Crónicas de COVID-19 desde Washington DC: Actos extraordinarios de gente ordinaria

Personal médico de Estados Unidos, comparte testimonios de cómo sus colegas han perdido la vida, a causa del COVID-19, para salvar la de los demás.

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Kious Kelly, un enfermero de 48 años de edad, en un hospital de Manhattan, le envió un mensaje a su hermana el 18 de marzo con una noticia devastadora: estaba en un ventilador en la unidad de cuidados intensivos por complicaciones de COVID-19.

Kelly le dijo que podía enviar mensajes de texto, pero no podía hablar. «Estoy bien. No le digas nada a mamá y papá. No quiero preocuparlos».

Ese fue el último mensaje de Kelly, quien padecía asma. Los siguientes mensajes de su hermana no recibieron respuesta y en menos de una semana, Kelly murió.

Pocos días después de su último turno como asistente médica, Madhvi Aya se convirtió en paciente. El trabajo de Aya en la sala de emergencias de un hospital en Brooklyn consistía en organizar pruebas, preparar historiales médicos y preguntar a los pacientes entrantes sobre sus síntomas.

Aya, de 61 años, murió sola, en un hospital a menos de tres kilómetros de su esposo y su hija de 18 años en Long Island, quienes no podían visitarla por riesgo de contagio.

«Te extraño mami», le escribió su hija el 25 de marzo. «Por favor, no te rindas porque te necesitamos. Necesito que vuelvas a mí.” Aya respondió en un mensaje de texto, «Te amo. Mamá va a regresar.» Desafortunadamente, no pudo cumplir esa promesa.

Frank Gabrin, traumatólogo en un hospital de Nueva Jersey, sabía que su trabajo lo exponía a contraer COVID-19.

A las 5 de la mañana del 19 de marzo, el médico de urgencias de 60 años le envió un mensaje de texto a una amiga, preocupado sobre la falta de suministros médicos en los hospitales.

«No tenemos equipo protector que no haya sido utilizado», escribió Gabrin. «No tenemos máscaras, traigo mis propias gafas, mi propio protector facial», agregó.

Cinco días después, Gabrin, sobreviviente de cáncer, dejo de poder respirar tras contraer coronavirus.

Kelly, Aya y Gabrin son solo algunos de los múltiples trabajadores médicos en Estados Unidos que han sucumbido al virus, desde médicos y enfermer@s hasta paramédicos y empleados de servicio en hospitales a través del país.

Hoy, aún no hay un conteo oficial de muertes de trabajadores del sector salud estadounidense. Sin embargo, en algunos estados, el personal médico representa hasta el 20% de los casos confirmados de COVID-19 y por lo menos 51 muertes de médicos, enfermer@s y trabajadores han sido confirmadas.

Expertos creen que el número de trabajadores del sector salud que han dado positivo en la prueba de COVID-19 es probablemente mucho más alto que la cifra reportada de 9200, puesto que funcionarios estadounidenses dicen no tener forma de contar nacionalmente a aquellos que han perdido la vida tratando de salvar la de otros.

Autoridades del Centro de Control y Prevención de Enfermedades enfatizaron que el recuento actual se extrajo de solo el 16% de los casos de COVID-19 en Estados Unidos, por lo que el número real de infecciones y muertes en el sector salud es positivamente mucho mayor.

Más allá de las alarmantes tasas de infección y muerte de aquellos que trabajan en hospitales llenos de pacientes de COVID-19, las cuotas psicológicas y emocionales se presentan como un reto que estremece a quienes se enfrentan cara a cara con la amenaza de la que todos huimos.

D’neil Schmall, una enfermera de urgencias que actualmente forma parte de un equipo de respuesta rápida tratando a pacientes con COVID-19 en Nueva York, el epicentro de la pandemia en Estados Unidos, filmó un testimonio desgarrador que se volvió viral tras unas horas sobre el dolor de ver morir a tantos pacientes.

Visiblemente alterada y llorando incontrolablemente, la joven de 35 años le pidió al público norteamericano mostrar compasión hacia el personal médico, insistiendo en que “no son inmunes” ni al virus ni al daño psicológico y emocional que representa para quienes lo tratan directamente.

“Hoy fue un día horrible, un turno horrible,” comenzó Schmall. “Mi corazón se rompe por toda la muerte, por todos mis hermanos y hermanas, doctores, enfermer@s, trabajadores que han perdido su vida.”

“Creo que a veces la gente olvida que nosotros también somos seres humanos. Tenemos emociones, las mismas cosas que te afectan a ti me afectan a mi,” dijo la enfermera entre sollozos.

«La parte más triste es que realmente siento que a muy poca gente le importa, a casi nadie le importa cómo nos sentimos, porque este es nuestro trabajo, esto es lo que debemos hacer,” concluyó Schmall, quien le aseguró al público norteamericano que a pesar de que ama su trabajo, nadie en el sector salud estaba preparado para una crisis de esta magnitud — ni física, ni mental, ni emocionalmente.

En algunos países, los trabajadores del sector salud ganan grandes ovaciones por las increíbles jornadas en donde arriesgan su vida para combatir el COVID-19. En otros, enfrentan discriminación e incluso ataques violentos por sus sacrificios.

El Washington Post reportó incidentes en México, Colombia, India, Filipinas, Australia y otros países, en donde personas aterrorizadas por el virus altamente infeccioso atacaron a profesionales médicos, echándolos de autobuses, expulsándolos de condominios, e incluso rociándolos con agua mezclada con cloro.

A pesar de que los autores de actos discriminatorios y violentos representan a una minoría de la población en estos países, las autoridades han reaccionado con preocupación.

En México, debido a las múltiples agresiones de las que han sido víctimas el personal médico en todo el país, algunos gobiernos estatales comenzaron a otorgar servicios privados de transporte para ayudar a médicos y enfermer@s a llegar a sus turnos.

En algunos condados de Australia, los hospitales instan a los trabajadores a no usar sus uniformes en público para evitar ataques.

La semana pasada, el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ordenó a la policía proteger a los trabajadores del sector salud tras varios informes de asaltos, incluido uno en el que alguien le echó cloro en la cara a un empleado de un hospital.

Manifestantes en Abidjan, la capital comercial de Costa de Marfil, intentaron destruir un centro de pruebas de coronavirus esta semana. Los videos en las redes sociales mostraban a personas arrancando tablones de madera de la estructura mientras la policía disparaba gases lacrimógenos.

La hostilidad sorprende a profesionales médicos y trabajadores que ya están bajo una tensión sin precedente. En muchos hospitales, la falta de equipos de protección básicos, como máscaras y guantes se acrecienta. Muchos médicos, enfermer@s, paramédicos y personal de apoyo han tenido que reutilizar su equipo de protección personal durante sus turnos, volviéndolos especialmente susceptibles al virus.

Mientras un número desconocido y probablemente alto de médicos, enfermer@s y trabajadores de hospitales alrededor del mundo han muerto tras contraer COVID-19 en sus espacios de trabajo, para algunos ciudadanos el acoso y la violencia son respuestas aceptables para expresar miedo o frustración.

Autoridades de distintos países coinciden en que este tipo de ataques reflejan malentendidos sobre el virus y la estricta higiene que mantienen los hospitales para limitar su propagación, además de exhibir el pánico y la furia colectivos ante la crisis desatada por el COVID-19.

Ante una crisis sin precedente con ramificaciones físicas, económicas, psicológicas y emocionales, se vuelve tentador culpar a alguien en concreto. Buscamos teorías y erigimos conspiraciones ante la desesperación de no saber porque la “normalidad” parece condenada a no regresar.

Para muchos, aquellos que se exponen al virus de manera cotidiana representan el blanco perfecto. Son los “contaminados,” los “ineficientes,” los que “deciden quien vive y quien muere.”

Sin embargo, la insuficiencia del sector salud, tanto en países desarrollados como en economías emergentes, se debe a la falta de inversión de distintos gobiernos en servicios públicos, no al personal médico en sí.

Médicos, enfermer@s y trabajadores de hospital hacen lo mejor que pueden con recursos insuficientes ante un número elevado de hospitalizaciones, equipo de protección limitado ante un virus altamente contagioso y medicamentos y ventiladores escasos ante un flujo de pacientes con complicaciones respiratorias agresivas y de rápida evolución.

El altruismo, la dedicación y el dolor de profesionales de la salud y aquellos trabajadores de limpieza, administración y mantenimiento que aseguran el funcionamiento de hospitales alrededor del mundo no solamente merecen nuestra admiración y agradecimiento, sino nuestro apoyo.

Desde donaciones hasta fabricación de equipo médico y el seguimiento de las pautas de distanciamiento social, es nuestro deber apoyar a quienes se enfrentan al COVID-19 con una valentía y entereza que pocos poseen.

Atacar al personal médico por pánico a infectarnos o por rabia ante la situación que enfrentamos es un acto de cobardía que no tiene lugar en una crisis de esta magnitud.

A pesar de no pertenecer al sector de mayores ingresos en la mayoría de los países afectados, a pesar de enfrentarse a un virus del cual nadie en el mundo sabe lo suficiente, a pesar de ser personas ordinarias que comparten nuestros miedos y preocupaciones sobre la realidad que vivimos, aquellos en los hospitales realizan actos extraordinarios todos los días.

La admirable labor de tratar de salvar la mayor cantidad de vidas ante circunstancias sin precedente, con herramientas que simplemente no son suficientes, no merece ataques, acoso e indiferencia. Médicos, enfermer@s y trabajadores del sector salud necesitan de todo el apoyo que podamos brindarles.

Hoy más que nunca, el sector salud nos recuerda lo esencial que es, y lo mucho que lo hemos, y lo seguimos menospreciando.