Más allá del ruido

Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de enero de 2015 a mayo de 2019, se registraron 3 mil 17 feminicidios a nivel nacional.

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Por Daniela Guerrero

México atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia en materia de derechos humanos y violencia de género.

Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de enero de 2015 a mayo de 2019, se registraron 3 mil 17 feminicidios a nivel nacional. En 2016, Amnistía Internacional entrevistó a 100 mujeres detenidas por la Marina, Policía Municipal y cuerpos de policías estatales, de las cuáles 33 denunciaron haber sido violadas durante el arresto. Este año, el aumento en casos y denuncias por acoso, abuso sexual, y asesinato, colocaron a México entre los países más peligrosos para mujeres en el hemisferio.

La presunta violación de una menor de edad por cuatro policías en la Ciudad de México, desencadenó una serie de marchas en la capital. La segunda marcha, el 16 de agosto, en el centro de la ciudad, inició de manera pacífica, pero culminó en destrozos a una estación de transporte público, grafiti sobre el Ángel de la Independencia, daños a mobiliario urbano y agresiones a periodistas, ciudadanos y policías.

En el contexto actual, donde hay mucho ruido, y la voz más impetuosa gana, es difícil no tomar partido, no gritar, no alborotarse. Hablar y escuchar se vuelven imposibles.

Ante la complejidad de la situación, cedemos ante el ruido. El reclamo legítimo sobre la violencia de género, los delitos sexuales y la violencia intrafamiliar se mezcla con exploraciones subjetivas de la feminidad, mensajes anárquicos sobre quién o qué representa al problema, acusaciones dogmáticas a los hombres como grupo, denuncias ofuscadas a la “tiranía del Estado”, a los “puercos” policías y a la “inepta” de Sheinbaum.

Por otro lado, el rechazo a delitos patrimoniales y al ejercicio irresponsable del derecho a manifestarse, se mezcla con condenas categóricas del movimiento feminista, indignaciones desproporcionadas ante los daños materiales, burlas crueles sobre las “feminazis,” las “locas,” y las “violentas,” relativizaciones sobre la violencia hacia las mujeres en México, mensajes de odio y círculos retóricos sobre la “forma” de hacer las cosas.

El ruido que creamos es caótico, vanidoso y, lo peor, adictivo. Premia la desconexión, promueve el protagonismo y se alimenta de la superficialidad. Niega la existencia de los matices, las contradicciones, los fragmentos que nos incomodan y complican nuestra narrativa. Se rige por insultos, planteamientos en blanco y negro y huecos significativos entre la realidad y nuestra voluntad.

Nos comprometemos al estancamiento ante la tentación de tener razón. Eliminamos gente de Facebook, peleamos en Twitter, sellamos nuestras burbujas de opinión con un hermetismo petulante. Pontificamos, ponemos la mente en blanco hasta que llega nuestro turno de responder, desistimos de las conversaciones difíciles y huimos de las ambivalencias, en un país con realidades multidimensionales y deterioros sociales que se superponen y entrelazan.

La impunidad que millones de hombres conciben en México para violentar la seguridad y dignidad de las mujeres es real. El asesinato y/o agresión sexual a una persona por su condición como mujer, sucede todos los días. La cultura nacional sanciona y promueve prácticas para desplazar a las mujeres en ámbitos laborales, sociales, económicos, y políticos. Sin embargo, antagonizar tajantemente a las autoridades y a los hombres como grupo, no hace más que restar.

Insertar nociones sobre un solo feminismo que es fanático, hipersensible y violento, reduce la pluralidad de expresiones a favor de la equidad, el respeto a la vida, y la educación sexual. De la misma forma, feminismos que se auto felicitan, promueven la polarización y condenan expresiones discordantes, defraudan a su propia lucha.

La profundidad con la cual ideas sexistas y conductas brutales están arraigadas en nuestro país, demanda planteamientos sustanciales y sustentables que forjen nuevas normas sociales. La tentación de “derrumbar el patriarcado” resulta ilusoria ante la escala y complejidad del problema.

Es importante recordar que el feminismo es más que su proyección mediática, que algunos reprueban y otros celebran. Sin embargo, es imperativo reconocer que el combate efectivo a la violencia de género exige interpretaciones del feminismo que trasciendan la doctrina, la moda y el fanatismo.

Las soluciones reales están en las parcialidades que nos ofenden; en medio, lejos del juego de extremos. Aludir a la ausencia del estado de derecho, a la corrosión de los cuerpos policiales y a la violencia general del país como detonadores de crímenes de género no es una evasión machista. Decir que el simple principio de la dignidad humana como derecho fundamental debería de ser suficiente para prevenir que acosen, abusen, o asesinen a mujeres por el hecho de serlo, no es radicalismo feminista.

Puede que proponer campañas de educación, plantear medidas graduales e imperfectas, desenredar conceptos y trabajar con la realidad del país, frustre a muchos. A pesar de que la ira y la indignación exijan inmediatez y de la legitimad de los reclamos, olvidar al pragmatismo como vía de acción colectiva puede resultar en mayor parálisis.

   Los eventos de estos días destacaron la alarmante magnitud de un fenómeno corrosivo que merece atención, así como la imposibilidad de mitigarlo sin compromisos proactivos que trasciendan lo binario, lo obvio y lo fácil.