La vergonzosa realidad

Hace unos días, conversé con un ferviente seguidor del presidente D. Trump. Me aseguró que Trump no odiaba a los mexicanos, sino que defendía al país de “ilegales” que usurpan empleos y se aprovechan del sistema. Me compartió su molestia por la “hipersensibilidad” ante el “orden, la seguridad y la legalidad.”

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Daniela Guerrero

En su biografía sobre Robert Ailes, antiguo director ejecutivo de Fox News, el autor Gabriel Sherman rescata una de las frases más famosas de Ailes: “la verdad es lo que la gente quiere creer.”

Hace unos días, conversé con un ferviente seguidor del presidente D. Trump. Me aseguró que Trump no odiaba a los mexicanos, sino que defendía al país de “ilegales” que usurpan empleos y se aprovechan del sistema. Me compartió su molestia por la “hipersensibilidad” ante el “orden, la seguridad y la legalidad.”

Las defensas del joven me recordaron al propio Ailes, quien denunciaba la censura que sufría el conservadurismo, deslindando a la ultraderecha del racismo y la supremacía blanca.

Sin embargo, figuras como Ailes y Trump legitimaron discursos sobre el mexicano como “otro.” Para Patrick Crusius, el joven de 21 años que condujo 10 horas para “matar tantos mexicanos como le fuera posible” en El Paso, el no ser “nativo,” uno de los términos más elusivos en una nación construida por migrantes, ameritaba la muerte.

La diatriba publicada por Crusius antes de asesinar a 22 personas en un Wal-Mart el sábado 3 de agosto, compartía elementos con el discurso del partidario que conocí. Ambos enfatizaban la seguridad y sustentabilidad de un país plagado por “ilegales,” cuyo propósito es usurpar a una mayoría de “americanos reales.” Aunque encontré diferencias cruciales en la sanción de la violencia, su pertenencia al mismo espectro me resultó irrebatible.

“Con una sola voz, nuestra nación debe condenar el racismo, el fanatismo, y la supremacía blanca,” declaró Trump ayer, inéditamente deslindando su discurso de subculturas extremistas. Por su parte, El New York Times presentó el titular, “Trump insta a la unidad contra el racismo,” el cual fue modificado después de quejas sobre sesgo a favor de Trump.

Sin embargo, tanto Trump como los editores del NYT parecen haber buscado conciliar, frenar. ¿Por qué? Quizás fue la alarmante popularidad del terrorismo doméstico para resolver tensiones raciales. Quizás el pánico histórico de tradiciones nativistas como el Ku Klux Klan y la Hermandad Aria de Texas. Quizás el tiroteo le recordó a una población vulnerable ante las armas de fuego, que la peligrosa materialización del discurso de odio en violencia efectiva masiva, es arbitrariamente determinada por volubles “vigilantes” radicalizados.

La tragedia de El Paso no ocurrió en un vacío contextual — el fanatismo antihispánico es una amenaza real. El tiroteo se presentó como acto terrorista, extraído de retóricas sobre migración, seguridad fronteriza e identidad nacional, cada vez más prominentes a causa de su renovada legitimación.

Si Ailes tenía razón y la verdad es lo que la gente quiere creer, EEUU enfrenta un momento crítico en su historia. No a causa del discurso racista, nativista y bélico de Trump hacia los mexicanos como el “otro” no-blanco, no-americano, sino a causa de los millones de norteamericanos listos para creerle.