COVID-19 desde Washington, D.C: Lecciones ignoradas

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El jueves 5 de marzo los pasillos de mi universidad en Washington, D.C. estaban repletos de estudiantes — algunos corriendo porque iban tarde a clase, otros saludándose con besos y abrazos, la mayoría bromeando sobre el rumor de que quizás cerrarían las instalaciones por la epidemia del coronavirus.

El consenso se mantuvo durante los siguientes días: la situación en Estados Unidos no era “tan grave” como la de Europa; no había muchos infectados y aquellos con COVID-19 ya estaban aislados o en proceso de curarse; era un virus benigno cuyas peores consecuencias eran “un poco de tos y fiebre” que desparecería en tres días; la enfermedad afectaba a poca gente mayor.

El lunes 9 de marzo comenzaron las vacaciones de primavera en mi universidad y miles de estudiantes tomaron vuelos, trenes y autobuses para dirigirse a destinos nacionales e internacionales.

El coronavirus continuaba en boca de muchos, como una amenaza lejana, abstracta y poco probable que no los afectaba directamente. Muchos fueron a Cancún y Playa del Carmen en grupos grandes de amigos; otros fueron a París y Gran Bretaña porque ya habían comprado los vuelos; algunos se dispersaron por Estados Unidos para visitar a sus familias y amigos.

A pesar de que la cuarentena nacional en Italia se había instaurado esa semana, marcando el “inicio” del coronavirus en Europa continental, miles de jóvenes norteamericanos viajaron sin preocuparse. Después de todo, China estaba teniendo éxito en su campaña de contención y ellos no estaban viajando a uno de los países con brotes severos como Corea del Sur o Irán.

El 11 de marzo mi universidad anunció que cancelaría clases presenciales por un periodo de dos semanas debido a que el coronavirus presentaba una amenaza más concreta. Algunos estudiantes protestaron contra estas medidas, caracterizándolas como exageradas y disruptivas. La falta de protocolos claros para suspender clases y adaptar sistemas en línea generó incertidumbre y ansiedad. El foco de la conversación aún no estaba en el coronavirus como enfermedad, sino en las inconveniencias que estaba generando.

Al día siguiente, la Organización Mundial de la Salud declaró al COVID-19 como pandemia global.

«Estamos profundamente preocupados tanto por los niveles alarmantes de propagación y gravedad, como por los niveles alarmantes de inacción», dijo el Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus.

El 13 de marzo, la suspensión de clases en mi universidad se extendió hasta el final del semestre y miles de estudiantes fueron instruidos a empacar sus dormitorios y regresar a sus residencias permanentes, dispersando a gente por todo el país.

Muchos de mis compañeros regresaron al estado de Washington, la zona de impacto del virus, con 1,014 casos confirmados y 65 muertes reportadas hasta ayer. Algunos se dirigieron a Nueva York, con 2,495 casos y 8 muertes. Otros viajaron a California, con 751 casos y 18 muertes. Gente en estados como Florida, New Jersey, Colorado, Georgia, Illinois y Luisiana vieron subir los números de una enfermedad considerada “inexistente” por millones de norteamericanos.

Hoy, no hay un estado en Estados Unidos libre del coronavirus, con 9272 casos confirmados y 141 muertes a nivel nacional hasta el 19 de marzo. Estos números aumentarán cada vez más, con o sin el permiso de quienes permanecen negados a las extraordinarias y aterradoras circunstancias que vive el mundo actualmente.

Debido a la falta de pruebas disponibles y al hecho de que pacientes positivos pueden tardar hasta 14 días en mostrar síntomas, se estima que el número de infectados suba rápida y dramáticamente en los siguientes cuatro días en Estados Unidos.

Al inicio de estos cambios sin precedente, muchos supusimos que, a pesar de la suspensión de clases, a pesar de las advertencias sobre la necesidad de aislarse para aplanar la curva de contagio, a pesar de que cada día emergían más casos confirmados, la situación en Estados Unidos jamás podría ser como la de Italia, Irán, España o Francia. Hoy esa garantía de seguridad se evapora.

Millones de italianos le envían mensajes a norteamericanos que continúan sin actuar de manera responsable ante un virus con un ritmo reproductivo básico de hasta 3.5 — lo cual significa que cada persona contagiada puede infectar hasta 4 personas, repitiendo el patrón de manera sucesiva.

Al irrumpir en la vida de millones de personas alrededor del mundo, el COVID-19 no ofrece respuestas concretas y exige actitudes excepcionalmente solidarias y pragmáticas de las poblaciones que lo enfrentan.

Con poco interés por la retórica y la negación, el coronavirus rebasa a mandatarios y poblaciones enteras que negaron su existencia, relativizaron su gravedad y eventualmente, obligados por el número creciente de infectados y muertos, cambiaron su tono.

El virus se ha detectado en todos los continentes, excepto en la Antártida y en más de 100 países, con concentraciones de miles de casos en algunas áreas. La Organización Mundial de la Salud ha declarado el brote como una «emergencia de salud pública».

Sin embargo, hoy emergen imágenes de jóvenes en Miami congregados en las playas, determinados a no cambiar sus planes de “spring break,” declarando que si ellos contraen coronavirus no es “realmente grave” y es un riesgo que están “dispuestos a correr” para seguir adelante con sus vidas.

Al mismo tiempo, doctores y personal médico en distintos estados se infectan por falta de equipo protector y exceso de pacientes en los hospitales, rogándole a la gente que tiene el privilegio de quedarse en casa cumplir con el aislamiento social para evitar embotellamientos insostenibles.

No es fácil aceptar la excepcionalmente caótica y angustiosa crisis global sin ciertas trampas mentales y desengaños psicológicos.

Razonamientos que buscan garantías sobre que tan grave llegará a ser la pandemia, cuanto tiempo durará y cuando “regresaremos a la normalidad” plagan la mente de millones de personas conforme la situación empeora dramáticamente en Estados Unidos y el resto del mundo.

Sin embargo, Estados Unidos replica las tendencias de Italia con velocidad inquietante, con millones de personas exigiendo mejorías inmediatas en la situación sin estar dispuestas a seguir indicaciones tan sencillas como quedarse en casa.

Mientras millones se sacrifican, muchos parecen determinados a no tomar la situación con la seriedad que merece. Hay personas que aún no se aíslan de manera disciplinada, asegurándose de que pase lo que pase, el COVID-19 no es más que un mal sueño.

Millones de personas — trabajadores de la industria de servicio, repartidores, distribuidores, productores de comida, personal médico, enfermeras, doctores, profesionales de intervención inmediata, entre otros — se encuentran en la línea de fuego todos los días, trabajando y exponiéndose al virus de manera cotidiana.

Si tienes el privilegio de quedarte en casa y trabajar o estudiar remotamente, le debes a todas aquellas personas que arriesgan su vida y pierden salarios que sostienen familias enteras, el quedarte en casa y asegurarte de no contribuir a los contagios exponenciales.

Entre más rápido y contundentemente actuemos todos — evitando acercarnos los unos a los otros más de 2 metros, lavándonos las manos de manera continua y rigurosa, no tocándonos la cara, informando a aquellos que están en mayor riesgo de riesgos y complicaciones, evitando salir si no es esencial, cancelando reuniones con amigos — más vidas podrán salvarse.

Para aquellos que insisten en argumentar que poca gente morirá, es imperativo informarse sobre las últimas proyecciones. Un estudio producido por científicos ingleses de la Imperial College de Londres hace unos días determinó que, por ejemplo, si gobiernos e individuos continúan sin instaurar medidas inmediatas y extremas, 510,000 morirían en Gran Bretaña y 2.2 millones en Estados Unidos en el transcurso del brote.

La pandemia se prolongará y agravará en proporción a nuestras acciones en las siguientes semanas. Si queremos preservar una economía operacional y un comercio productivo que garanticen la mayor cantidad de salarios posibles, la mayor cantidad de familias a flote y la mayor cantidad de personas vivas, ya no podemos perder tiempo como países y como planeta para tomar en serio la propagación del COVID-19 y actuar en consecuencia.

Argumentos que buscan minimizar la crisis global de salud se centran en las bajas tasas de mortalidad de gente joven, a pesar de que cada vez hay menos evidencia de esto. Los últimos análisis del Centro de Control de Enfermedades de más de 2,400 casos de COVID-19 que han ocurrido en Estados Unidos en el último mes muestra que al menos 1 de cada 7 y quizás hasta 1 de cada 5 personas entre las edades de 20 y 44 años que contraen el virus requiere hospitalización.

Adicionalmente, los jóvenes asintomáticos son los portadores ideales para millones de adultos mayores de 60 años, quienes tienen un riesgo de hasta el 20% de morir a causa de fallas respiratorias por el COVID-19.

Si los jóvenes y adultos no tomamos en serio esta llamada a aislarnos y detener nuestras interacciones sociales, millones de adultos mayores, gente con precondiciones médicas como hipertensión, diabetes o enfermedades respiratorias morirán de manera completamente innecesaria.

La propagación exponencial del virus no es inevitable y la potencia con la que progrese esta crisis global dependerá de nuestra disposición a actuar rápido y de manera definitiva, bajo el reconocimiento de que las circunstancias no son comparables ni ordinarias.

El pánico de reconocer una realidad ardua y peligrosa no debe ser la razón por la cual nos dejamos vencer por un virus que puede ser propagado con menor velocidad mediante responsabilidad individual y compromisos colectivos. La crisis de salud desatada por el COVID-19 es extraordinaria, por lo cual nuestra respuesta como miembros de comunidades, países y continentes no puede basarse en la apatía, el pánico o la irresponsabilidad.

El presidente Andrés Manuel López Obrador está poniendo en riesgo la vida de millones de mexicanos con su retórica hacia el COVID-19. Quienes confían en el presidente creerán que la propagación del virus es una mentira. La intransigencia de un gobierno que cuenta con el regalo del tiempo y que puede interiorizar lecciones sobre las tragedias en otros países resultará en muertes innecesarias.

Otros mandatarios reaccionaron similar a AMLO en el pasado y la innegable gravedad de las crisis que enfrentaron sus países los forzaron a actuar, en muchos casos, cuando la situación ya era irreversible.

Este miércoles 18 de marzo le informaron a mi comunidad universitaria que nuestra graduación, programada para el 16 de mayo, se pospondría hasta nuevo aviso. El instinto de muchos fue reconocer la sabiduría de esta decisión, más allá de decepciones o tristezas.

La vida no puede seguir de la misma forma ante un enemigo que ataca sin mostrarse, de manera insidiosa y siniestra. Es imperativo entender que estamos en el ojo del huracán y que países como México cuentan con un margen de tiempo que deben aprovechar. Al COVID-19 no le importarán las doctrinas mesiánicas de nadie — infectará a millones de mexicanos sin distinción.

El distanciamiento social no es cómodo ni ideal, generando estrés emocional y psicológico.

Sin embargo, es importante recordar que somos pocos quienes tenemos el privilegio de quedarnos en casa sin exponernos en hospitales, oficinas, calles, ambulancias, fábricas, supermercados, y muchos otros espacios llenos de gente que sostiene la vida en tiempos de disrupción sin precedente.

La interrupción del contacto directo es la única solución para una emergencia que exige que dejemos atrás nuestra comodidad, nuestras ideas sobre como han sido siempre las cosas, nuestras frustraciones y ambiciones durante un periodo de tiempo indefinido. Ignorar más lecciones que distintos países ofrecen en tiempo real resultará cada vez más caro.

Twitter: @daniguerreroo