan de rescate a los titanes de las industrias más afectados, sin realmente proteger a los empleados.

Tres de cinco norteamericanos viven de salarios por hora. A medida que los cierres de coronavirus detienen el comercio en Estados Unidos, los trabajadores con salarios bajos, muchos de los cuales viven de cheque en cheque, están siendo afectados de manera insostenible. La tasa de desempleo puede llegar hasta el 20 o 30 porciento si las circunstancias actuales se multiplican en más estados.

La segunda narrativa, impulsada por los expertos de salud, científicos y gobernantes de los estados más afectados o propensos, apunta a la evidencia abrumadora de todo el mundo sobre el rol definitorio de cerrar negocios, escuelas y minimizar el contacto social para evitar infecciones que aumentan exponencialmente y rebasen al sistema de salud nacional.

Andrew Cuomo, el gobernador de Nueva York, cuyos casos se duplican cada tres días, expresó alarma y frustración ante comentarios sobre la necesidad de reanudar actividades para el 12 de abril o antes.

Nueva York está aproximadamente a dos semanas de alcanzar el punto álgido de su brote, sin lograr aplanar la curva de contagio. Los hospitales experimentan el inicio de la alarmante tendencia que promete arrasar con suministros médicos, abrumar los sistemas de salud pública y privada y eventualmente negar tratamiento a cientos de pacientes.

Con solo 7,000 de los 30,000 ventiladores necesarios para tratar el aumento esperado en pacientes hospitalizados con COVID-19, Nueva York se enaltece como un modelo temible para estados que se aproximan a convertirse en epicentros de contagio, como Nueva Jersey, California, Washington, Florida, Michigan, Illinois y Luisiana.

«Estábamos viendo un tren de carga que cruzaba el país, ahora estamos viendo un tren bala», dijo Cuomo.

Levantar la suspensión en Estados Unidos sería desastroso, dicen distintos epidemiólogos, estadistas y médicos, porque el país apenas ha dado tiempo a esas restricciones para trabajar, y porque los líderes estadounidenses no han seguido estrategias alternativas utilizadas en otros países para evitar la muerte potencial de cientos de miles.

“Llevar una semana con estas restricciones y ya estar hablando de abandonarlas es irresponsable y peligroso», dijo Tom Inglesby, director del Centro Johns Hopkins para la Seguridad de la Salud. La eliminación de las restricciones ahora permitiría que el virus, dijo, «se propague ampliamente, rápidamente, terriblemente, y podría matar potencialmente a millones en el próximo año con un gran impacto social y económico».

Más allá del catastrófico costo humano, distintos representantes aseguran que un regreso prematuro a una “normalidad” cada vez más elusiva y quimérica profundizaría la crisis económica tras ofrecer una sensación de calma falsa que terminará por reventar conforme se acumulen los casos y muertes, una tendencia irreversible si Estados Unidos reinstaura niveles de contacto previos.

«No habrá una economía que funcione normalmente si nuestros hospitales están abrumados y miles de estadounidenses de todas las edades, incluidos nuestros médicos y enfermeras, mueren porque fallamos en hacer lo necesario para detener el virus», dijo la representante de Wyoming Liz Cheney.

Hoy, distintas realidades convergen, se superponen y disienten en Estados Unidos, con representantes autoproclamados de “la economía,” víctimas silenciosas de una pandemia que no se traduce en “aburrimiento en casa” o “frustración de no ver a amigos,” sino en un nivel de incertidumbre económica sin precedente.

Millones de norteamericanos que viven al día no saben como sobrevivirán un estado de emergencia extendido que no les permita trabajar, que los obligue a sacar préstamos, que elimine su posibilidad de cobertura médica y que haga pagos de servicios básicos imposibles.

Por otro lado, aquellos con nexos más profundos a la especulación, al estado de la bolsa de valores y al destino de corporaciones poderosas como líneas aéreas, cadenas de servicios, hoteles y casinos, buscan ayuda federal y un reanude urgente de la “normalidad.” Sin embargo, puesto que estas industrias generan cientos de miles de empleos, resulta difícil separar intereses billonarios de la materialidad de darle empleo a quienes no cuentan con redes de seguridad.

Sin embargo, si las restricciones impuestas se levantan y las autoridades reanudan el ritmo de vida necesario para “revivir la economía,” las perdidas humanas podrían ser dramáticas, con proyecciones que aseguran que cerca de 2.2 millones de norteamericanos morirían si todo el país se contagia, una consecuencia inevitable de no aislar a la población.

“Es insostenible que cerremos la economía y sigamos gastando dinero. No hay dudas sobre eso, nadie va a discutir sobre eso», dijo el gobernador Cuomo, “Pero la prioridad debe ser salvar vidas. Esa debe ser la prioridad.»

Mientras quienes no pueden pagar la vida diaria representan un sector afectado de manera insostenible, y aquellos interesados en las corporaciones y sectores abatidos por la crisis buscan “reactivar” ganancias, planteamientos que pintan a la voluble e indefinible “población vulnerable” como prescindible promueven una actitud inaceptable ante la potencial muerte de gente mayor de 60 años, aquellos con precondiciones y en los últimos días, un número creciente de jóvenes y adultos previamente “sanos.”

Aún no se define exactamente quién puede sufrir de complicaciones por el COVID-19 y el colapso de hospitales si los contagios no disminuyen resultará en muertes de quienes no podrán acceder a un médico o a un ventilador a tiempo.

Un debate simplista enfrentando la salud de la economía estadounidense con la salud de sus ciudadanos ha puesto al descubierto la necesidad apremiante de una estrategia nacional a largo plazo que trascienda la miopía ante una situación extraordinaria con muchas capas. La crisis inmediata es de salud, pero para muchos, la depresión económica que está desatando, es igual de aterradora.

Twitter: @daniguerreroo