Crónicas de COVID-19 desde Washington, DC: Volando a ciegas

Mientras Estados Unidos sobrepasa un millón de casos de COVID-19, el deseo de regresar a una normalidad elusiva toma cada vez más fuerza.

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Mientras Estados Unidos sobrepasa un millón de casos de COVID-19 — casi un tercio de los infectados en el mundo — y 57,000 muertes desde febrero, el deseo de regresar a una normalidad elusiva toma cada vez más fuerza.

El hito sombrío se produce después de que siete modelos de coronavirus anticiparan un aumento de casos completamente dependiente de que tanta «reducción de contacto» practiquen los estadounidenses, de acuerdo con el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades. 

Estas proyecciones también determinaron que el número de muertes podría aumentar en las próximas semanas si los niveles de contacto no se mantienen bajos. 

A pesar del peligro incesante producido por el nuevo virus que afecta a cientos de países alrededor del mundo, los bloqueos de actividades asfixian a economías al borde del colapso. 

El sustento paralizado de millones amenaza con quebrar a una economía altamente dependiente del contacto, el cual necesitamos evitar para combatir la propagación del COVID-19. Esta contradicción ejemplifica las encrucijadas imposibles a las que nos enfrentamos hoy. 

La salud y la subsistencia se convierten en enemigos inimaginables, mientras millones improvisamos ante un enemigo que ataca todos los frentes simultáneamente. 

Listo o no, Estados Unidos se prepara para reabrir en medio de una incertidumbre abrumadora, puesto que el no hacerlo resulta cada vez más insostenible para muchos. 

El proceso que comenzó en los últimos días con salones de belleza reabiertos y playas arenosas sin barreras en varios estados norteamericanos promete acelerarse durante las próximas semanas.  

Después de suspender gran parte de la vida estadounidense en marzo y mantener a la gente en casa durante todo abril, gobernadores de algunos estados se preparan para levantar restricciones sin ninguna garantía de como será el futuro.

Estas reaperturas comienzan en un momento en que las normas de permanencia en el hogar aún gozan de amplio apoyo, a pesar de las consecuencias económicas agudas.

Las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses se preocupan más por moverse demasiado rápido para volver a la normalidad que demasiado lento.

Si bien una parte cada vez mayor del público dice que lo peor del brote ya pasó, 80% de los estadounidenses dice que las medidas estrictas valen la pena para limitar la propagación del coronavirus. 

Menos del 19% cree que los bloqueos están imponiendo cargas innecesarias a la economía y están causando más daños que beneficios.  

La reapertura no será universal y se divide en gran medida en líneas partidarias, con gobernadores republicanos moviéndose para reabrir más rápido que sus contrapartes demócratas. 

Oklahoma fue uno de los primeros estados en relajar medidas. La semana pasada, el gobernador republicano Kevin Stitt anunció que salones de belleza, barberías y peluquerías de mascotas podrían reabrir. 

En Tennessee, los clientes pueden sentarse a comer en restaurantes a partir del lunes 27 de abril. En Missouri, esta semana será la última antes de que el estado permita la reapertura de «casi todos los negocios». 

En Idaho, las iglesias y otros lugares de culto podrían estar abriendo sus puertas este fin de semana. En Georgia, salones, peluquerías, estudios de tatuajes, gimnasios, boleras, salas de masajes y cines recibieron luz verde para reabrir. 

El gobernador republicano de Texas Greg Abbott dijo el lunes 27 de abril que una vez que la orden de permanencia en el hogar expire el 1 de mayo, permitirá que las empresas comiencen a reabrir por fases.

Primero reabrirán tiendas, restaurantes, cines y centros comerciales. Sin embargo, solo se les permitirá operar al 25% de su capacidad. Museos y bibliotecas también podrán reabrir al 25% de su capacidad. 

A medida que varios estados, incluidos Carolina del Sur, Mississippi y Florida, se apresuran a reabrir negocios, la relajación repentina de restricciones proporcionará nuevos blancos para el coronavirus que ha mantenido a Estados Unidos cerrado en gran medida, de acuerdo con expertos del sector salud, modelos matemáticos y las reglas básicas que gobiernan a las enfermedades infecciosas.

En estados con liderazgo demócrata como Nueva York, donde el virus ha cobrado el mayor número de víctimas, aún no se relajan las restricciones. El gobernador Andrew Cuomo insiste en lo imprudente y catastrófico que sería reabrir sin la capacidad de monitorear al virus mediante pruebas y rastreo de contactos a gran escala. 

 «No revertir el progreso que hemos logrado en nuestro afán por reabrir es nuestro desafío en el futuro,» dijo Cuomo la semana pasada. 

Incluso en estados republicanos donde las restricciones se están relajando, los gobernadores han enfatizado la necesidad de proceder con cautela para evitar que se desate una segunda ola. 

«No podemos simplemente reabrir todo otra vez y revertir el buen trabajo que hemos hecho colectivamente durante el mes pasado para frenar la propagación del coronavirus», dijo el gobernador republicano de Idaho Brad Little tras anunciar los planes de su estado.

Sin embargo, incluso los pasos más tentativos han puesto nerviosos a expertos de salud pública, alcaldes de grandes ciudades y otros que temen las consecuencias desastrosas de reabrir demasiado rápido ante un virus difícil de monitorear. 

«No tenemos los recursos para realizar el nivel de pruebas y rastreo de contactos que necesitamos para asegurarnos de que estamos monitoreando esto de manera efectiva», dijo Jeffrey Shaman, epidemiólogo de la Universidad de Columbia. «Estamos volando a ciegas.»

A pesar de que los expertos en salud coinciden en que reabrir demasiado rápido resultará en olas de infección y muerte, las restricciones se han visto cada vez más atacadas, con grupos empresariales presionando contra ellas, manifestantes que exigen su fin y gobernadores haciendo pública su impaciencia. 

“Los estados que están reabriendo rápidamente están en la posición poco envidiable de ser ‘experimentos naturales’ para el resto del país,” aseguró Shaman en entrevista con el Washington Post.

Muchos de los estados que han relajado restricciones aseguran haber superado el pico de contagio a medida que disminuyen los nuevos números de casos. 

A pesar de estas promesas, Shaman señaló que estos descensos se produjeron solo debido a las reglas generales de distanciamiento social y que a medida que las reglas se relajen, el control de la transmisión se volverá más difícil. 

Cuánto más difícil aún queda por ver. Sin embargo, Shaman advirtió que un enfoque basado en prueba y error “es menos que ideal».

No hay respuestas fáciles ni soluciones infalibles ante una crisis sin precedente, con consecuencias que se sobreponen e intersectan de formas crueles. 

Ante el COVID-19, existe más de un grupo vulnerable. Además de quienes se encuentran en mayor riesgo de perder su salud e incluso la vida a causa de factores como edad o condiciones preexistentes, están quienes no pueden mantener ingresos y pierden la habilidad de sustentar a sus familias, pagar la educación de sus hijos y obtener servicios básicos. 

Al igual que las decisiones de cerrar, los planes de reapertura se determinarán por estado o región. Mientras estas iniciativas prometen un muy necesitado respiro para algunos, despiertan temores de un resurgimiento silencioso en casos de COVID-19. 

Sin duda, reanudar la economía es imperativo. Sin embargo, hacerlo mientras un virus altamente contagioso se mantiene activo presenta peligros inéditos y potencialmente catastróficos. Mientras cada estado experimenta, cientos de miles de vidas están en juego. 

Las primeras reaperturas serán confusas, caóticas y riesgosas, especialmente para los estados reactivando sus economías sin contar con un declive real de casos y la infraestructura necesaria para monitorear la trayectoria de infección. 

Los expertos en salud y líderes que se oponen a reabrir de manera prematura insisten en la necesidad de pruebas y rastreo de contactos a una escala aún inexistente. 

Regresar a una normalidad actualmente inalcanzable no es un tema de voluntad para los gobernadores de estados como California, Nueva York, Washington y Massachusetts, quienes mantienen restricciones mucho más estrictas que los estados del sudeste norteamericano. 

«Como país, no estamos preparados no solo desde el punto de vista logístico sino mental para esta próxima fase», dijo Michael T. Osterholm, experto en enfermedades infecciosas de la Universidad de Minnesota. 

Le preocupa que la mayoría de los estadounidenses no comprendan los largos y duros meses adelante y la probabilidad de repetidas oleadas del virus.

“Por un tiempo, a la gente se le dijo que todo lo que necesitábamos era superar el pico. Luego, comenzaron a escuchar que todo lo que necesitamos es hacer pruebas. Hoy, muchos insisten que la normalidad es una cuestión de semanas,” dijo Osterholm. 

“La forma en que preparas a las personas para una carrera y un maratón son diferentes. Como país, no estamos preparados para el maratón que nos espera.”

Reanudar prematuramente una economía basada en interacciones que pueden propagar el COVID-19 de manera silenciosa y exponencial nos recuerda que, ante un virus nuevo para el cual no tenemos inmunidad, la enmarañada y acelerada búsqueda de la “normalidad” puede ser catastrófica.