Crónicas de COVID-19 desde Washington, DC: Miedo y optimismo

Muchos comparan a la letal propagación del COVID-19 con un cataclismo natural de dimensiones impensables.

Comparte/

Share on twitter
Twitter
Share on facebook
Facebook
Share on whatsapp
WhatsApp

Muchos comparan a la letal propagación del COVID-19 con un cataclismo natural de dimensiones impensables. Sin embargo, a diferencia de la destrucción imperdible generada por un tornado o huracán, la ola del novedoso coronavirus arrasa en silencio y con gran velocidad. 

A pesar de que hoy Estados Unidos registra más de 75,000 muertes por COVID-19, la destrucción se mantiene indetectable e impersonal para muchos. Algunos aún sostienen que la catástrofe sanitaria es falsa. 

El nuevo virus — altamente contagioso y letal para gente mayor de 65 años y quienes padecen de hipertensión, diabetes, enfermedades respiratorias o cualquier otra condición que comprometa su sistema inmunológico — comparte características importantes con un desastre natural. 

Impersonal e indistinto, el COVID-19 se adhiere a huéspedes humanos sin tomar en cuenta su edad, género, nacionalidad o afiliación política. Al coronavirus parece importarle poco si reconocemos o negamos su presencia.

“Creer” o no en la existencia del virus no frena su contagio. Calificar medidas preventivas como usar mascarilla, no tocarse la cara, lavarse las manos, mantener 2 metros de distancia y evitar congregaciones sin importar la ocasión como “exageradas” o “innecesarias” no protege a quienes emiten estos juicios. 

El carácter impersonal y letal del COVID-19 se ha convertido en su mayor arma. Su agenda no es ni emocional ni política, sino biológica. Como cualquier otro virus infeccioso, lo único que busca el COVID-19 es replicarse y sobrevivir dentro de los huéspedes a los que se adhiere.

El despego de su rápida y silenciosa transmisión — con un periodo de incubación de hasta 14 días y una proporción importante de portadores asintomáticos — ha convertido al COVID-19 en un catalizador de dos instintos humanos esenciales y opuestos. El miedo y el optimismo. 

Por un lado, millones de norteamericanos reportan un miedo profundo al contagio, puesto que muchos temen complicaciones médicas severas e incluso la muerte. 

Aquellos mayores de 65 o quienes padecen de enfermedades preexistentes, o quienes temen infectar a gente con estas características, reconocen los severos riesgos que acompañan al COVID-19. 

A principios de abril, el Centro de Investigación Pew realizó una encuesta sobre que les preocupaba más a los norteamericanos: que su gobierno estatal levantara las restricciones en actividades públicas demasiado rápido o lento.

Alrededor de 66% de los entrevistados dijeron que su mayor preocupación era que los gobiernos estatales relajaran restricciones demasiado rápido, ante 32% que reportó preocupación de que no suceda lo suficientemente rápido.

Sin embargo, también se encuentran quienes viven con miedo de que las restricciones que han generado una tasa de desempleo sin precedente en Estados Unidos se extiendan aún más tiempo. 

Para estas personas, el miedo hacia el COVID-19 se mezcla con aquel al despido indefinido, a la pérdida de seguro médico y a la falta de recursos suficientes para alimentarse, pagar servicios básicos y proveer para sus familias. 

A pesar de que más estadounidenses están preocupados por contraer la enfermedad (57%) que por experimentar problemas financieros severos por la interrupción causada por ella (48%), el porcentaje de quienes temen una prolongada suspensión de empleos aumenta. 

Quizás el mayor miedo viene de los gobernantes, expertos en salud y líderes empresariales, quienes sugieren políticas públicas e instauran medidas generales con la capacidad de frenar o revitalizar la tasa de infección — la cual decrece en algunos estados, mientras sube en otros. 

En su conferencia de prensa el pasado 6 de mayo, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo expresó preocupación de reabrir apresuradamente, puesto que actualmente cerca del 66% de nuevas hospitalizaciones son de personas quedándose en casa. 

Cuomo dijo que la tasa de hospitalización del estado ha seguido disminuyendo, pero lo ha hecho a un paso «dolorosamente lento.» 

Considerando que el número de infecciones por COVID-19 ascendió a una velocidad increíble en Nueva York, el gobernador expresó preocupación sobre reabrir cuando aun con medidas tan extremas como las actuales, el virus continúa rondando. 

Acciones prematuras e inconscientes resultarán en pérdidas humanas evitables, aseguró el mandatario del indiscutible epicentro del COVID-19 en Estados Unidos. 

El Dr. Anthony Fauci, experto en enfermedades infecciosas y parte del equipo de respuesta del gobierno federal, dijo a mediados de abril que Estados Unidos aún no cuenta con las pruebas críticas y los procedimientos de rastreo necesarios para comenzar a reabrir la economía de la nación.

Fauci expresó un miedo similar al de Cuomo: el precio de reabrir en vidas humanas. «Es una garantía que vez que comiences a relajar restricciones, habrá nuevas infecciones. Lo que cuenta es cómo lidias con estas infecciones inevitables», dijo Fauci en entrevista con Associated Press. 

Líderes como la alcaldesa de DC, Muriel Bowser, se mantienen firmes a mantener el cierre de emergencia hasta que disminuyan los nuevos casos de COVID-19. 

Ante el miedo de reavivar una tasa de infección aún en asenso, Bowser aseguró que los oficiales de salud del Distrito tendrán que ver un patrón consistente de disminución en nuevos casos de COVID-19 para poder entrar en la primera fase de reapertura. 

Mientras el miedo al contagio y a cierres futuros aún más severos causados por reabrir la economía prematuramente determinan el comportamiento de quienes se preocupan tanto por la salud como por la subsistencia de millones, el impulso del optimismo inunda a otros. 

Una semana después de que Georgia permitiera la reapertura de restaurantes, salones de belleza y otros negocios, más de 62,000 visitantes han llegado diariamente, la mayoría de los estados vecinos donde dichos negocios permanecieron cerrados, según un análisis de datos de ubicación de teléfonos inteligentes.

La gran mayoría (92%) provino de cuatro estados adyacentes: Alabama, Carolina del Sur, Tennessee y Florida.

Investigadores de la Universidad de Maryland dicen que estos datos proporcionan las primeras pruebas sólidas de que la reapertura de algunas economías estatales por delante de otras podría empeorar y prolongar la propagación del nuevo coronavirus.

Cualquier impulso de viajar, dicen los expertos en salud pública, aumenta el número de personas que entran en contacto entre sí y aumenta el riesgo de transmisión.

“Es exactamente el tipo de efecto que nos preocupa», dijo Meagan Fitzpatrick, profesora asistente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland. 

Este nuevo optimismo ha encontrado avenidas tanto irresponsables como violentas cuando encuentra resistencia. 

A finales de abril, fotos de playas abarrotadas en el sur de California fueron noticia, lo que provocó un cierre de todas las playas de Orange County hasta nuevo aviso. 

El 2 de mayo, multitudes de personas se reunieron en el National Mall en DC para ver el desfile aéreo en honor a los trabajadores del sector salud y socorristas. Fotos y videos mostraron a cientos de personas reunidas en áreas comunes, sin mascarilla e ignorando normas de distanciamiento físico.  

En Michigan, tres familiares fueron procesados esta semana por el asesinato de un guardia de seguridad de una tienda, tras prohibirles la entrada por no traer una mascarilla, actualmente ordenada por el estado. 

El 7 de mayo una mujer fue arrestada por dispararle a un trabajador de McDonald’s en Oklahoma y herir a otros dos después de que le dijeron que el área del comedor no estaba abierta a causa de la pandemia. 

Cuando el optimismo de quienes creen que “ya pasó lo peor” es frenado por quienes temen un aumento incontrolable e indetectable de casos, estos dos impulsos se enfrentan dramáticamente. 

A pesar de que las precauciones sugeridas hasta el cansancio — desde mascarillas hasta evitar actividades de contacto que parecen inofensivas — han probado su eficacia para desacelerar el contagio de un virus que se mantiene activo y para el cual aun no hay cura, la voluntad de regresar a una normalidad inexistente parece ganarle cada vez más a la racionalidad.

Fuera del argumento económico, algunos reanudan actividades como reunirse con gente fuera de su hogar, establecer contacto cercano con desconocidos e inundar espacios públicos—en nombre del aburrimiento, del hartazgo y de la necesidad de vivir sin miedo y con optimismo. 

Mientras esta retórica toma fuerza entre quienes no están dispuestos a sacrificarse un minuto más, la propagación del COVID-19 no se ha controlado bajo ninguna métrica real y no existen tratamientos consistentes para las complicaciones médicas que emergen y pasman a médicos con décadas de experiencia.

El optimismo ciego se ha vuelto el antídoto de muchos contra el cansado miedo. Sensaciones de seguridad falsa generan conductas cada vez más permisivas e irresponsables. 

La reanudación de actividades no esenciales de manera segura requiere de una conciencia cívica con la que muchos parecen no contar. Además, el discurso de que “ya no pasa nada” parece ganar cada vez mas adherentes, aun cuando la realidad continúa siendo dramática. 

A pesar de la validez de los argumentos sobre la necesidad económica de reabrir, quienes se congregan en playas, parques, caminos, restaurantes y tiendas deforman esta realidad, poniendo a muchos en peligro sin razón. 

La irresponsabilidad en actividades de ocio y un deseo ciego de reanudar la vida sin ningún cambio o sacrificio le fallan a una realidad alterada, en la que no podemos actuar exactamente como queremos o como estamos acostumbrados.  

Muchos le apuestan al poder del pensamiento “positivo” y su capacidad de transformar las leyes impersonales e inamovibles del contagio. Desear que todo vuelva a la normalidad simplemente no da el ancho como ruta hacia una realidad sin COVID-19 — sin importar lo hartos, lo cansados y lo asustados que estemos. 

Algunos argumentan que no se puede vivir con tanto miedo. Otros aseguran que el miedo es un reflejo que nos mantiene vivos en situaciones de emergencia. 

La situación actual en Estados Unidos nos demuestra lo difícil que es encontrar un balance entre el miedo paralizante y el optimismo ciego.