Racismo, indignación y protesta: Momento histórico en Estados Unidos

Comparte/

Share on twitter
Twitter
Share on facebook
Facebook
Share on whatsapp
WhatsApp

El 23 de febrero, un joven afroamericano de 25 años, Ahmaud Arbery, fue asesinado a tiros mientras trotaba por el vecindario de Satilla Shores, Georgia. Desarmado, Arbery murió en manos de dos hombres blancos que lo persiguieron en una camioneta. 

Sus homicidas, padre e hijo Gregory y Travis McMichael, no fueron arrestados ni acusados por asesinato y asalto agravado hasta mayo, tras la viralización de un video en redes sociales documentando el incidente. 

Gregory afirmó que el joven afroamericano “se parecía” a un sospechoso que había cometido robos en el área, pero que ni el ni su padre tenían evidencia de ningún delito por parte de Arbery.

Poco después de la medianoche del 13 de marzo, un grupo de policías blancos en Louisville, Kentucky, ejecutó una orden de allanamiento en el departamento de Breonna Taylor, una joven afroamericana de 26 años. 

Después de un breve enfrentamiento, los agentes asesinaron a Taylor, disparándole al menos ocho veces. Conmocionado, Kenneth Walker, novio de Taylor, llamó a la línea de emergencia 911, diciendo que “alguien pateó la puerta y le dispararon a mi novia.” Walker declaró que pensaban que alguien estaba asaltando su hogar.

Los oficiales respondieron que un juez les había otorgado una orden silenciosa de allanamiento, permitiéndoles ingresar al domicilio sin previo aviso y sin identificarse como agentes de la ley para investigar una presunta red de tráfico drogas en el área. 

Recientemente, el FBI inició una investigación sobre el asesinato. El gobernador de Kentucky, Andy Beshear, calificó los informes sobre la muerte de Taylor como «desconcertantes.”

El 25 de mayo, George Floyd, un hombre afroamericano de 46 años, murió tras ser arrestado por la policía frente a una tienda en Minneapolis, Minnesota.

Imágenes del arresto mostraron a un policía blanco, Derek Chauvin, arrodillado sobre el cuello de Floyd mientras lo sujetaban al piso — durante 8 minutos y 46 segundos. En varias ocasiones Floyd fue captado gritando, “no puedo respirar,” “por favor,” y “ayuda.” 

Tras ser despedido junto con otros tres agentes a cargo del arresto, Chauvin, de 44 años, fue acusado el viernes pasado de asesinato en tercer grado y homicidio involuntario en segundo grado. La investigación contra los policías continúa, a cargo del Fiscal General de Minnesota, Keith Ellison.

Ese mismo día, Amy Cooper, una mujer blanca que paseaba a su perro en Central Park, realizó un reporte policial falso contra Christian Cooper (sin relación), un hombre afroamericano que le pidió sujetar a su mascota con una correa, de acuerdo con las reglas del parque neoyorquino. 

En un video publicado por Christian, la mujer aparece amenazando al observador de aves, diciendo que planea llamar a la policia y “decirles que hay un hombre afroamericano amenazando mi vida.” Tras unos segundos, Amy llamó a la línea de emergencia 911, subiendo el tono de su voz y fingiendo que un hombre la atacaba. 

El video, publicado en Twitter por la hermana del Sr. Cooper, ha sido visto más de 30 millones de veces, desencadenando intensas discusiones sobre la historia de acusaciones falsas de gente blanca contra personas afroamericanas.

Ahmaud Arbery, Breonna Taylor, George Floyd y Christian Cooper son cuatro víctimas del racismo sistemático que perdura en Estados Unidos. Dos de ellas murieron en manos de policías blancos. Una fue asesinada mientras corría. 

Si el recuento de estos cuatro episodios de violencia racial resulta doloroso, vergonzoso e inquietante, es necesario preguntarnos cuantos abusos no han recibido la misma cobertura mediática, cuantos no han sido grabados. Cuantos permanecen impunes. 

Estos actos de violencia sin sentido no comenzaron en 2020. La discriminación racial en Estados Unidos es una corrosión arraigada e insidiosa que afecta estructuras sociales, económicas, políticas y culturales. Los legados de la esclavitud y la segregación perduran desde el nacimiento de un país próspero, paradójico y desigual.

Sin embargo, este año las grietas raciales se ahondan en medio de una pandemia global. En tan solo tres meses, uno de cada cuatro estadounidenses se quedó sin trabajo. Hoy, más de cien mil personas en el país han perdido la vida por COVID-19.  

Los últimos datos muestran que, a nivel nacional, poblaciones afroamericanas han muerto en una tasa tres veces más elevada que poblaciones blancas.   

Nuevas cifras compiladas por el laboratorio de investigación no partidista APM fueron publicadas bajo el título “Color del Coronavirus,” proporcionando más evidencia de la increíble división en la tasa de mortalidad de COVID-19 entre afroamericanos y el resto de la nación.

A nivel estatal, las estadísticas son aún más impactantes. En Kansas, residentes afroamericanos están muriendo siete veces más que residentes blancos. 

En otros estados, el golfo racial es casi tan extremo. En la capital de la nación, Washington DC, la tasa de mortalidad de residentes afroamericanos es seis veces más elevada. En Michigan y Missouri es cinco, y en los principales epicentros de la enfermedad, Nueva York, Illinois y Luisiana, es tres.

Si bien la comorbilidad emerge como factor, reciente evidencia indica que ciudadanos afroamericanos están en fuerte desventaja en términos de acceso a pruebas de diagnóstico y tratamiento para la enfermedad.

La gran mayoría de los empleados afroamericanos fueron designados «trabajadores esenciales» durante la crisis ocasionada por el COVID-19 — por lo que trabajar desde casa, dejar su trabajo o acceder a una licencia por enfermedad remunerada se volvió imposible. 

Además, residentes afroamericanos tienden a vivir en domicilios densamente poblados y en regiones más contaminadas, producto de años de políticas discriminatorias de vivienda.  Una vez enfermos, su acceso a atención médica es limitado, al igual que su capacidad para pagar tratamientos. 

«El mismo racismo sistemático que consiente la brutalidad policial contra los afroamericanos se refleja en una mayor mortalidad entre afroamericanos con COVID-19», declaró la epidemióloga de Harvard, Maimuna Majumder, en entrevista con Vox. 

Durante un año extremadamente tumultuoso, en medio de una pandemia global afectando a comunidades afroamericanas de manera desproporcional, autoridades locales, estatales y federales enviaron un cruel mensaje a millones de afroamericanos: tu vida vale menos.

Tras la muerte de George Floyd, millones de personas han salido en al menos 75 ciudades estadounidenses para protestar la brutalidad policial, la violencia racial y las múltiples discriminaciones que se intersectan en respuesta al color de piel de una persona. 

El lunes 1 de junio, el antiguo presidente Barack Obama publicó un ensayo sobre “cómo hacer de este momento un verdadero punto de inflexión para producir cambio real.”

Obama comenzó por reconocer que la oleada de protestas representa una “frustración genuina y legítima por un fracaso de décadas en reformar las prácticas policiales y el sistema de justicia penal en Estados Unidos.”

En referencia a los policías que se han unido a los manifestantes, hincándose en solidaridad con quienes protestan la brutalidad policial y la violencia racial, Obama recalcó que la mayoría de los participantes han sido pacíficos, valientes, responsables e inspiradores. “Se merecen nuestro respeto y apoyo, no una condena, algo que la policía en ciudades como Camden y Flint han entendido de manera admirable.” 

En referencia a la violencia y los saqueos que se han intensificado durante los últimos días, el primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos fue contundente. 

A pesar de reconocer que quienes han recurrido a distintas formas de violencia, “ya sea por enojo genuino o por simple oportunismo,” son una minoría, Obama instó a no poner en riesgo a otras personas y a no aprovecharse de negocios y vecindarios que ya recibieron fuertes golpes económicos por la pandemia. 

“No disculpemos la violencia, ni la racionalicemos, ni participemos en ella. Si queremos que nuestro sistema de justicia penal y la sociedad estadounidense en general operen con un código ético superior, entonces tenemos que modelar ese código nosotros mismos.”

Sin embargo, resulta imperativo recalcar que la violencia en las calles no es producto exclusivo de saqueadores y otros actores, sino también de la respuesta de agentes armados ante los manifestantes, incluso cuando dichos protestan de manera pacífica. 

Cada vez hay mayor preocupación de que las tácticas agresivas de cuerpos policiacos destinadas a “imponer el orden” inflamen tensiones, puesto que demuestran la fuerte violencia con la que fuerzas armadas pueden responder ante los manifestantes. 

Esta semana, se han emitido órdenes de arresto contra por lo menos seis agentes en Atlanta, Georgia, después de que aparecieran en un video disparando con pistolas paralizantes a dos estudiantes universitarios, arrastrándolos de un automóvil de manera violenta a pesar de que no estaban violando ninguna ley. 

En Richmond, Virginia, policías lanzaron gases lacrimógenos a una multitud que marchaba de forma pacífica cerca de la estatua en honor al líder confederado Robert E. Lee. En Brooklyn, Nueva York, dos camionetas todoterreno con policías abordo chocaron contra una multitud de manifestantes.

En Los Ángeles, California, una familia afroamericana que ayudaba a proteger a dos negocios locales de saqueadores fue esposada por agentes policiales, a quienes llamaron para pedir ayuda. El incidente se transmitió en un video en vivo por la cadena KTTV, rápidamente volviéndose viral. 

Otros videos muestran a agentes policiales en las últimas noches usando macanas, gas lacrimógeno, gas pimienta y balas de goma contra manifestantes, transeúntes y periodistas, a menudo sin previo aviso ni provocación aparente. 

A pesar de que la mayoría de los manifestantes se han expresado de manera pacífica y los saqueadores no muestran nexos con activistas, distintos actores enfatizan aquello que resulta más útil para sus narrativas sobre esta crisis. 

Al sintonizar cadenas de noticias conservadoras, el énfasis está en los saqueos, los vidrios rotos y el fuego. 

Líderes de opinión y gobernantes conservadores, en su mayoría blancos, caracterizan a la mayoría de los manifestantes como vándalos cuyo único interés es robar mercancía, atacar policías y alimentar el caos generalizado. 

Este tipo de narrativas buscan aislar la muerte de Floyd y otros como eventos “trágicos,” pero no necesariamente conectados a prejuicios raciales ni sistemas que los promueven. También buscan caracterizar la violencia de las manifestaciones como inexplicable, desproporcional y contraproducente a cualquier agravio que “algunos” puedan tener.

Otros comentaristas enfatizan el dolor y la frustración detrás de las manifestaciones, ocasionados por siglos de una ciudadanía de segunda clase para millones de afroamericanos, cuyas vidas se encuentran plagadas por violencia, miedo y capas de discriminación. 

Este tipo de narrativas busca conectar los abusos policiales y las respuestas de autoridades con un sistema roto y desigual que no valora la vida de hombres y mujeres afroamericanos por el simple hecho de serlo. También buscan enfatizar como distintas ciudades hoy fungen como teatros de disidencia justificada, llenas de manifestantes de distintos contextos y colores de piel. 

En redes sociales, contenido de apoyo a las protestas se difunde en ciertos círculos, instando a ser anti-racista, una posición que busca trascender disculpas apáticas por parte de gente privilegiada que no se considera parte del problema ni de la solución, puesto que ellos “no son racistas.” 

Varias publicaciones destacan que hoy no es suficiente “no ser racista,” sino que debemos buscar ser anti-racistas mediante acciones individuales y colectivas. El silencio y la pasividad se alzan como muestras de complicidad, no de neutralidad. 

Fila tras fila de cuadrados negros poblaron cuentas de Instagram de muchas personas este martes, y una búsqueda rápida de la etiqueta #BlackLivesMatter mostraba una cuadrícula compuesta casi en su totalidad por fondos negros sólidos.

Las casillas negras estaban destinadas a mostrar solidaridad con el movimiento “Black Lives Matter.” Sin embargo, activistas se movilizaron rápidamente, advirtiendo que la etiqueta #BlackLivesMatter estaba ahogando información vital sobre las protestas, fondos para pagar fianzas y el movimiento en general.

El presidente ejecutivo de Instagram, Adam Mosseri, intervino en la forma correcta de publicar. «Estamos escuchando de la comunidad activista afroamericana que las publicaciones relacionadas con “Blackout Tuesday” deben usar la etiqueta #BlackoutTuesday, y no #BlackLivesMatter.” 

Mientras la solidaridad reina en algunas partes del internet, en otros círculos se propagan teorías de conspiración, desinformación y contenido explícitamente racista. 

En Twitter y Facebook, cientos de publicaciones circulan diciendo que George Floyd no está realmente muerto. Teoristas de la conspiración argumentan infundadamente que George Soros, el inversionista multimillonario y donante demócrata, está financiando las crecientes protestas contra la brutalidad policial.

Comentaristas conservadores afirman con poca evidencia que ANTIFA, el movimiento activista antifascista de extrema izquierda, coordinó los disturbios y los saqueos que surgieron de las protestas. 

Videos de participantes y en un caso, de un policia del departamento de Nueva York reproduciendo el signo de “poder blanco” en medio de las protestas circulan en favor de la supremacía blanca. Para muchos, estas protestas no son necesarias, ni están justificadas, puesto que la comunidad afroamericana esta compuesta en su mayoría por “matones” y “delincuentes.” 

En medio de un paisaje político, mediático y digital sumamente polarizado y diverso, algunos buscan cambio radical mientras otros promueven orden. Algunos abogan por la responsabilidad, otros por la muerte de lo “políticamente correcto.” 

Mientras unos piden paciencia y cambios institucionales, otros optan por un rechazo completo de normas previas. Mientras millones de afroamericanos cansados buscan justicia inmediata y duradera, quienes gozan de privilegios actualmente por el color de su piel tienden a favorecer enfoques más tenues y graduales. 

Es difícil alejarse de la retórica y los lugares comunes ante una situación que incomoda, enoja y entristece a más de un norteamericano, enfrentándolo con sus propios prejuicios y dispensas, así como con sus propias experiencias y contribuciones. 

Sin embargo, una cantidad creciente de estadounidenses intentan tener conversaciones difíciles, salen a protestar y buscan rendir cuentas sobre sus propias actitudes y privilegios raciales. 

El ensayo de Obama planteó preguntas importantes sobre uno de los conflictos más antiguos sobre la desobediencia civil en momentos de crisis: ¿cual es la “manera correcta” de protestar? 

Su respuesta sugirió que, aunque no existe una fórmula para protestar un sistema desigual sin incomodar a quienes se benefician de el, vale la pena combinar estrategias para obtener resultados. 

“El punto de protestar es elevar la conciencia pública, mostrar la injusticia e incomodar a los poderes actuales,” escribió el antiguo presidente. “De hecho, a lo largo de la historia estadounidense, a menudo solo ha sido en respuesta a protestas y desobediencia civil que el sistema político incluso ha prestado atención a las comunidades marginadas.”

También escribió que “eventualmente, las aspiraciones tienen que traducirse en leyes específicas y prácticas institucionales, y en una democracia, eso solo sucede cuando elegimos funcionarios gubernamentales que respondan a nuestras demandas.”

Obama advirtió sobre el espejismo en el que puede convertirse el concentrarse solo en la presidencia y el gobierno federal. “Los funcionarios electos que más importan en la reforma de los departamentos de policía y el sistema de justicia penal trabajan a nivel estatal y local.” 

“Son los alcaldes y los ejecutivos de cada condado los que designan a la mayoría de los jefes de policía y negocian acuerdos de negociación colectiva con los sindicatos policiales,” escribió. “Son los fiscales de distrito y los fiscales estatales los que deciden si se investigan o no a los involucrados en abuso policial.”

Obama enfatizó que, por un sinfín de razones, la participación en estas elecciones locales es excepcionalmente baja, especialmente entre jóvenes, algo que debe cambiar dado el impacto directo que tienen estas oficinas en la justicia social de tantas comunidades. 

“Si queremos lograr un cambio real, no debemos elegir entre protestas y política. Tenemos que hacer las dos cosas. Movilizarnos para crear conciencia, y organizar y emitir nuestro voto para asegurarnos de elegir a candidatos que reformen,” escribió Obama. “Cuanto más específicas nuestras demandas para reformar el sistema policial y de justicia penal, más difícil será para los funcionarios electos ofrecer palabras vacías y olvidarse del problema una vez que las protestas acaben.” 

El racismo sistemático no existe de forma abstracta ni relativa y basta con no ser blanco para experimentar de primera mano las intersecciones, obstáculos, discriminaciones y agresiones mediante las cuales se manifiesta. 

En Estados Unidos, los legados de la esclavitud y la segregación encuentran continuidad en actitudes individuales, creencias arraigadas, sesgos y prejuicios que se han vuelto parte de la identidad nacional. 

Ideas sobre la raza y, consecuentemente, sobre el racismo, emergieron como construcciones sociales, producto de la erudición estadounidense que buscaba alimentar y justificar la institución de la esclavitud. Para algunos estas ideas son inconscientes e implícitas. Sin embargo, su omnipresencia y falta de cuestionamiento las hace fundamentalmente influyentes. 

A partir de estas deficiencias individuales, se irguieron sistemas económicos, políticos y sociales que mantienen y extienden la desigualdad racial de forma general. 

Las fuerzas que han puesto en riesgo a comunidades afroamericanas durante la pandemia también las ponen en riesgo de violencia policial — años de oportunidades económicas disminuidas, de marginación y de racismo estructural. 

La desproporcionada tasa de muerte ocasionada por el COVID-19 en comunidades afroamericanas y asesinatos a plena luz del día como el de George Floyd en manos de autoridades son parte del mismo problema. Un problema que muchos aún buscan preservar, negar y relativizar.