El privilegio del tedio: Crónicas de COVID-19 desde Washington, D.C.

Tomarse a la ligera las leyes del contagio desde posiciones de privilegio no solamente es contraproducente, es irresponsable y egoísta.

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El 21 de marzo mi universidad envió un correo dirigido a todos los estudiantes. Tras la cancelación de clases presenciales por el resto del semestre, cientos de alumnos que aún no lograban regresar a sus hogares continuaban organizando reuniones sociales.

Tras recibir reportes sobre grupos de estudiantes ignorando las pautas de distanciamiento social, la universidad instauró nuevas sanciones disciplinarias para quienes rompieran los mandatos estatales y federales que prohíben congregaciones de más de 10 personas, actividades grupales recreativas y contacto directo entre personas.

Después de recibir el correo, varios estudiantes expresaron su descontento de manera informal. Las principales quejas se centraban en lo “exageradas” que estas medidas eran, especialmente considerando que aquellos que se reunían tomaban precauciones y estaban “sanos.”

Días después, una ola de casos de COVID-19 se extendió por el área de Washington, D.C. incluyendo a varios estudiantes contagiados que se dispersaron por Estados Unidos tras empacar sus dormitorios y regresar a sus residencias originales.

Muchos de los jóvenes que asistieron a reuniones, viajaron y mantuvieron contacto directo eventualmente se contagiaron de coronavirus sin darse cuenta, puesto que sus casos tendieron a ser asintomáticos o presentaban síntomas ligeros.

No fue hasta que algún familiar mayor o con condiciones preexistentes comenzó a exhibir tos, fiebre y dificultad para respirar que muchos se dieron cuenta que habían traído el virus a casa y que la ligereza de sus síntomas no era la norma para quienes contagiaron.

Esta dinámica se replicó en distintas comunidades a través de Estados Unidos. Grupos de personas optaron por continuar con ciertas actividades y promover ciertos comportamientos, puesto que a pesar de que la amenaza del COVID-19 se anunciaba de manera cada vez más ruidosa, en su momento, las consecuencias no les parecían reales o posibles.

Actos irresponsables consecutivos dispararon el número de contagios evitables de manera exponencial. Todo en el nombre de la aburrición de quedarse adentro, de la tristeza de cancelar planes, del tedio que implica el abandonar la “vida normal” para “esperar a que se resuelva” la pandemia global que hoy afecta a 203 países alrededor del mundo.

El 10 de marzo un coro de 60 personas se reunió para practicar en Mount Vernon, Washington. A pesar de que se ofreció desinfectante para manos en la entrada y los cantantes aseguraron haber mantenido suficiente distancia, hoy 45 de los participantes se encuentran infectados y dos han muerto.

Sin ninguna atención a las advertencias sobre viajes no esenciales, a mediados de marzo, un grupo de 70 estudiantes de la Universidad de Texas en Austin viajó en un avión alquilado a Cabo San Lucas. Desde su regreso, 28 estudiantes han dado positivo a la prueba de COVID-19, mientras que docenas más continúan bajo observación.
La temporada del carnaval abarcó el mes de febrero en Nueva Orleans, culminando con más de un millón de celebrantes bailando, cantando y llenando las calles del Barrio Francés en la gran fiesta al aire libre de Mardi Gras el 25 de febrero. Trece días después, el estado detectó su primer caso de COVID-19. Las últimas cifras de Luisiana indicaban cerca de 6500 casos y 273 muertes.

El 29 de marzo un hombre fue arrestado en Maryland por organizar una fogata a la que asistieron cerca de 60 personas, mientras que grupos de más de 10 personas aún se dispersaban por Virginia y Washington, D.C. El recuento actual de casos en el Distrito, Maryland y Virginia excede 4000, con 82 muertes reportadas y una cumbre de infecciones que promete llegar en las siguientes semanas.

Cada día, más médicos, enfermeras y personal de hospital se quedan sin equipo protector; menos ventiladores se encuentran disponibles para un flujo de pacientes que amenaza con colapsar el sistema hospitalario norteamericano; más policías, bomberos, paramédicos, trabajadores, productores, conductores, repartidores y otros en las líneas de fuego se infectan con COVID-19; cientos de miles de estadounidenses que dependen de salarios por hora pierden ingresos y su capacidad de pagar rentas, servicios y necesidades básicas se disuelve de manera inmediata; cientos de infectados en grupos vulnerables mueren por complicaciones médicas, tensiones de recursos y falta de acceso a hospitales.

A pesar de la magnitud de estos retos y la notabilidad de muchos norteamericanos que arriesgan su salud y potencialmente su vida todos los días para tratar infectados, proporcionar servicios básicos y suministrar las necesidades de quienes tenemos el privilegio de aislarnos, narrativas sobre el “insostenible tedio” que representan para muchos las órdenes ejecutivas de permanecer en casa inundan conversaciones, redes sociales y foros de opinión.

Las inconveniencias y disrupciones a rutinas diarias de trabajo, estudio, ejercicio, alimentación e interacciones con amigos y familias se posicionan como supremas y únicas por muchos, con un número preocupante de gente negada a dejar de salir, interactuar y exponerse a sí mismo y a otros a los aún impredecibles efectos del COVID-19 porque “el distanciamiento social es demasiado aburrido.”

Quiénes podemos resguardarnos en un hogar permanente, rodeados de familia u otros seres queridos, con suficiente comida y con la capacidad de mantener ingresos trabajando o estudiando remotamente, contamos con privilegios que deben ser correspondidos con un sentido de responsabilidad mayor.

Millones de norteamericanos no cuentan con la opción de quedarse en casa y “aburrirse” puesto que diario salen a tratar enfermos, abastecer productos, garantizar servicios y combatir los retos logísticos de una pandemia que ha transformado la vida en más de una dimensión.

Nos corresponde ejercer el privilegio del aislamiento con responsabilidad extraordinaria. En el espacio entre aislamiento total y “salir poco” o solo reunirse con “gente sana” en un contexto en el cual resulta casi imposible saber quien puede estar infectado y quien no, se encuentra la infección prevenible.

Las medidas parciales de quienes pueden mantener económicamente un distanciamiento social riguroso son inaceptables y muestran una incomprensión de la profundidad de la crisis sanitaria actual.

Especialmente entre jóvenes que no se encuentran en las poblaciones de mayor riesgo a complicaciones respiratorias al contraer COVID-19, el impacto del virus parece medirse de manera particularmente miope, frívola e insensata.

No es el momento para contemplar lo “injusto” que es el no poder llevar a cabo la vida de manera “normal” y justificar comportamientos irresponsables con argumentos sobre lo “leves” que serán tus síntomas si no eres un adulto mayor o no tienes precondiciones existentes.

Es el momento de comprender que las disrupciones a la vida social, a la diversión con amigos y a un sentido de normalidad son la punta del iceberg si se toma en cuenta la escala de muerte y la magnitud de la depresión económica que se avecina con una fuerza sin precedente.

Es el momento de ser extraordinariamente empáticos, proactivos y disciplinados, particularmente si te encuentras en el sector que cuenta con el privilegio de que el “tedio” sea la mayor consecuencia de una pandemia global que arrasa con vidas y medios de subsistencia de manera brutal.

Estados Unidos y el resto del mundo se enfrentan a un enemigo cuyo éxito se basa en el rezago entre la prevención y las consecuencias irreversibles. En promedio, el periodo de incubación del COVID-19 es de 2 a 14 días, una ventana de tiempo que refuerza ideas erróneas sobre la probabilidad de contagio.

La brecha entre la contracción del virus y el desarrollo de síntomas, así como las variaciones en la intensidad y tipos de síntomas en una misma población convierten esfuerzos parciales y garantías individuales que comienzan con la frase: “No estoy enferm@ porque no me siento mal” en espejismos peligrosos.

Otros especulan sobre la “inmunidad de rebaño” en la pandemia de COVID-19, alimentando ideas falsas sobre un contagio colectivo masivo como la cura escondida. Bajo la teoría de la inmunidad colectiva, si suficientes personas de una población adquieren inmunidad traes contraer el virus, se detendrá eficazmente su propagación.

Sin ninguna evidencia sobre la imposibilidad de reinfección tras contraer coronavirus una vez, y sin una vacuna que garantice inmunidad real, las especulaciones sobre los “beneficios” de que toda la gente se infecte al mismo tiempo resultan ilusorias.

El domingo 29 de marzo, el presidente Trump extendió las pautas federales de distanciamiento social hasta el 30 de abril, con ecos del Cirujano General Jerome Adams de que estas medidas posiblemente serán necesarias por aún más tiempo para frenar la curva de infección exponencial actual.

«Quiero que cada estadounidense esté preparado para los días difíciles que vienen», dijo el presidente Trump en su conferencia de prensa el 31 de marzo. «Serán tres semanas que no hemos visto antes».

El Dr. Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, y la Dra. Deborah Birx, quien coordina la respuesta al coronavirus, presentaron una sombría proyección de hasta 240,000 muertos por COVID-19 en Estados Unidos.

Esta sombría proyección de la Casa Blanca se enaltece como una lección innegable para aquellos que insisten en que la propagación del COVID-19 es relativa y puede detenerse una vez que las circunstancias sean “realmente preocupantes.” Como dijo la Dra. Birx, “Una vez que el contagio puede verse, suele ser demasiado tarde.”

Tomarse a la ligera las leyes del contagio desde posiciones de privilegio no solamente es contraproducente, es irresponsable y egoísta.

Twitter: @daniguerreroo