Las antiguas grandes civilizaciones: ¿orgullo y/o marginación?

Cuando se habla del pasado prehispánico se le recuerda con orgullo, pero las comunidades que mantienen estas tradiciones vivien una realidad de marginación.

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Al hablar sobre México, la mayoría de nosotros acostumbramos a hacer alusión a nuestro pasado prehistórico, el cual fue glorioso, rico en cultura y auténtico, ¿y por qué no habríamos de hacerlo? Si la mayoría de nuestras costumbres todavía presentes hoy en día se derivan de nuestros ancestros mesoamericanos, y no solamente las costumbres, sino también nuestra gastronomía, la música, la vestimenta, las celebraciones… hasta varias de las lenguas indígenas aún existen: el náhuatl, el maya, el purépecha, el tarahumara, el zapoteco, entre otros; estas características forman parte de la historia de nuestro país, y por ende, de nuestra identidad; por lo tanto, ¿por qué no habríamos de estar orgullosos?

Si hablamos de América Latina, antes de que los españoles llegaran a nuestro continente, podemos encontrar dentro de este pasaje histórico a un gran número de civilizaciones que progresaban a su propio ritmo. No obstante, hubo dos que se destacaron con particularidad: los mayas en la península yucateca y parte de Centroamérica, y los incas en Sudamérica, especialmente en el Perú. Si bien los aztecas también tienen un significado muy relevante para nosotros, pues su caída simbolizó la conquista definitiva de México así como también es la que más representa a nuestro país en lo que a cultura se refiere, hoy me quiero enfocar en la otra gran civilización que se presentó dentro de nuestro territorio.

Sin embargo, en este artículo no me voy a centrar únicamente a hablar sobre el orgullo que este “pasado glorioso” despierta en cada uno de nosotros. Más bien quiero explicar cómo ese pasado se encuentra representado vívidamente en los grupos indígenas preservados hasta nuestros días y cómo, paradójicamente, a ellos no les ofrecemos un trato digno de este susodicho “orgullo”.

En la actualidad, la población indígena latinoamericana conforma uno de los grupos más vulnerables y propensos a sufrir de discriminación, violencia, maltrato, injusticia y con difícil acceso a servicios básicos de salud, educación y vivienda. De acuedo a un artículo sobre pueblos indígenas elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en América Latina existen más de 800 comunidades indígenas que representan aproximadamente 45 millones de hombres y mujeres, equivalente a un 8% de la población total de la región; además, este artículo explica cómo pese a los logros alcanzados en los últimos años, este grupo se ha quedado al margen de los progresos sociales y económicos conseguidos. Otro artículo llamado “Ser índigena y ciudadano en Latinoamérica”, publicado por el Banco Mundial en 2017, trata el tema de la migración indígena hacia la ciudad y cómo “casi la mitad de los habitantes de pueblos originarios viven hoy en día en áreas urbanas de la región”. Simultáneamente enfrentan una serie de condiciones desventajosas, ya que una vez en las ciudades, éstos son relegados a zonas inseguras, insalubres, con menores oportunidades laborales, peores servicios y expuestas a desastres naturales. Además, el autor del artículo expone acertadamente cómo esta tendencia presenta un nuevo reto, ya que nuestra imagen “común” de un individuo indígena no es una que precisamente se relacione con lo que consideramos como “urbano”; esto a su vez, deja vulnerables a estas poblaciones ante nuevas formas de exclusión y discriminación.

En el caso de la población maya, la cual no sólo abarca parte de territorio mexicano, sino que se extiende también por Belice, Guatemala, El Salvador y Honduras; y cuya riqueza histórica y cultural alimenta tanto a nuestra identidad como a nuestra economía, pues la península yucateca es una de las zonas turísticas más visitadas y que además cuenta con una de las siete maravillas del mundo moderno: Chichén Itzá. Esta población, aun cuando no escapa la realidad de muchas otras comunidades indígenas, se ha caracterizado por su resistencia ante influencias occidentales, de tal modo se ha logrado este pueblo conserve sus rasgos culturales, los cuales han sido transmitidos por generaciones y los mantiene conectados con su pasado histórico. No obstante, si bien es una cultura que nos despierta orgullo, parecería que no nos infunde el respeto necesario, ya que en la actualidad, además del típico estereotipo que tenemos del indígena, es posible observar en las calles la fractura entre generaciones, la pérdida de elementos culturales y una presente desvalorización de la propia cultura ya que “es vista como un obstáculo para el desarrollo íntegro de la persona en el medio regional” (Echeverría Echeverría, 2016).

En el caso de la población quechua, descendientes de los incas, cuyos principales asentamientos se encuentran en Perú, Bolivia y Ecuador. Aunque uno no puede dejar de relacionarlos con los asombrosos vestigios de Machu Picchu o las líneas de Nazca, muchos integrantes de este grupo indígena se siente cohibido cuando visita o muda a ciudades como Arequipa, en donde se obligan a sí mismo a despojarse de su idioma mientras residen en estos lugares, ya que, en palabras de Lorenzo Colque Arias, presidente de la Academia de Lengua Quechua en Arequipa: “el habitante ariquepeño es muy agresivo cuando escucha a una persona hablar en quechua, lo margina, lo discrimina, y lo peor de todo es que esa misma persona sabe hablar y entiende perfectamente el idioma, es un migrante ya radicado en la ciudad y ahora ya discrimina” (Pontificia Universidad Católica del Perú, 2013). Esta cita se me hace importantísima ya que de manera concisa explica la ambivalencia de los sentimientos hacia lo indígena: el “pasado glorioso” del que tanto disfrutamos hablar y que compartimos con ellos, y la discriminación e indiferencia que se aplica a estos grupos.

Pero, ¿por qué se da esta tendencia? ¿por qué si es un orgullo nacional, incluso regional, se trata de esta manera a personas que lo representan en su más pura esencia? En orden para comprender este comportamiento, es necesario remontarnos a la época de la Colonia, cuando se comenzó con el sistema de castas. Desde entonces, América Latina se fue convirtiendo en un mundo heterogéneo y diverso, donde miles de individuos construyeron su identidad a partir de los diferentes entornos que los rodeaban. No fue hasta el periodo de las guerras de independencia en el que se intentó consolidar a las naciones bajo un lema de unidad y de un “pasado glorioso” que todos compartíamos. Sin embargo, aun cuando el discurso fue muy bello en sus palabras, lo que en realidad se trató de hacer fue convertir a esa población heterogénea en una más homogénea: por ejemplo, en México cuando la Iglesia Católica se declaró como la religión oficial del país sin tolerancia verdadera a ninguna otra. Esto tuvo como consecuencia la represión de quienes se resistían a las normas que parecían no ser muy diferentes al sistema que los españoles habían implementado. Por lo tanto, este comportamiento ambivalente viene ya desde siglos atrás, el orgullo nace por la necesidad (al momento de consolidarse como países independientes) de una identidad propia, y la discriminación es fruto de esa misma construcción de valores e identidades, de no saber realmente quiénes éramos y qué queríamos ser, todo dentro de un “sentimiento de negación/aceptación”.

Por ello, unas cuantes preguntas quedan suspendidas en el aire: ¿cómo acabar con un hábito que lleva años en nuestra mente colectiva? ¿tenemos lo que se necesita para efectuar el cambio? ¿las nuevas administraciones serán capaces de darles a los pueblos indígenas lo que por décadas han pedido tener? ¿o todo quedará perdido en el discurso?