Populismo en América Latina

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A los latinoamericanos nos encanta el término “populista” en cuanto a nuevas administraciones se refiere. De hecho, el populismo se ha convertido en un objeto de debate tan repetitivo, que en 2016 se le nombró “palabra del año” por la fundación FUNDEO. Sin embargo, la mayoría solemos confundir este concepto debido a los mitos que lo rodean y que se han convertido en una suerte de dominio popular. Debido a lo anterior, es indispensable exponer las caracterísitcas de este tipo de régimen, puesto que no es un fenómeno exclusivamente latino. Esto con el fin de llevar las acaloradas discusiones en las que todos hemos participado a un segundo nivel de argumentación.

Para comenzar, es necesario diferenciar entre las estrategias populistas de los programas políticos y la edificación de un régimen populista. Mientras que las primeras son una herramienta que hasta cierta medida utilizan todos los candidatos y partidos políticos para conseguir votantes, la segunda tiene la intención de destruir el orden institucional existente. Así pues, si bien la demagogia es hasta cierto punto “normal” debido a la naturaleza de la contienda que caracteriza las elecciones democráticas, el régimen populista representa la culminación de la división de poderes y la perpetuación de la hegemonía del líder y su movimiento. Por ello, el populismo no puede ser tachado de estrategia satánica relegada a regímenes extremistas de izquierda, sino que existe con normalidad en cada una de las campañas electorales, pan de cada día en América Latina, en las que los candidatos prometen bajar el sol, la luna y las estrellas, con tal de conseguir más votantes.

Otro de los mitos detrás del término populismo es que está ligado a la izquierda, cuando en realidad no tiene una ideología concreta. Así pues, existe en Brasil un populismo de extrema derecha como el de Jair Bolsonaro y en Venezuela uno de extrema izquierda con Hugo Chávez. En este respecto cabe destacar la habilidad de Bolsonaro para reunir las tres características que acompañan a un régimen populista. Por un lado, el ambiente político y social en el que se hace necesaria una crisis que en su caso ha sido fabricada pero que ha mostrado ser altamente efectiva en su posicionamiento en las encuestas. Los comentarios del político con respecto a las mujeres y los migrantes le han otorgado la capacidad necesaria para polarizar a la sociedad en un “nosotros” contra “ellos”, que sumado a su liderazgo carismático y el hartazgo de la población debido a los escándalos de corrupción en el país, lo llevaron a la obtención de la presidencia este año.

La lógica populista pretende modelar la sociedad conforme sus preferencias o intereses convirtiendo su movimiento en hegemónico para ocupar y concentrar el poder. Garantizar su pertenencia es la prioridad y, en consecuencia, la mejor manera de reconocer un régimen populista es la de la progresiva pérdida de libertades individuales. No obstante, el populismo en América Latina ha evolucionado a través de los años, y los populistas que teníamos a principios de siglo XIX distan mucho de parecerse a los que surgieron durante el siglo de las nuevas tecnologías. Así pues, los padres fundadores de este régimen en el continente fueron Perón en Argentina, Vargas en Brasil y Cárdenas en México. Posteriormente, el estilo del populista se modificó con la inserción del modelo neoliberal, de donde tenemos a Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Collor en Brasil. Finalmente, existe una tercera oleada de populistas de inicios del siglo XXI, liderada por Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Cristina Kirchner y Rafael Correa.

Ahora bien, sobre si el populismo en América Latina ha beneficiado a los países practicantes, se debe admitir que los gobiernos populistas, lejos de cumplir su cometido, han derivado cada vez en el ahuyento de la inversión y la polarización de la sociedad a la que representan. Lo anterior debido a que su operación está basada en el descontento social que, como requerimiento básico, divide y lastima profundamente el tejido que cohesiona a la población. La atenuante de este discurso en Latinoamérica es su tendencia a pensar desde su fundación en estos términos de polarización, una visión respaldada en los oprimidos y los opresores que lejos de potenciar oportunidades victimiza a los ciudadanos y los relega a una existencia basada en la petición y la dependencia gubernamental. Ahora bien, dicha dependencia podría funcionar si sus esfuerzos fueran resultado de una estrategia fundamentada en el objetivo de un cambio positivo y progresivo de la población, pero cuando la solución para erradicar la pobreza es comprar despensas o regalar televisiones, no vale la pena si quiera hablar de un gobierno preocupado por el pueblo, aun cuando en un régimen populista, se dice tanto adorar.

Por otro lado, como Chávez solía decir “Chávez no soy yo, Chávez es el pueblo”, vale la pena reconsiderar la estrategia del populismo para disolver al gobernante entre las células de la sociedad. Disfrazado de pueblo, el populista le roba al pueblo, y no solamente en términos económicos. Está comprobado que, durante un régimen populista, paradójicamente, cada vez existen menos libertades individuales, y una riesgosa amenaza de perpetuación del gobernante en el poder. De esta manera, la peligrosidad del populista es que no es dejado de ser amado hasta que es profundamente odiado, y es sólo en ese episodio que el pueblo, sus adoradores, se dan cuenta del daño que le ha hecho al país. El populista quiere, de cierta manera, ser un dictador legitimado.

En conclusión, la próxima vez que se nos pregunte nuestra opinión sobre el populismo, sería una elección pertinente no satanizarlo con ignorancia, y no colocar la etiqueta donde no corresponde. Los tres elementos de un régimen populista son quebranto social, un líder carismático y la progresiva centralización del poder en manos del Ejecutivo. Tener una noción clara de lo que el populismo significa nos permite desmitificar que sea un fenómeno de izquierda, puramente de América Latina y que refleja la voluntad popular. El populismo en América Latina es, desgraciadamente, un fenómeno que no ha parado de caracterizar las administraciones contemporáneas, en parte debido a una sociedad desinformada, en parte por la noción histórica de que la realidad es “ellos” contra “nosotros”.