Crónicas de COVID-19 desde Washington DC: Experiencia cercana

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Hace una semana, un miembro de mi familia comenzó a sentirse mal. Tras un par de días con inflamación en el estómago y dolor abdominal, sus síntomas empeoraron dramáticamente en cuestión de horas.

En la madrugada, decidimos llamar a una ambulancia a causa de esta emergencia médica. Anécdotas ajenas y reportes en las noticias sobre el exceso de pacientes en hospitales norteamericanos se encontraban en el fondo de nuestras mentes.

Imágenes de salas de emergencias saturadas, camillas en pasillos normalmente vacíos y cientos de pacientes infectados con COVID-19 ingresando a hospitales en condiciones críticas no paraban de circular en mi imaginación.

Tras hablar con la operadora de la línea de emergencia, nuestro sentido de ansiedad se exacerbó. Cuando le informamos que entre los síntomas del paciente se encontraba una fiebre alta, su línea de cuestionamiento cambió.

Me preguntó si habíamos estado expuestos a cualquier persona positiva en la prueba de COVID-19 o si habíamos viajado recientemente. Le aseguré que llevábamos más de un mes y medio en casa y que no habíamos interactuado con nadie desde el cierre de emergencia en Washington, DC.

Me preguntó si el paciente tenía síntomas como fiebre, tos o dificultad para respirar. Cuando respondí que no, recordé un artículo sobre como un porcentaje de pacientes infectados con COVID-19 que no presentaban síntomas respiratorios, sino solamente digestivos, acompañados de fiebre alta.

Comencé a sentir pánico y le pregunté a la operadora que debíamos hacer. Me aseguró que una ambulancia venía en camino y que los paramédicos determinarían los siguientes pasos.

Aproximadamente diez minutos después, una ambulancia se estacionó frente a nuestro domicilio. Los dos paramédicos — un hombre y una mujer — eran jóvenes, parecían estudiantes. La mujer se acercó a la puerta y nos preguntó si nosotros habíamos llamado a 911.

Minutos después, la paramédica estaba cubierta en equipo protector — máscara, careta, gafas de protección, guantes, delantal quirúrgico, cubierta para la cabeza y los pies.

Visiblemente asustada de entrar, nos pidió que la dirigiéramos directamente al paciente. Mientras tomaba su temperatura, su pulso y tocaba su abdomen, el miedo de la paramédica era palpable.

La aprensión del personal médico de emergencia es más que entendible. Desde Los Ángeles hasta Baltimore, pasando por condados rurales en Texas y ciudades medianas en Wisconsin, los servicios de emergencia están recibiendo un volumen creciente de llamadas al 911 relacionadas con síntomas de COVID-19.

Por otro lado, el volumen de llamadas en general ha decrecido. Muchos expertos creen que este decrecimiento se debe a las órdenes estatales de quedarse en casa y al temor de muchos de exponerse al coronavirus por ir a un hospital.

Debido a la temperatura y el pulso acelerado del paciente, los paramédicos nos dijeron que era necesario ir a un hospital.

Una vez más, imágenes mentales de hospitales repletos en donde el coronavirus se concentra de manera inevitable y pacientes con complicaciones nunca antes vistas sufren, inundaron mi mente. Una sensación de alarma sin precedente se apoderó de mi y el resto de mi familia.

Decidir si transportar o no a ciertos pacientes es uno de los desafíos a los que se enfrentan los paramédicos, los primeros profesionales médicos que interactúan con quienes están enfermos.

El personal reporta no solo tener que tomar decisiones difíciles, sino también lidiar con la escasez de equipo protector y la falta de recursos en algunas localidades.

Considerando que, debido a la pandemia, paramédicos buscan disuadir a pacientes “no emergentes” de ir al hospital para disminuir exposiciones innecesarias al coronavirus, el hecho de que consideraran que en este caso era imperativo, nos alarmó inmediatamente.

El dolor del paciente aumentaba, al igual que su fiebre, por lo cual tenían que llevarlo al hospital sin saber exactamente cual era su diagnóstico.

Ante el visible miedo de los paramédicos, quienes fueron sumamente eficientes y alentadores a pesar de que la fiebre levantó sospechas inmediatas de un potencial caso de COVID-19 con síntomas digestivos, preguntas sin respuestas abrumaron mi mente.

¿Seríamos una de las historias en las noticias? ¿Formaríamos parte de las estadísticas de familias afectadas? ¿Si uno de nosotros tenía una fiebre incontrolable, había una posibilidad de que los demás tuviéramos COVID-19? En caso de un diagnóstico distinto, ¿estábamos exponiendo a un miembro de nuestra familia a infectarse de coronavirus por ir al hospital? ¿Estábamos haciendo lo correcto?

Nuestro primer instinto fue preguntar que miembro familiar podía viajar en la ambulancia con el paciente. Tras unos segundos, nos dimos cuenta de que los nuevos protocolos médicos impuestos a causa del COVID-19 no solamente condicionan a los hospitales, sino a las ambulancias.

Los paramédicos nos explicaron que normalmente un familiar puede viajar con el paciente emergente, pero debido a la situación actual, nadie podría hacerlo. Nos sugirieron seguirlos en nuestro propio vehículo, lo cual hicimos inmediatamente.

Tras unos minutos, perdimos la ambulancia de vista debido a que avanzaba demasiado rápido. Dejamos de escuchar las sirenas y una vez más, la angustia de no saber a que hospital llevarían a nuestro familiar invadió mis sentidos.
Conseguimos la dirección del hospital al que nos dijeron que probablemente llevarían al paciente y nos dirigimos directo a la sala de emergencias.

En vez de enfrentarnos a los espacios saturados que imaginamos, el hospital parecía un pueblo fantasma. Al ingresar a la sala de emergencias, nos topamos con controles de seguridad deshabilitados, probablemente pertenecientes a una etapa previa de la pandemia.

En las paredes colgaban letreros que indicaban que aquellos visitantes que quisieran ingresar tenían que someterse a un chequeo de temperatura y un cuestionario para comprobar que no tuvieran síntomas de COVID-19.

Sin embargo, una recepcionista nos explicó que, conforme aumento el índice de casos de COVID-19 en múltiples estados, la entrada reducida de visitantes se volvió insostenible. Hoy, nadie podía entrar.

Un claro ejemplo de los riesgos de contagio fue el caso de un nuevo padre que ocultó sus posibles síntomas de coronavirus para visitar a su esposa y su hijo recién nacido en una sala de maternidad en el Hospital Strong Memorial de Rochester a finales de marzo.

No fue hasta que su esposa comenzó a mostrar síntomas poco después de dar a luz que el visitante admitió haber omitido información clave que puso en riesgo a su familia y otros en el hospital.

Cuando llegamos a la sala de emergencias, la admisión de cualquier tipo de visitantes al hospital ya no era posible. No más controles de seguridad ni visitas controladas. Hoy, los pacientes que ingresan al hospital, tanto por casos de COVID-19 como por cualquier otra emergencia médica, lo hacen solos.

Cuando preguntamos por nuestro familiar, nos informaron que había ingresado al área de urgencias y que aun no lo habían diagnosticado.

La sala de espera como la conocíamos desapareció a causa de la pandemia. Ningún familiar puede visitar a los pacientes, para mitigar el enorme riesgo de contagio. Mientras la recepcionista nos explicaba esto, un concepto que nos pareció lógico, pero emocionalmente insoportable, le preguntamos que nos recomendaba hacer.

Sin saber exactamente que le había sucedido a nuestro familiar, cual era su diagnóstico y que tan grave era su caso, necesitábamos una señal de que estaría bien o de que ya lo estaban atendiendo. Sin embargo, la recepcionista nos recomendó regresar a casa, puesto que simplemente no podríamos ver a nuestro familiar en ningún momento.

Tras darle nuestra información de contacto, nos prometió que su médico o enfermer@ llamarían en algún punto, cuando tuvieran actualizaciones sobre su estado. Regresamos a casa a las cinco de la mañana, consternados.

Sin poder dormir, esperamos a que alguien nos llamara. Una hora después, un enfermero se comunicó conmigo, diciéndome que se trataba de un cuadro de apendicitis perforada.

Me notificó que, en unas horas, someterían al paciente a una cirugía y que le habían realizado la prueba de COVID-19, puesto que en caso de que fuera positiva, el equipo quirúrgico tendría que tomar más precauciones para operar.

Parte del nuevo protocolo, me explicó, consiste en realizar la prueba a los pacientes quirúrgicos de emergencia para evitar que el personal médico se infecte en cirugía. Afortunadamente, la prueba salió negativa unas horas después.

Tras una operación exitosa y gracias a un equipo médico formidable, todo salió bien. Sin embargo, la pandemia desatada por la propagación del COVID-19 nos demostró que requerir atención médica en un momento de estrés para la mayoría de los hospitales en el país es una experiencia sin precedente en términos de estrés para el paciente, el personal médico y las familias que esperan en completa oscuridad.

De todas las formas en que la pandemia ha socavado las convenciones de la vida normal, una de las prohibiciones más difíciles es la separación de pacientes gravemente enfermos y sus seres queridos.

Nuestra experiencia confirmó que más allá de los efectos tangibles del virus, esta pandemia ha generado niveles de ansiedad colectiva increíbles, así como un miedo profundo al contagio. Es muy difícil no dejar ganar a la impotencia y la incertidumbre, particularmente cuando el peligro parece rondar de manera silenciosa y furtiva.

Evert Eriksson, director médico de trauma en la Universidad Médica de Carolina del Sur, dijo que no recibir atención media inmediata convierte casos sencillos en operaciones complejas e inciertas.

«Lo que estamos viendo son presentaciones tardías», dijo. “Diría que el 70 por ciento de los casos de apendicitis en mi servicio en este momento son presentaciones tardías. Lo que sucede cuando un paciente se presenta tarde con apendicitis, es que no podemos operarlo de manera segura.»

Este tipo de presentaciones tardías son aun más peligrosas y potencialmente mortales cuando se trata de episodios cardiacos como infartos o embolias. Sin embargo, muchos tienen miedo de solicitar atención médica cuando parece que un hospital es el último lugar donde deberíamos estar.

Muchos médicos aseguran que la pandemia ha producido una subepidemia silenciosa de personas que necesitan atención médica pero que no se atreven a ir a un hospital por miedo al contagio.

Hablan de pacientes con apéndices inflamados, vesículas infectadas, obstrucciones intestinales y, más ominosamente, dolores en el pecho y síntomas de accidente cerebrovascular.

Mi propia familia experimentó miedo, desesperación e incertidumbre al saber que un hospital representaba tanto una necesidad como un riesgo.

Algunos médicos temen que la tasa de mortalidad por problemas de salud no resueltos pueda rivalizar a muertes por COVID-19 en regiones menos afectadas. Algunos esperan olas de pacientes que han retrasado peligrosamente la búsqueda de atención médica por pavor al contagio.

«Esta enfermedad nos ha demostrado lo vulnerables que pueden ser todas las comunidades cuando tenemos un virus circulante ante el cual nadie tiene inmunidad», dijo Nancy Foster, vicepresidenta de la Asociación Hospitalaria Norteamericana. «Y esta realidad extraordinaria nos ha obligado a tomar medidas extraordinarias.»

Desde la llamada a 911 hasta la larga recuperación por la cirugía de emergencia, mi familia experimentó dosis altas de miedo e incertidumbre.

Afortunadamente nuestro caso no tuvo un final trágico, pero nos demostró que hoy, una visita al hospital es una experiencia surreal, plagada de riesgos adicionales. Ante esta extraordinaria realidad, pacientes, personal médico y familiares aprenden a adaptarse a protocolos que hace unos meses parecían imposibles.

Si bien la justificación de estos nuevos protocolos es sensata e imperativa, las secuelas para los pacientes, sus seres queridos y el personal del hospital son profundas.