Los jóvenes y el COVID-19: Irresponsabilidad y Agotamiento

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Mientras millones de personas vulnerables alrededor del mundo responden a la amenaza del nuevo COVID-19 con múltiples precauciones, una cantidad creciente de jóvenes buscan dejar atrás el “estrés” de la nueva realidad, trivializando y negando la realidad del virus.

La defensa de quienes actúan de manera irresponsable se basa en su presunta invulnerabilidad ante el nuevo coronavirus. A pesar de todo lo que la comunidad científica aun desconoce sobre el nuevo virus, un dato se ha repetido tanto que parece indiscutible: las personas mayores tienen más probabilidades que los jóvenes de infectarse y fallecer en manos del COVID-19.

Sin embargo, estadísticas recientes sobre la transmisión del COVID-19 en Estados Unidos nos recuerdan las complejidades detrás de esta suposición.

Datos del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) muestran que, desde el 30 de mayo al 19 de junio, casi el 70% de las estadounidenses que dieron positivo eran menores de 60 años.

En este periodo, la edad promedio de pacientes con COVID-19 fue de 48 años a nivel nacional, mientras que Florida, Arizona, Texas y California muestran una media de edad aun más baja — así como una tasa de contagio en ascenso.

En Arizona, donde los centros de pruebas están abrumados, pacientes de 20 a 44 años representan casi la mitad de todos los casos.

En Florida, la edad promedio de los residentes que dieron positivo para el virus se redujo a 35 años en los últimos meses.

En Texas, donde el gobernador detuvo el proceso de reapertura a medida que los hospitales se llenan cada vez más, los jóvenes ahora representan la mayoría de los casos nuevos en varios centros urbanos.

A medida que los casos crecen exponencialmente en Estados Unidos, con más de 2.6 millones de infectados, aumenta la alarma sobre un nivel de contagio alto entre jóvenes. La semana pasada, el vicepresidente Mike Pence dijo que la mitad de los casos nuevos en los Estados Unidos eran adultos menores de 35 años.

Estas cifras reflejan una realidad simple: con bares, restaurantes y oficinas abiertas en varios estados, personas “sanas” de entre 20 y 40 años han salido más que quienes pertenecen a grupos de riesgo.

En un momento en que los casos aumentan peligrosamente en el sur y el oeste del país, distintos expertos han expresado preocupación ante jóvenes asintomáticos y presintomáticos que puedan transmitir el virus a los estadounidenses más vulnerables.

Si como jóvenes descartamos las precauciones como excentricidades que no nos aplican, asumimos una responsabilidad cuyas consecuencias no nos corresponde aceptar.

El elevado riesgo de infectar a alguien vulnerable como joven portador asintomático o con síntomas leves no es una abstracción diseñada para “asustarnos” ni “controlarnos.”

Actuar como si fuéramos invencibles hasta transmitirle el virus a quienes desarrollarán un caso mortal, no es más que un profundo acto de egoísmo. La percepción de que, por ser jóvenes, el virus no puede afectarnos o a quienes nos rodean, no es más que un espejismo al que muchos recurren por comodidad o apatía.

Todos — jóvenes, adultos, grupos vulnerables — estamos cansados de la presencia ominosa y trágica del COVID-19. Todos queremos volver a la normalidad. Todos estamos desgastados y asustados.

Sin embargo, el hartazgo y la irresponsabilidad no deben convertirse en sinónimos. Las nuevas medidas de prevención y el abandono de muchas actividades que disfrutábamos de forma instintiva no son fáciles de sobrellevar.

Esto no significa que debamos rendirnos ante el contagio y “esperar” que conductas irresponsables no resulten en infección — sobre todo considerando que el COVID-19 continúa infiltrado en la mayoría de las comunidades. Quienes son más vulnerables ante el COVID-19, sin duda merecen más de todos nosotros.