Crónicas de COVID-19 desde Washington, DC: Desigualdad al descubierto

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El 21 de marzo Jason Hargrove, un conductor afroamericano de autobús en Detroit publicó un video en Facebook que se volvió viral, quejándose sobre una mujer a bordo que tosió en repetidas ocasiones sin cubrirse.

«Estamos afuera como trabajadores públicos, haciendo nuestro trabajo, tratando de ganar dinero para cuidar a nuestras familias», dijo Hargrove. «Que alguien suba al autobús y tosa varias veces sin taparse la boca, sabiendo que estamos en medio de una pandemia, me dice que a algunas personas simplemente no les importa.»

Once días después de grabar el video afuera de su autobús, el conductor de 50 años, casado y padre de seis, murió por complicaciones de COVID-19.

A medida que la pandemia se intensificó, Leilani Jordan insistió en continuar trabajando en un supermercado de Maryland para ayudar a adultos mayores con sus compras.

«Es una locura trabajar aquí ahora, pero alguien tiene que hacerlo», dijo la joven afroamericana de 27 años. «Tengo que ayudar a las personas mayores.»

Los padres de Jordan dijeron que su hija no dejó de ir a trabajar hasta que “ya no podía respirar». Tras varios días en el hospital por complicaciones respiratorias, la joven falleció el 1 de abril.

El 11 de marzo Rolando Aravena, técnico de Verizon, acudió a un hospital en Nueva York para instalar el equipo necesario para un aumento exponencial en comunicaciones.

«Mientras seguía trabajando, estaba muy preocupado porque no había una capacitación adecuada ni un protocolo fijo», dijo la esposa del trabajador esencial de 44 años.

Una semana después de haber visitado el hospital, Aravena comenzó a experimentar síntomas de COVID-19.

El padre de cinco, entrenador voluntario de básquetbol y ávido deportista, murió el 29 de marzo, en el décimo cumpleaños de sus hijas gemelas.

La crisis desatada por el COVID-19 se distingue por sus crueles revelaciones sobre la inequidad social. Mientras figuras de alto perfil y celebridades emiten mensajes genéricos sobre el nuevo “gran igualador,” los patrones de contagio del COVID-19 y el desglose de víctimas mortales en distintos estados sugieren que el virus más bien funge como el nuevo “gran indicador” de las inequidades más arraigadas y corrosivas en Estados Unidos.

Ante el novedoso caos, el coronavirus no parecía discriminar en sus ataques. Sin embargo, mientras el número de infectados y muertos aumenta de manera exponencial, tendencias preocupantes emergen en nuevos conteos.

A medida que el nuevo coronavirus se extiende por Estados Unidos, parece estar infectando y matando a habitantes afroamericanos e hispanos de manera desproporcionadamente alta, según desgloses de los primeros datos públicos disponibles.

Un análisis del Washington Post señaló que los condados que son mayoritariamente afroamericanos tienen tres veces la tasa de infecciones y casi seis veces la tasa de muertes que los condados mayoritariamente blancos.

Ante la insistencia sobre el desglose demográfico de infecciones, hospitalizaciones y muertes, el cirujano general Jerome M. Adams, quien es afroamericano, advirtió a las minorías en Estados Unidos sobre el mayor riesgo de infección y complicaciones que enfrentan.

«He compartido personalmente que padezco de hipertensión», dijo Adams, de 45 años. «Tengo una enfermedad cardíaca y he pasado tiempo en la unidad de cuidados intensivos en el pasado, además de tener asma y ser prediabético. Represento el legado de quienes crecimos en comunidades afroamericanas pobres en Estados Unidos.”

Esta disparidad racial contiene implicaciones socioeconómicas innegables. A cambio de salarios mínimos, el personal “esencial” en Estados Unidos, conformado en su mayoría por trabajadores afroamericanos e hispanos, sale a trabajar todos los días en espacios confinados o sujetos a mayor riesgo de contagio.

Desde trabajadores de servicios públicos y sanitarios hasta personal de funerarias, son quienes mantienen los servicios activos, los hospitales limpios, y nos ayudan a enterrar a los fallecidos. También son quienes reciben menor protección y atención médica mientras se enfrentan a tasas de contagio y muerte desproporcionadas.

Generalizaciones sobre como «todos trabajan desde casa» y «todos reciben sus productos mediante servicios de entrega» en medio del brote de COVID-19 ignoran a un segmento enorme de la fuerza laboral que se define en términos raciales.

Mientras cerca de 17 millones de estadounidenses han solicitado beneficios de desempleo en las últimas cuatro semanas, aquellos que conservan ingresos mínimos como trabajadores “esenciales” apuestan su salud y su vida para sostener a familias sin redes de seguridad ni acceso a servicios de salud.

Quienes interactúan con infectados asintomáticos, administran farmacias y supermercados, producen y entregan comida, manejan ambulancias y vehículos de transporte público, patrullan calles y aseguran servicios esenciales como recolección de basura, transporte público, construcción y limpieza de espacios contaminados, entre otros, no tienen la opción de evitar contacto con el nuevo y letal virus.

Solo alrededor de 30% de los trabajadores norteamericanos reportaron poder laborar desde casa, la mayoría en empleos de cuello blanco, mejor remunerados, con buena atención médica y políticas de licencia pagada.

En Estados Unidos, la capacidad de trabajar remotamente, contar con licencia pagada y cobertura de salud difiere enormemente en función de tu origen étnico.

Trabajadores de origen asiático tienen más probabilidades de poder trabajar desde casa, seguidos por trabajadores blancos. En contraste, solo el 16.2% de los trabajadores hispanos y el 19.7% de los trabajadores afroamericanos pueden laborar remotamente.

Aproximadamente solo uno de cada cinco trabajadores afroamericanos y uno de cada seis trabajadores hispanos pueden trabajar desde casa.

El Centro de Control de Enfermedades reportó que a pesar de que los afroamericanos constituyen el 18% de la población nacional, representaron más del 33% de las hospitalizaciones en marzo.

“Esta crisis nos señala de forma estridente algunas de las deficiencias más reales e injustas en nuestra sociedad «, dijo el Dr. Anthony Fauci, el epidemiólogo que dirige la respuesta federal al COVID-19. “Nos señala lo inaceptables que son estas disparidades.”

Fauci habló de la prevalencia de «condiciones preexistentes como diabetes, hipertensión, obesidad y asma» en poblaciones minoritarias, ocasionando tasas elevadas de hospitalizaciones, complicaciones y mortalidad.

Más allá de condiciones preexistentes y menor acceso a servicios de salud, los afroamericanos e hispanos constituyen la mayoría de la fuerza laboral que se mantiene activa en medio de la pandemia, exponiéndose al contagio diario.

«¿Hay más trabajadores públicos latinos y afroamericanos?» preguntó el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. «Si los hay, porque son quienes no tienen otra opción. Son quienes salen todos los días y conducen el autobús y el metro. Son quienes se presentan a trabajar y terminan sometiéndose al virus. Mientras que muchas otras personas simplemente pueden ausentarse, ellos no.”

En el condado de Milwaukee, la ciudad más grande de Wisconsin, los afroamericanos representan aproximadamente el 70% de muertes por COVID-19, aunque solo constituyen el 28% de la población.

La disparidad es similar en Luisiana, donde los afroamericanos representan el 32% del estado, pero más del 70% de las fatalidades.

En Chicago, más de la mitad de todos los resultados positivos de COVID-19 y el 72% de las muertes relacionadas con el virus se registraron entre afroamericanos, que representan solo el 32% de la población de la ciudad y el 15% del estado de Illinois.

Tendencias similares se han presentado en Michigan, donde la población es 14% afroamericana, pero constituye más del 40% de los fallecimientos.

En la ciudad de Nueva York, los hispanos representan el 34% de los fallecimientos por el coronavirus y el 29% de la población. Los neoyorquinos hispanos han sido los más afectados por las muertes por coronavirus en la ciudad, muriendo a las tasas más altas de cualquier grupo étnico, según los últimos registros de víctimas.

Mientras algunos tenemos el privilegio de evadirnos, relajarnos y distraernos desde la comodidad de nuestra casa ante la incertidumbre y el estrés generados por el COVID-19, millones de norteamericanos corren directo hacia el fuego, sin ninguna otra opción. Eligen entre el desempleo insostenible y el trabajo que puede resultar en su muerte.

Aunque no es sorprendente que los trabajadores con salarios más bajos cuenten con menor flexibilidad, el hecho de que la mayoría de la población norteamericana se encuentre en esta categoría exhibe a una sociedad con problemas severos de distribución de la riqueza, más allá de proclamaciones de grandeza y progreso.

Diversos legisladores, activistas y profesionales médicos insisten en el valor de información aún más detallada sobre los perfiles demográficos de infectados y fatalidades por COVID-19. De esta forma, una estrategia y campaña de salud federal puede advertir y proteger a los más vulnerables.

Sin embargo, la realidad es que millones de afroamericanos e hispanos se encuentran más expuestos al contagio como trabajadores esenciales y más predispuestos a complicaciones debido a condiciones preexistentes relacionadas con estándares de calidad de vida más bajos.

La crisis del COVID-19 exhibe como muy pocos disfrutan de privilegios como la seguridad financiera y el acceso a servicios, impensables para una mayoría agonizante que sostiene a un sistema desigual. En esta ocasión, con su propia salud y en muchos casos, su vida.

Las cifras iniciales de contagios y fatalidades señalan cómo se desarrollan las disparidades en una crisis de salud pública. Hoy, los mensajes para millones de norteamericanos es que sus vidas valen menos que las de aquellos con recursos y poder y que su identidad étnica y racial parece condenarlos a sufrir de manera desmedida.

En las palabras del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, “Sin importar el tipo de crisis, parece que las personas con menos siempre terminan pagando los precios más altos.”

Durante los últimos días, quienes pueden aislarse y sostener ingresos o estudios de forma remota inundan redes sociales con quejas, lamentos y reflexiones sobre las disrupciones ocasionadas por el COVID-19, en su mayoría relacionadas al ocio y la pérdida de vidas sociales activas.

Mientras tanto, millones de afroamericanos e hispanos continúan exponiéndose al virus todos los días, sin el lujo de experimentar la “pausa” que abruma a quienes cuentan con recursos y protecciones abundantes. En esta crisis, cada vez se vuelve más claro que no todos somos iguales.