Trapos femeninos: el trabajo doméstico

El trabajo doméstico invisible y problemático puede ser un punto clave para garantizar la equidad de género en las jerarquías familiares.

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Al crecer me he tenido que replantear muchas cosas, una de ellas ha sido complicada, ¿ser o no ser feminista? Ni siquiera entiendo realmente qué es ser feminista porque hay muchas vertientes, movimientos e ideologías dentro de la ideología. Solo sé que quiero vivir tranquilamente, sin ser acosada sexualmente, sin tener que ser femenina, sin tener que hacer el trabajo doméstico porque es lo que mi “naturaleza” dicta, sin tener que mantener los tabús de la sexualidad o de la menstruación, ¿eso me hace feminista?

Mientras tanto va pasando el tiempo y me voy confrontando una y otra vez con una realidad machista, clasista y racista que me hace sentir una urgencia por cambiar. Podría hablar de muchísimas problemáticas de esta índole, sin embargo, voy a centrarme en una: el problema del trabajo doméstico.

Lo primero que me llama la atención de este problema es que se ha generado un mito en el que la mujer se debe de ocupar del trabajo doméstico porque esta es su “naturaleza” y hasta se justifica la relación a partir de la biología. Esto se me hace muy problemático porque desde mi punto de vista las labores domésticas no son una cualidad natural de ninguna persona. Son más bien una imposición social que se ha desarrollado culturalmente al asignarle estas responsabilidades a las mujeres bajo el sistema patriarcal en la que el hombre es quién dirige tanto el ámbito privado como el público. En la jerarquía familiar a la mujer se le restringe por medio de lo que se espera de ella.

Si aceptamos que las labores domésticas son naturales entonces estamos permitiendo que este trabajo sea invisibilizado y que de tal modo pierda su valor. Puede ser difícil de comprender este valor puesto que en muchísimos cosos no genera plusvalías sino que satisface necesidades básicas que son imprescindibles para que las personas puedan ser productivas.

Ahora que muchas mujeres trabajan en puestos asalariados se ven en una posición innecesariamente difícil. En vez de que se repartan de forma equitativa las labores domésticas con los demás miembros de la familia se han mantenido las jerarquías familiares en las que ellas deben cumplir con los cuidados del hogar. De tal modo tienen una “doble jornada”; la del trabajo fuera de casa y la del trabajo dentro de casa.

Algunas mujeres de clases mejor acomodadas se pueden dar el lujo de pagarle a otra mujer para que haga las labores domésticas. Este tipo de relaciones son complejas pues el binomio que separa trabajo/hogar se confunde de modo que la trabajadora doméstica no es un familiar pero forma parte de la “privacidad” de una familia. Así se crea una barrera de clases sociales entre las mujeres, se desarrolla una nueva jerarquía en el hogar, y se replican modelos que hemos adoptado desde la Colonia.

El machismo, el clasismo, y la discriminación étnico-racial se instalan en la vida cotidiana de los hogares. Así mismo esto se invisibiliza porque, a fin de cuentas, forma parte del inmenso e irreconocible trabajo doméstico. Entonces, ¿qué pasa cuando abrimos los ojos?

Cualquier persona que sea consiente y quiera cambiar la realidad por lo que cree que es justo y necesario tendrá que tomar acción en este problema porque es inmenso. El primer paso es reconocerlo. Después se deben de replantear los roles de género y de jerarquías que se dan al interior del hogar. Todos los individuos deberían de participar de forma equitativa en las tareas domésticas. Si se cuenta con ayuda de algún trabajador o trabajadora doméstica que cuente con un salario entonces se le deben de garantizar los derechos laborales a ese individuo. Esto puede resultar algo difícil, incluso costoso, pero también implica el valor de reconocer que todas las personas merecen un trato justo y que el trabajo que hacen no es menor que otros puesto que realizan labores esenciales para la vida.

Creo que es mi responsabilidad, por formar parte de esta generación, dejar de replicar modelos culturales que no han beneficiado de forma equitativa ni constructiva a la sociedad. También creo que el trabajo doméstico es un buen punto de partida porque nace en el núcleo familiar que se desarrolla dentro de los hogares y que puede llegar a tener un impacto en diferentes tipos de personas, hombres, mujeres, de todas las edades y de contextos socioeconómicos diversos.