México: Despertar de una pesadilla perpetua

El despertar de una pesadilla perpetua inicia en la conciencia, pero solo puede culminar con acciones concretas y contundentes.

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Hablar de un despertar femenino suele ser descalificado como una exageración, un recurso poético, una declaración idealista que no sugiere una realidad concreta. Sin embargo, fotografías aéreas de una masa color jacaranda rodeando al Monumento a la Revolución, inundando la Ciudad de México, han dado la vuelta al mundo como un símbolo de liberación, de conciencia.

La marcha del domingo 8 de marzo congregó a miles de mujeres en protesta contra la violencia de género. ¿La ocasión? El Día Internacional de la Mujer.

Algunos de los carteles exhibidos en las calles transmitían mensajes poderosos de hartazgo, de enojo, de resistencia. Mensajes de agencia sin complejos. ¡Ya basta!; somos las voces de las que ya no están; quiero vivir sin miedo; ni una menos; las mujeres tienen ambición y talento, no solo belleza; ni muertas, ni violadas, ni calladas; ¿Porqué te alarman las que protestan y no las que son asesinadas?

La marcha del 8 de marzo, seguida por el paro histórico nacional de mujeres en México, representaron un acto de subversión y protesta creativo, dinámico y reverberante. Sin embargo, muchos parecen determinados a relativizar, trivializar y oponerse a esta expresión.

Una parte de las movilizaciones comenzaron en Ciudad Nezahualcóyotl, en el Estado de México, uno de los cinco estados con más feminicidios en México. Ciudad Nezahualcóyotl, Chimalhuacán y Ecatepec son los municipios con mayor incidencia de feminicidios y desapariciones. En uno de los espacios más violentos e impunes del área metropolitana, cerca de 1000 personas se reunieron, forjando la marcha más grande en contra de la violencia de género en esta región.

A pesar de cuestionamientos incesantes sobre el valor de la protesta colectiva y los símbolos evocados por un día en que millones de mujeres se mantuvieron inactivas, el movimiento de mujeres mexicanas presentó una un feminismo amplio, emprendedor, ágil y contundente. Un feminismo tanto poderoso como conmovedor.

En un país con tasas de feminicidios en asenso, incidencias elevadas y normalizadas de violencia sexual, acoso persistente y una brecha profunda entre las oportunidades para hombres y mujeres, el feminismo nos incumbe a todos.

Miles de mujeres desbordaron las principales calles de la capital mexicana en la víspera de un paro cargado de mensajes y símbolos — basados no en ideas remotas ni absurdas, sino en una realidad insostenible que afecta directamente a millones de mujeres.

Una de las mayores trampas es concebir estas expresiones como excluyentes o exageradas. Los argumentos que demeritan al feminismo y sus expresiones como tangenciales y que separan a los feminicidios y la violencia de género de prácticas culturales nocivas y peligrosamente aceptadas siguen tentando a muchos mexicanos y mexicanas.

Los eventos del 8 y 9 de marzo exigen y merecen revaloraciones sobre algunas de las ideas y prácticas más implícitas y peligrosas en nuestro país. Estas dos movilizaciones masivas y organizadas enfrentan a México con sus realidades más oscuras, protegidas por una cultura política y social que sanciona y promueve actitudes discriminatorias y actos violentos hacia las mujeres como legados históricos inamovibles.

Las reservas de muchos a estas movilizaciones exhiben percepciones que sugieren no solo que nada puede, sino que nada debe cambiar.

La violencia sistemática contra las mujeres no es normal, ni aceptable, ni relativa, ni ineludible. Las mujeres en México no son una minoría silenciosa que debe actuar de cierta manera para garantizar seguridad y equidad.

Las conexiones entre quienes salieron a marchar, quienes fueron obligadas a laborar durante el paro y quienes denunciaron los dos días como un ejercicio de exageración e indulgencia, son innegables. Barreras estructurales, peligros cotidianos, operaciones nacionales y retóricas displicentes se mezclan en un paradigma que produce violencia, impunidad y desesperación.

La protección del machismo no opera de manera lineal y definitiva, con un tirano singular imponiendo y atacando. La protección del machismo opera mediante acciones cotidianas y prejuicios “válidos” sobre el rol “correcto” de la mujer. La protección del machismo opera mediante ideas implícitas sobre lo que se puede hacer y por qué. El machismo es una acumulación, una deformación atávica que se justifica a si misma mediante argumentos históricos o garantías de inexistencia.

La visibilidad y resonancia que incitaron el 8 y 9 de marzo en México sugieren un despertar de millones de mujeres, en protesta de un sistema que cada vez más reconocen como penetrante, insidioso y estratificado.

Responder a este despertar de manera empática, sustancial y proactiva nos corresponde a todos. No a las feministas “y su problema”, no a quienes “apoyan esa causa.” El simbolismo de dos días históricos en México buscó incitar, movilizar y solidificar el rechazo a la violencia de género.

El hartazgo de millones no debe ser visto una excentricidad inexplicable o una moda pasajera, sino como la manifestación de una renuencia legítima y una acumulación de heridas y agravios profundos. Quienes incitaron, participaron y apoyaron no solo merecen respeto, sino ayuda directa y sostenida — personal, colectiva e institucional.

La violencia de género y la inequidad estructural no van a desaparecer sin cambios de mentalidad, protestas activas, denuncias incesantes y rendición de cuentas. La lección más importante del notable movimiento de concientización y protesta que se manifestó el 8 y 9 de marzo es que eliminar estas corrosiones sociales, culturales y políticas nos corresponde a todos.

El despertar de una pesadilla perpetua inicia en la conciencia, pero solo puede culminar con acciones concretas y contundentes.

Twitter: @daniguerreroo