Ocasio-Cortez: El poder de las palabras

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La tarde del lunes 20 de julio, el congresista republicano por el estado de Florida, Ted Yoho, abordó a su homóloga demócrata por el estado de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez.

Tras haber votado, Yoho se acercó a Ocasio-Cortez, que subía los escalones del Capitolio para emitir su propio voto, para informarle que era “asquerosa” y estaba “fuera de sí” por vincular el reciente aumento en las tasas de criminalidad de Nueva York con la pobreza y el desempleo.

Según un reportero de The Hill que presenció el incidente, Ocasio-Cortez le respondió a Yoho que estaba siendo «grosero.» Tras su intercambio, la congresista por Nueva York se dirigió al edificio, mientras Yoho, acompañado por el representante republicano por Texas, Roger Williams, comenzó a descender hacia los edificios de oficinas de la Cámara.

Yoho no cesó en su expresivo desdén por Ocasio-Cortez incluso cuando ella se alejó. Un par de escalones más abajo, cuando Yoho creyó que su colega estaba suficientemente lejos, la llamó “maldita perra.”

El carácter “presunto” y “confuso” del incidente fue enfatizado por quienes buscaron borrarlo. Eufemismos como “lenguaje inapropiado” e “improperio” pronto remplazaron las palabras exactas de Yoho. Los equipos tanto de Yoho como de Williams se movilizaron rápidamente, sembrando dudas sobre la veracidad del momento e higienizando “el intercambio” entre los legisladores.

El propio Yoho sostuvo que “nadie fue abordado, intimidado o atacado.” El representante de Florida describió el incidente como “una breve discusión sobre políticas públicas, simple y llanamente.” Yoho concluyó que no se disculparía “por algo que no dije.”

Ocasio-Cortez, la congresista más joven en la historia del país y una de las funcionarias con mayor presencia en redes sociales, no es extraña a ataques exaltados.

Pero poco después del intercambio, dijo que era la primera vez desde que llegó al Congreso que otro legislador la había insultado así. El intercambio del lunes fue breve, dijo la congresista, con una duración de aproximadamente 20-30 segundos.

“Otro aspecto sobre el que [Yoho] no dice la verdad, es que sigue usando la palabra ‘conversación’”, dijo Ocasio-Cortez. «No fue una conversación. Estaba caminando. Se me acercó, me abordó y luego me alejé porque siguió insultándome.»

Las erráticas reacciones de Yoho y de quienes lo respaldaron dijeron tanto, o quizás más, que el propio incidente.

El viernes por la noche en entrevista con Fox News, Yoho afirmó que jamás llamó «asquerosa» ni “maldita perra” a Ocasio-Cortez, a pesar de múltiples reportes y declaraciones de la propia congresista afirmando lo opuesto.

“Le pregunté, ‘Oye, ¿tienes un minuto?’ Ella dijo que sí. Como nunca habíamos tenido una conversación, quería preguntarle acerca de esta política en la que le estaba diciendo a la gente que estaba bien robar si tienes hambre. Y a partir de ahí, todo retrocedió,” narró Yoho.

Por su parte, Williams se negó a hablar sobre las declaraciones de AOC, quien aseguró no solamente que el congresista de Texas presenció todo, sino que se sumó a Yoho en sus ataques, gritando algo sobre “lanzar orina.”

La oficina de Williams dijo que el congresista “no participó en el intercambio entre los legisladores, ni escuchó lo que se dijo en su conversación,” a pesar de que se encontraba parado al lado de Yoho y frente a Ocasio-Cortez.

Entre negativas y cambios a las palabras, acciones y actitudes de Yoho y Williams, muchos buscaron abstraer, enjuagar y negar lo que pasó. Rápidamente, la discusión pasó de los detalles a lo general, omitiendo las ofensas por su carácter “vulgar” y especulando sobre que sucedió “realmente.”

En círculos conservadores, las palabras de Yoho pronto se volvieron “inciertas” y “malinterpretadas,” exhibiendo la confusa lógica bajo la cual operan este tipo de defensas, que sostienen que “no pasó nada” y si es que algo pasó, fue el producto de un malentendido o falta de contexto.

En su anti-disculpa, Yoho invocó a su esposa y dos hijas como testimonio de su decencia. «No puedo disculparme por mi pasión o por amar a Dios, a mi familia y a mi país», dijo el representante de Florida.

Al titubeante discurso de Yoho se le sumó una extraña defensa por su portavoz, Brian Kaveney, quién envió un correo al Washington Post diciendo que Yoho “no llamó a la representante Ocasio-Cortez lo que se reportó en The Hill o cualquier otro nombre.” En una contraproducente aclaración, Kaveney sostuvo que Yoho “solo hizo un breve comentario para sí mismo mientras se marchaba, sobre como las políticas de AOC eran una mierda.”

Como el racismo, el sexismo es constantemente planteado como un extraño mito, inventado por algunas mujeres inconformes con una equidad que ya existe.

Denuncias sobre dinámicas de violencia, discriminación y exclusión hacia las mujeres se construyen como ejemplos de lo “hipersensibles” que son “las feministas” hoy en día.

Señalar incidentes sexistas directamente se vuelve casi imposible para mujeres alrededor del mundo, puesto que se les acusa de capitalizar su identidad, de explotar opresiones que ya están en el pasado, de mentir, de llevarse pero no aguantarse.

A pesar de lo tentador que es declarar el fin de la discriminación de género, especialmente en esferas de poder, incidentes como este nos recuerdan la innegable y dolorosa permanencia de estos prejuicios entre aquellos que gobiernan, que legislan y que “tienen esposas e hijas.”

El jueves, Ocasio-Cortez pronunció un discurso de más de nueve minutos sobre las acciones de Yoho y Williams. Sus palabras resonaron por su fuerza, pero sobre todo por su agudeza.

En vez de aislar el acto de agresión y enjuagar los insultos de Yoho, la legisladora analizó el incidente como un ejemplo del tipo de conductas sexistas que aún son toleradas y sancionadas por muchos en posiciones de poder.

“Maldita perra. Estas son las palabras que el representante Yoho impuso contra una congresista,” comenzó Ocasio-Cortez, quién repitió el insulto de forma directa, trasmitiendo el peso completo de estas palabras en vez de ocultarlo.

“Quiero dejar claro que los comentarios del representante Yoho no fueron profundamente hirientes ni penetrantes para mí,” dijo AOC a sus colegas en el Congreso. “He atendido mesas en restaurantes. He viajado en el metro. He caminado por las calles de Nueva York. Y este tipo de lenguaje no es nuevo. Las palabras pronunciadas por el Sr. Yoho son las mismas con las que he sido acosada en restaurantes. He sacado a hombres de bares que han usado las mismas palabras que el Sr. Yoho. Me he encontrado con este tipo de acoso en el metro de Nueva York. Esto no es nuevo. Y ese es el problema.”

AOC aludió al carácter común, e incluso banal, del insulto que Yoho eligió para una mujer que ocupa exactamente su mismo puesto en el Congreso, porque delata problemas más serios en la batalla por la equidad de género. El insulto delata una visión peligrosamente común entre quienes describen al sexismo como mal ajeno, mientras perpetran actos que lo promueven y normalizan.

En efecto, el insulto de Yoho es sumamente común, puesto que es versátil, pero tiene la ventaja de ser entendido de manera inmediata. Una “maldita perra” es, por definición, una mujer.

El objetivo de esta etiqueta es, claramente, insultar a su receptora. ¿Pero cómo? ¿Qué significa exactamente? Una “perra” es agresiva, arrogante. Cree que puede hablar sin cuidar su tono, decirle a los demás que hacer. Una “perra” asume una autoridad que no le corresponde. No es asertiva, es rígida. No es firme, es amargada. Una “perra” también es histérica, sentimental e irracional — está loca. Es maliciosa, controladora y difícil. Pero, sobre todo, es molesta.

Una “perra” merece ser castigada, en parte, mediante este insulto, puesto que encapsula todos sus defectos. El problema con estos defectos, es que no son reales. Son construcciones sobre los rasgos de autoridad, convencionalmente masculinos, percibidos en una mujer a quien jamás le “quedarán” de manera natural.

La congresista se adelantó a uno de los argumentos más populares para minimizar conductas sexistas: esto no pasa todo el tiempo, se trata de un incidente desafortunado pero aislado.

“El señor Yoho no estaba solo. Caminaba hombro con hombro con el representante Roger Williams,” continuó Ocasio-Cortez. “Es entonces cuando comenzamos a ver que este problema no se trata de un incidente. Es cultural. Es una cultura de impunidad, de aceptación de la violencia y lenguaje violento contra las mujeres, una estructura de poder que respalda estas conductas.”
La complicidad es un elemento clave para sostener estructuras desiguales, puesto que entre los que actúan, también se encuentran los que toleran y defienden tácitamente conductas que supuestamente, ya no son aceptables. Una vez más, el sexismo se convierte en mito, porque “nadie” lo apoya, y sin embargo persiste.

“El lenguaje deshumanizante no es nuevo,” dijo AOC. “Y lo que estamos viendo es que incidentes como estos están sucediendo en un patrón. Este es un patrón de actitud hacia las mujeres y deshumanización hacia el otro.”

Uno de los efectos más nocivos de un insulto genérico y elástico es su potencial de deshumanizar a su receptora. Quien recibe el insulto no solamente recibe una carga de prejuicios negativos, sino que se vuelve un blanco sin nombre.

Una “perra” es un arquetipo, una caricatura. Es la figura de regaño, de pesadez. Una “maldita perra” puede ser cualquier mujer que esté fuera de lugar, que responda, que se defienda.

Por último, la congresista por Nueva York confesó que planeaba dejar ir todo el incidente, puesto que no le pareció del todo sorprendente ni valioso de su tiempo. Sin embargo, la anti-disculpa de Yoho y las excusas de Williams, la hicieron cambiar de opinión.

“El representante Yoho decidió presentar excusas por su comportamiento. Y eso no lo pude dejar ir,” dijo AOC. “No podía permitirles a mis sobrinas, a las niñas en mi casa, a las víctimas de abuso verbal, ver esto, ver esta excusa y ver a nuestro Congreso aceptarla como una disculpa legítima y dar mi silencio como una forma de aceptación.”

La congresista dijo que no necesitaba una disculpa de Yoho, puesto que era evidente que no estaba arrepentido de sus actos.

“No me quedaré despierta en la noche esperando una disculpa de un hombre que no tiene remordimientos por usar lenguaje abusivo hacia las mujeres,” dijo Ocasio-Cortez. “Pero sí tengo un problema con el uso de mujeres, esposas e hijas como escudos y excusas para el mal comportamiento.”

“Al usar ese lenguaje, frente a la prensa, dio permiso para usarlo contra su esposa, sus hijas, las mujeres de su comunidad, y yo estoy aquí para decir que eso no es aceptable,” declaró la representante de Nueva York. “Tener una hija no hace a un hombre decente. Tener una esposa no hace a un hombre decente. Tratar a las personas con dignidad y respeto hacen a un hombre decente.”

Es difícil contar cuantas veces quienes son acusados de discriminar o atacar a mujeres a su alrededor invocan a sus esposas, a sus hijas, a sus madres como amuletos o pruebas de algo. Las campañas contra la violencia de género se basan en retórica similar: ¿qué pasaría si se tratara de tu madre, de tu hermana, de tu hija?

Conductas como la de Yoho nos recuerdan lo peligroso que es confinar la discriminación y violencia contra mujeres a un pasado que ya no existe. Padres, esposos y hombres poderosos que proyectan respeto a las mujeres deben asegurarse de practicar este respeto en todas las instancias de su vida, no solamente con seres queridos o en ciertos ámbitos.

“Quiero agradecerle [a Yoho] por mostrarle al mundo que puedes ser un hombre poderoso y decirle esto a una mujer. Puedes tener hijas y acosar mujeres sin remordimientos. Puedes casarte y atacar a otras mujeres. Puedes tomarte fotos y proyectar una imagen al mundo de ser un hombre de familia y acosar a las mujeres sin remordimientos y con un sentido de impunidad,” concluyó Ocasio-Cortez. “Sucede todos los días en este país. Sucedió aquí en los escalones del Capitolio de nuestra nación.”

Ante este tipo de incidentes, varios instintos surgen. El primero es aislar y minimizar: este tipo de eventos no son más que un desliz momentáneo, una subida de tono, un momento que se salió de control. Bajo esta perspectiva, Yoho no cometió ningún error, puesto que todos hemos dicho cosas de las que luego nos arrepentimos.

Sin embargo, el hecho de que ni Yoho ni Williams se disculparon, y en vez de admitir cualquier grado de error o mal juicio, dedicaron su tiempo a nublar los detalles, a encontrar la palabra alterna que los reporteros escucharon, a desacreditar a Ocasio-Cortez, complica un poco este impulso conciliador.

El segundo impulso es de indignación: este tipo de eventos no son más que un recordatorio, de que entre más “cambian” las cosas, más siguen igual. Bajo esta perspectiva, Yoho es un villano sin salvación y Williams es un cómplice temeroso.

A pesar del carácter inexcusable de la conducta del legislador de Florida, es importante cultivar un tercer impulso: la capacidad de analizar un fenómeno que no es nuevo, pero que puede cambiar y mejorar.

La inteligencia emocional de Ocasio-Cortez partió justamente de este impulso, puesto que su denuncia no fue ciega ni cruel. Simplemente les recordó a sus colegas y al público norteamericano que cometer y sancionar actos como el de Yoho alimentan directamente a las estructuras desiguales de poder que perjudican a millones de mujeres.

Si un congresista puede decirle “maldita perra” a su colega por el simple hecho de no estar de acuerdo con ella, entonces cualquier compañero de oficina puede hacer lo mismo.

Si ser padre o esposo es una carta de inmunidad, entonces muchos hombres pueden excusarse de la misma manera.

El hecho de que “maldita perra” sea un insulto común y familiar para tantas mujeres no debe servir como una coartada para quien lo emite, sino como un recordatorio de lo normalizado que se encuentra el sexismo en Estados Unidos y el resto del mundo.

Ante un mundo que relega la discriminación contra las mujeres al pasado, Ocasio-Cortez nos otorga una lección valiosa: la decencia y el respeto deben probarse todos los días.