Ema: La libertad del fuego.

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Después de «Jackie» y «Neruda», el chileno Pablo Larraín dirige a una compatriota suya y a un mexicano en un cóctel pop bautizado bajo el nombre de «Ema» para entender a las nuevas generaciones y su inagotable letanía conceptual. 

¿De qué va? Es la historia de Ema —efusiva Mariana Di Girolamo— una bailarina de reggaeton, titular de la compañía de danza contemporánea que dirige Gastón —Gael García Bernal— su coreógrafo y también pareja. Después de adoptar a un niño colombiano, se verán en la penosa necesidad de devolverlo, al ocurrir un escabroso incidente donde el niño casi mata a su nueva tía. Juntos se dispondrán a montar el número de sus vidas, arrastrando la incapacidad, resentimientos y oscuros secretos por llevar las riendas de un hogar que se desmorona lentamente. Aunque la pauta en esta puesta musical la marca ella. 

Las calles del puerto de Valparaíso, son el escenario perfecto para el videoclip urbano que Larraín propone para dar paso a la tragicomedia de Ema y Gastón. Si en «Marriage Story» conocimos a dos miembros de la supuesta clase privilegiada, con argumentos finos y sumamente elaborados, aquí descendemos un par de peldaños para encontrar que no existe mucha discrepancia entre clases, pero si mucha imaginación a la hora de cobrar venganza. 

Con el baile como expresión de libertad, aderezado con reggaeton, la ruptura del mundo moderno en subestructuras menos imponentes de seguridad, menos complejas y más prácticas, resulta estremecedora. Lo es porque está sucediendo a pasos agigantados. La resistencia de los ultraconservadores se evidencia en etiquetar rápidamente las exigencias sociales a las cuales estuvieron acostumbrados durante muchos años. Basta poner de fondo en la historia al ritmo de moda entre las masas, para comprobar lo frágil que resultan los cimientos de belleza, libertad, amor y verdad. 

Si algo hay que aplaudirle al reggaeton es su proceso colaborativo, que une a dos o más personas para crear hits que se quedan grabados en el inconsciente colectivo y su tarareo se vuelva interminable. Un modelo muy reparador para tiempos de pandemias y desaceleración de los modelos económicos tradicionales. Un riesgo del que Larraín sale airoso y obtiene ventaja en su codiciado club de admiradores. 

Ni Almodóvar hubiera podido maquinar semejante historia. Su desenlace exime por completo de culpa a la autora intelectual en un juego donde todos tienen su parte de culpa. Resultaría bastante obvio decir que «Ema» es fuego cuando en realidad significa fuerza. En femenino. En plural. Sin aceptar nada de segunda mano. 

FB. Wilmer Ogaz

TW. @wilmerogaz