De cómo nos comemos desde dentro a Latinoamérica

Desde la paradoja que alude a nuestra pobreza y subdesarrollo a pesar de la biodiversidad y riqueza de nuestros recursos naturales.

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Todos alguna vez hemos escuchado la paradoja que alude a nuestra pobreza y subdesarrollo a pesar de la biodiversidad y riqueza de nuestros recursos naturales. La respuesta a esta realidad es variada; cuando no se trata de nuestra cultura conformista, se delega la culpa a los gobernantes y cuando no, se basa en una conspiración abusiva de los poderes colonizadores, a los que valdría la pena ahora referirnos como de primer mundo porque la etiqueta se la han retirado desde siglos atrás.

Una respuesta menos obvia, y sinceramente menos complaciente, es que no hemos sabido utilizar lo que nos ha sido proporcionado por la naturaleza. De hecho, nos empeñamos no solamente en destrozarla, sino también dejamos que la destrocen por nosotros cuando la tarea ya es demasiado pesada para nosotros. En ese caso, no es racional hablar del abuso extranjero más que del hecho de que la mayoría de las ocasiones somos nosotros los que la regalamos, en forma de incentivos, mano de obra barata y detalles ocasionales

Ahora bien, existen otros tipos de agotamiento de nuestro continente, haciendo hincapié en la palabra “nuestro”, lo que automáticamente excluye a Norteamérica. En fin, el acabose de nuestro continente no solo es medioambiental, también es educativo, social, político y económico. En Latinoamérica la educación es un privilegio. Los jóvenes viven en una competencia constante por una butaca que los mismos panfletos gubernamentales exponen cuántos otros se pelean por ocupar. Los jóvenes del campo buscan desesperadamente salir, porque saben que el campo, del que tanto dependemos en la integración de nuestro PIB, no tiene valor, un lugar donde el progreso se paró, y en el que la atención está limitada a los sindicatos y los limitados apoyos gubernamentales. No hay una revalorización de los espacios rurales, y como consecuencia, tampoco hay esperanza para las nuevas generaciones, cuya decisión no recae en si quedarse o no, sino en qué tan lejos quieren partir.

Por otro lado, el desgaste político tanto de los ciudadanos como de las instituciones carcome con la misma intensidad a nuestros países. Y es que si hay un lugar donde se han probado todos los tipos de gobierno es Latinoamérica. Dictadura, democracia, demagogia, populismos de extrema y de derecha, y hasta nuestra propia versión de socialismo. En todos los casos, los experimentos han fallado en sus propósitos básicos, eliminar la desigualdad y la pobreza. Y es que los latinos vivimos bajo la amenaza constante de la victimización. Es más, se podría aseverar con facilidad que el puñado de locos que se enfrentan a este discurso pertenecen o a una élite sin conocimiento de la realidad general y los gobernantes que buscan enfatizar esa idea fabricada de mortificación. Para “nosotros” siempre hay un enemigo, cuando no los yankees, los ricos, y cuando no, los grupos subversivos.  Este discurso se alimenta de nuestra sangre caliente, de la voluntad inequívoca para enfocar nuestros esfuerzos en algo que no sea lo que se supone que debemos hacer.

Y después está la crisis social, la peculiaridad de la diversidad que nos caracteriza y que no esta limitada a la flora y la fauna. No, la diversidad social es por mucho la más intimidante y la más inconveniente por contener seres pensantes, con su propio proyecto de nación y su propia visión del mundo. En realidad, la historia de la diversidad latinoamericana es tan antigua como la de la necesidad de callarla. El mejor ejemplo son las comunidades indígenas, uno de los grupos más aferrados a su supervivencia. Durante años los países latinoamericanos, obsesionados con la idea de parecerse a los países industrializados, no podían permitir manchar sus esfuerzos con sangre adornada de retraso. No era un lujo que se pudieran permitir, y no uno era un sacrificio que le importara de manera sustancial al resto de la población, no obstante, su conexión generacional con la misma. A nosotros nos encanta la palabra mestizo por su implicación con los extranjeros, no por el orgullo de sentirnos indígenas. Sin embargo, qué somos sino indígenas adornados de prendas occidentales. Con qué facilidad hemos acondicionado sus costumbres a las nuestras, la mayor de las propiedades de los pueblos indígenas. Nuestros niños celebran Halloween y Día de Muertos sin mayor preocupación, y no tienen conflicto en interesarse por Santa Clos y el niño Dios, al fin de cuentas, algo se podrá sacar de ambos.

La economía latinoamericana también refleja este pensamiento. Como era nuestra costumbre, adoptamos el sistema neoliberal sin la menor preocupación, como el estudiante que copia el examen de su compañero sin poner en tela de juicio si sus respuestas estarán correctas o no. Nosotros somos los países de la piratería, lo que no solamente ha resultado en una tropicalización fallida sino también en un profundo robo de la creatividad y capacidad de propuesta de nuestras instituciones y, por consiguiente, de la voluntad de la población para creer en ellas. Nadie tiene la intención de proponer nuevas estrategias diseñadas para la población, sino a realizar un híbrido entre las del exterior para cubrir en la medida de los posibles las fallas ocasionadas por la repetición incesante de esta acción.

En ese sentido, Latinoamérica no va al primer mundo, sino a la condena perpetua del desarrollo. Mientras la pregunta siga flotando en relación a la búsqueda de los culpables de nuestro destino y no en la búsqueda de nuevas soluciones por y para los ciudadanos latinos no tendremos otra que atestiguar nuestra decadencia. Somos un pueblo que está acostumbrado a sobrevivir, y que piensa que todo por sobre eso es vanidad. La grandeza de nuestro continente no ha florecido desde los tiempos de los pueblos que ahora tanto nos preocupamos en apaciguar. Quizá deberíamos aprender de ellos, porque puede que ellos tengan más que enseñarnos que el respeto a la naturaleza y la capacidad para resistir a la ignorancia de los gobernantes.