El arte de defenderse.

ventualmente desarrollen sus habilidades y de paso mejoren su autoestima. Algo similar sucede con nuestro nuevo mejor amigo Casey Davies —estupendo Jesse Eisenberg— un tímido treintañero workaholic, que se gana la vida como contador en una oficina de tantas. Después de sufrir una golpiza por una horda de motociclistas,

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El motivo por el cual muchas madres llevan a sus hijos al karate —además de matar el tiempo— es para que aprendan a defenderse, eventualmente desarrollen sus habilidades y de paso mejoren su autoestima. Algo similar sucede con nuestro nuevo mejor amigo Casey Davies —estupendo Jesse Eisenberg— un tímido treintañero workaholic, que se gana la vida como contador en una oficina de tantas. Después de sufrir una golpiza por una horda de motociclistas, Casey se decide a tomar clases de karate en un dojo local, donde un carismático maestro —acertado Alessandro Nivola— le enseñará mucho más que defensa personal. Sin amigos, una nula vida social y acompañado de su perro salchicha, ocupa su tiempo libre aprendiendo francés añorando el día que pueda visitar el país galo.

 

A simple vista, la historia de «El arte de defenderse» escrita y dirigida por Riley Stearns parece simplona, sin embargo, esta comedia con una pizca de suspenso y crimen, termina por convertirse en un emocionante thriller, que bien vale la pena desmenuzar.

 

En un mundo de hombres y armas, donde reina la testosterona, la delicada figura de nuestro protagonista parece no encajar por razones obvias. Conforme avanzan los minutos y el espectador es testigo del secreto que resguardan las paredes del recinto, el chico acosado pronto se convertirá en el acosador, al adentrarse en una especie de secta, un mundo siniestro de fraternidad y violencia que le devuelve la confianza. Diametralmente opuestos, Casey representa al hombre promedio, ese pequeño sector explotado, agachado y luchón; mientras que su nuevo mentor, autonombrado sensei, es misógino, iracundo y machista. Con esos dos arquetipos bien definidos, Stearns ejecuta con destreza un ejercicio de confrontación masculina, como si la hombría en su definición más burda se tratara de un trofeo a ganar.

 

Mención especial merece Anna —acertada Imogen Poots— que aviva el fuego de la sátira y del escarnio hacia el género femenino, aunque las vejaciones recaen, todas, en nuestro empático protagonista. El universo que propone Stearns en «El arte de defenderse» es luminoso y sombrío, con refrescantes actuaciones y líneas ácidas precisas. Al final, decir que a Casey le hace falta un poco de malicia, predispondrá a más de uno para adoptar conductas insensibles y mostrarse alerta en todo momento y circunstancia, pero esperen, ¿quién es el maestro? y ¿quién es el esclavo?

Wilmer Ogaz.

Twitter: @WilmerOgaz

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