Nos están matando

Nos están matando. ¿La razón? Ser mujer. Los feminicidios son la expresión más grave, abusiva y violenta de la cultura machista que permea en nuestra sociedad.

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Alejandra Vizcarra Jonsson

Nos están matando. ¿La razón? Ser mujer. Los feminicidios son la expresión más grave, abusiva y violenta de la cultura machista que permea en nuestra sociedad. Considerados crímenes de odio por diversas legislaciones, los feminicidios, privan a la mujer su derecho de vivir debido a su género. En materia legal, son definidos como un acto de máxima gravedad ya que, en la mayoría de los casos, van acompañados de un trato deshumanizante canalizado en torturas, maltrato y violencia física. Actualmente, algunos países han incluido los feminicidios como delitos en sus códigos penales, condenando a los victimarios a la cárcel.

Para Diana Russell, activista feminista y promotora del concepto feminicidio, define el término como: “el asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres”. Para Russell, otra de las causas para cometer un feminicidio es la misoginia, es decir, el sentido de superioridad y aversión del género masculino ante el femenino. Asimismo, Russell afirma que los hombres misóginos ven a la mujer como un objeto de su posesión, debido a la cultura machista que se ha transmitido por generaciones.

Ser mujer no es fácil. El capital simbólico detrás de los géneros promueve una convivencia machista que reprime al sexo femenino de sus libertades. Los símbolos que le hemos otorgado a las mujeres, como los son los roles de género, han moldeado las expectativas que se tiene para alcanzar la imagen de mujer perfecta. El pensar que el hombre debe ser el proveedor de los bienes del hogar y la mujer quien los administra, ha fomentado una estructura patriarcal con leyes tácitas que condicionan los comportamientos de ambos géneros. La vestimenta, el habla, la interacción social, entre otros, son factores que han moldeado los estereotipos de género, dejando siempre a la mujer como el sexo débil.

Otro de los problemas se desata al combinar violencia con cultura debido al patrón de conductas y acciones que se generan, en donde se comienzan a normalizar los actos brutales, en este caso, los feminicidios. Cuando se identifica a las mujeres como seres vulnerables, los hombres adoptan una posición de macho alfa y son quienes asumen la responsabilidad de proporcionar el bienestar. Los hombres, tras alcanzar un nivel de superioridad, necesitan demostrar las cualidades que los hacen sobresalir de la sociedad. Recibiendo un mayor salario, consiguiendo más mujeres que los otros hombres, ingiriendo más alcohol, inclusive en su forma de vestir y actuar, los hombres reflejan su superioridad, la cual está manifestada de manera implícita en la estructura patriarcal en la que vivimos.

En América Latina, la violencia machista parece que se encuentra en el ADN. Los hombres machos son elogiados y admirados por ciertos sectores de la sociedad quienes siguen sus pasos e, inclusive, tratan de imitarlos. La cultura machista se expresa de manera tácita través de comentarios y miradas, sin embargo, ese sólo es el principio. Hoy en día, América Latina atraviesa por una etapa crucial al ser considerada una de las regiones con el mayor número de feminicidios a nivel mundial.

Cada día mueren en promedio, al menos, 12 latinoamericanas y caribeñas por el simple hecho de ser mujer, según la CEPAL. En 2017, el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe (OIG) de las Naciones Unidas identificó en 23 países de la región un total de 2,795 mujeres que fueron víctimas de feminicidio.

De acuerdo a la OIG, tras analizar los datos de 2016 y 2017, El Salvador es considerado el país latinoamericano con la tasa más alta a nivel regional de 10.2% , es decir, de 12 a 16 mujeres por cada 100,000. Quienes siguen en la lista son Honduras con 5.8%; Belice, 4.8%; Trinidad y Tabago, 3.0%; Guatemala, 2.6; y República Dominicana con 2.2%. En términos de números absolutos, Brasil ocupó el primer lugar con 1,133 feminicidios en 2017.

El caso más alarmante sobre feminicidios en América Latina es El Salvador, que es considerado por la organización Amnistía Internacional como “uno de los países más peligrosos para las mujeres”. El argumento anterior es respaldado por una encuesta realizada a nivel estatal, en donde se estima que más del 67% de la población femenina ha sido víctima de violencia machista en algún punto de su vida, de las cuales el 33.8% sufrió de alguna secuela de un episodio machista en los últimos doce meses. A nivel mundial, según The Small Arms Survey, en 2016, El Salvador se encontraba en el tercer lugar, solamente detrás de Siria y Lesotho, debido a su alta tasa de feminicidios.

Con la finalidad de reducir el número de víctimas de los feminicidios, El Salvador emitió hace 5 años la Ley Especial Integral para una Vida de Violencia (LEIV), en donde determina el feminicidio en el artículo 45 como “la muerte a una mujer mediando motivos de odio o menosprecio por su condición de mujer”. El motivo que menciona el artículo debe haber “precedido algún incidente de violencia cometido por el autor” por lo que el victimario recibe una sanción de 20 a 35 años de cárcel.

Si bien, la LEIV es un comienzo para disminuir los índices de violencia machista en El Salvador, la problemática continúa siendo un problema latente a nivel mundial. Se necesita generar conciencia en los ciudadanos y eliminar el chip transferido por la estructura patriarcal.

Los asesinatos no son descubrimientos de este siglo, sin embargo, su clasificación de su naturaleza sí. Como dice la feminista salvadoreña Ima Guirola, de Cemujer, “no se trata únicamente de llamarlos así (feminicidios) para hacer diferencias, es importante identificar que las muertes violenta de mujeres se dan por razones distinta que los hombres”.