El Mercado de Ideas

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En 1859, el filósofo británico John Stuart Mill publicó un ensayo titulado “Sobre la Libertad,” introduciendo uno de los conceptos más influyentes para la libertad de expresión como la entendemos hoy: “el mercado de ideas.”

Por siglos, el modelo tradicional de un mercado de ideas justificó a la libertad de expresión en términos de su resultado óptimo en la “producción de la verdad.”

La visión de Mill establecía que, mediante un proceso de competencia, la verdad emergía como el producto natural de un entorno de información diverso. Bajo esta lógica, el mercado de ideas se convirtió en una institución autorregulada que solo necesitaba diversas opiniones para funcionar.

Con el tiempo, las innegables conexiones entre Mill y la primera enmienda de la Constitución norteamericana en garantía de la libertad de expresión sin interferencia del gobierno, forjaron una visión legal, sociopolítica y cultural distintiva.

Mientras diversos países europeos prohibieron discursos de odio tales como la supremacía blanca, el neonazismo, la negación del Holocausto y la islamofobia, Estados Unidos se convirtió en un país orgulloso de su excepcionalismo en términos de libertad de expresión.

La doctrina europea se basa en la idea de que la libertad de expresión es primordial pero no absoluta, y debe equilibrarse con otros valores importantes, como la dignidad humana. Como resultado, la libertad de expresión puede restringirse proporcionalmente cuando sirve para difundir, incitar, promover o justificar violencia y odio.

La doctrina estadounidense protege una amplia gama de puntos de vista, incluso cuando atacan a grupos étnicos o religiosos, causan ofensa profunda o son falsos por consenso.

Esta diferencia transatlántica se transformó en una insignia de honor para muchos norteamericanos, que aseguran que en Estados Unidos jamás habrá lugar para la censura que otros países “imponen” a sus ciudadanos.

Sin embargo, cada vez más estadounidenses parecen dispuestos a cuestionar al mercado de ideas, puesto que legitima expresiones de odio e información completamente falsa como “opiniones.” Para otros, estas denuncias no son más que el producto de la “hipersensibilidad” de nuevas generaciones, que buscan “cancelar” a quien los ofende.

Una teoría subyacente para justificar la interpretación más amplia de la libertad de expresión es que las “malas ideas” desaparecen naturalmente en un mercado de ideas funcional.

Algunos argumentan que es valioso en sí mismo que una sociedad tolere incluso los puntos de vista más extremos, mientras otros evidencian la sanitación de la intolerancia, el racismo, la homofobia y transfobia como “opiniones” que cualquiera puede expresar.

Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Aquellos que ven en el mercado de ideas a una institución que sanciona el discurso de odio? ¿Aquellos que buscan defender todo tipo de discursos por principio? ¿Aquellos que consideran que su libertad de expresión está en peligro por no poder ser explícitamente intolerantes sin recibir algún tipo de censura?

La respuesta no es singular ni completa. Restringir o vigilar el discurso individual sobre la base del punto de vista es muy peligroso para la libertad de expresión. Dibujar líneas en la arena no es fácil — tampoco es necesariamente efectivo.

Sin embargo, muchos coinciden en que legitimar expresiones de odio y violencia como “opiniones” con un lugar en el mercado de ideas es lo que ha llevado a Estados Unidos a convertirse en uno de los países más complacientes con sus propias corrosiones sociales.

Expresiones racistas, discursos fanáticos e invitaciones a la violencia son elevadas a un estatus inexistente. La información falsa se convierte en una opinión alterna cuya protección es garantía. Las equivalencias falsas han polarizado a un país que hoy se percibe a sí mismo mediante divisiones: quienes son racistas y quienes no, quienes creen en la ciencia y quienes no, quienes son patriotas y quienes no.

Hoy, el discurso intolerante genera indignación en algunos círculos y activa los mecanismos de defensa más arraigados en otros. El debate actual sobre los límites de la libertad de expresión y el discurso de odio combina agravios viejos con tecnologías nuevas.

Con la llegada de redes sociales, imperios globales de comunicación y políticas de identidad, el mercado de ideas se expandió sin precedente. Hoy, emerge como un titán saturado que necesita antagonizar, polarizar y sorprender para sostenerse.

El algoritmo de News Feed de Facebook, por ejemplo, utiliza algoritmos para predecir contenido relevante para cada usuario, basado en sus preferencias. Twitter, YouTube e Instagram se rigen bajo los mismos principios, creando un entorno digital destinado a proporcionarle al usuario las noticias que generen más tráfico.

Si bien este sistema promete mostrarnos lo que nos interesa, al final del día el contenido preseleccionado se convierte en un producto para distintos tipos de consumidores, colocando publicaciones con distintos grados de veracidad al mismo nivel y promoviendo la polarización como medio sagrado para generar tráfico multiplicador de ingresos publicitarios.

Las equivalencias falsas, el contenido explícitamente intolerante y la información falsa se han transformado en el “otro lado de la moneda” en Estados Unidos, mostrando la compleja, y en su mayoría desafortunada, evolución de un mercado de ideas que eleva el fanatismo, la intolerancia y la promoción de violencia como posturas válidas.

A la par de un flujo desbocado de contenido, facilitado por las industrias de comunicación para multiplicar audiencias, tráfico y ganancias, emerge la cultura de la cancelación como un mecanismo de censura que exhibe las contradicciones de un mercado de ideas diverso, inmediato y peligrosamente fragmentado.

En los últimos cinco años, el surgimiento de la «cultura de cancelación» se ha convertido en tema de debate a medida que surge un patrón familiar: una celebridad u otra figura pública hace o dice algo ofensivo; se produce una reacción pública, a menudo alimentada por redes sociales; vienen las llamadas para “cancelar” a la persona, es decir, para terminar efectivamente su carrera o revocar su prestigio cultural mediante boicots o medidas disciplinarias de un empleador.

El debate alrededor del valor de la cultura de cancelación refleja al turbulento mercado de ideas actual, en el cual la libertad de expresión, el discurso de odio, la censura y la protección de la dignidad humana se mezclan de forma anárquica y en muchos casos, caprichosa.

El individuo “cancelado” no ha perdido ningún derecho de la Primera Enmienda, porque no existe un derecho constitucional a un trabajo o reputación en particular. Al mismo tiempo, bajo su propia comprensión, se supone que la libertad de expresión como Mill la planteó despeja un espacio de debate más amplio y permite una gama más amplia de expresión personal.

Aunque los norteamericanos parecen estar en desacuerdo sobre que se puede decir y que no, el debate sociopolítico y cultural que reta definiciones previas de libertad de expresión y discurso de odio sugiere un fenómeno interesante sobre la era digital que vivimos.

En un entorno de comunicación y expresión tan saturado y polarizado como el de Estados Unidos hoy, no hay soluciones simples. Quizás la responsabilidad individual es el único antídoto ante un sistema que se sostiene mediante extremos, divisiones y un “otro” al cual atacar.