Trapos viejos: la no-muerte de mi abuela

Esta reflexión se centrará en el problema de la no-muerte, ese no-lugar en el que un cuerpo se mantiene con vida a pesar de que la mente ya no es la misma.

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Esta reflexión se centrará en el problema de la no-muerte. Ese no-lugar, indefinido, en el que un cuerpo se mantiene con vida a pesar de que la mente ya no es la misma.

 

Ayer por la noche mi mamá decidió hacer tortillas de harina. Es una receta que solía preparar mi abuela Otilia, la madre de mi papá. Ellos son sonorenses y en Sonora las tortillas de harina son indispensables. Mi abuela y sus hermanas no necesitaban una receta para hacer tortillas, simplemente calculaban todos los ingredientes al tanteo y les quedaban perfectas.

Mi abuela era una mujer a la que no conocí tan bien como me hubiera gustado porque vivía en Guadalajara. Me acuerdo que ella era muy sonriente, le gustaba hacer bromas como cuando le daba nalgadas a mi papá para divertirnos, su sonrisa estaba enmarcada por unos labios rojos que, cuando nos daba un beso en el cachete, nos dejaban el sello inconfundible de su cariño. Hace cinco años mi abuela sufrió un derrame cerebral el cual casi la mata, pero no…

En algún momento de su vida, mi abuela también hizo tortillas, cuidó a sus hijos y después a sus nietos. Fue la que se ocupó de preparar la comida todos los días, de hacer las tareas domésticas de la casa como lavar la ropa, tender las camas, limpiar los baños, los pisos, etc. Fue una mujer que trabajó hasta el último día que tuvo buena salud. Pero de pronto, una tarde en la que no había nadie en su casa, un coagulo le generó una embolia cerebral. Por la noche mi primo mayor la encontró tirada en el suelo, inmóvil.

Mi abuela fue sometida a una operación para remover el coágulo de su cerebro. Al principio perdió el habla y prácticamente toda su movilidad. Con el tiempo y con ayuda de diferentes terapias recuperó buena parte de lo que había perdido, pero nunca volvió a ser la misma.

Actualmente mi abuela balbucea algunas palabras, se desplaza con esfuerzos y desafortunadamente no pudo reaprender a controlar sus esfínteres, así que usa pañales. El problema es que su vida cambió drásticamente, algunos hasta podrían pensar que eso no es vida y es justo en esa condición de no-vida la que me llama la atención.

En una sociedad regida por la biopolítica, en la que cada sujeto debe cumplir con una función práctica, las personas como mi abuela son relegadas a un segundo plano. Su existencia no es valorada de la misma manera que lo era antes, porque antes ella era el motor que proporcionaba orden en una casa. Ahora ella es prácticamente un bulto al cual hay que alimentar, cuidar y sostener económicamente sin que esto genere un beneficio para la sociedad. Su forma de vida es similar a la de una niña pequeña, solo que los esfuerzos por mantener a una niña se ven como una inversión a largo plazo para que eventualmente se convierta en un sujeto que se desarrolle dentro y para con la sociedad. Mi abuela no. Mi abuela está próxima a su muerte, aunque lo ha estado desde los últimos cinco años y simplemente sigue aquí.

La biopolítica también estuvo presente desde el momento en el que la ingresaron al hospital. La operación que le hicieron fue la que imposibilitó su muerte y la que produjo su no-muerte. Es decir que, al operarla, al hacer una intervención quirúrgica, su muerte natural fue anulada y a cambio se convirtió en un cuerpo más que dócil, en un cuerpo dependiente de otros cuerpos útiles. Dentro de la lógica del biopoder, las medicinas, y este tipo de intervenciones también son una forma de control o de poder sobre los cuerpos. Es sumamente violento, visto desde esta perspectiva, intervenir en un colapso natural del cuerpo para evitar que el mismo muera. De tal modo, mi abuela sigue proporcionando su utilidad al Estado ya que sigue inscrita en la lógica capitalista. Ella depende de los doctores, de los medicamentos, de los pañales, de la comida y demás servicios y productos que activan la economía.

Esto me parce irónico si se toma en cuenta que ahora mi abuela entraría en la categoría de Homo Sacer (posibilidad absoluta de que cualquiera le mate), por su condición de sujeto dependiente de otros sujetos, así como por formar parte de una minoría: mujer de más de 80 años. Ella es ese sujeto al que cualquiera podría dar muerte y sin embargo sucede justo lo contrario, en mi familia nos hemos esforzado continuamente para que siga en el limbo de la no-muerte.

La pregunta por la muerte es la pregunta por la vida, ¿para qué la mantenemos viva? ¿para qué la dejaríamos morir? Y creo que estas preguntas no tienen una sola respuesta. Son preguntas que se conectan rápidamente a los afectos, dejar morir a un ser querido es perder la batalla contra la vida. Sin embargo, lo complejo de la no-muerte es que la batalla se perdió hace tiempo y lo único que queda es esperar a que culmine por completo. La no-muerte es problemática porque como sociedad biopolítica esperamos que las personas sean productivas, que sus cuerpos sean útiles, aunque se trate de ancianos, aunque ideológicamente este conflicto no esté asimilado.

Tal vez solo nos queda intentar subvertir el sistema, para poder pensar a mi abuela desde una perspectiva que se salga de la no-muerte y que implique puramente a la vida. Una vida en la que ella no deba ser un sujeto útil, productivo, sino que sea Zoé (el simple hecho de vivir, común a todos los seres vivos), alejada de la política, del orden y del poder. Podría ser que justo en ese estado esencial de la nuda vida la batalla entre la vida y la muerte que tanto atormenta a los seres humanos se reduzca a una mínima diferencia.