¡Va por ustedes!

No todo en este espacio, querido lector, es futbol americano. O tal vez sí, muy en el fondo. En días pasados mi querido amigo Iván Pirrón enfrentó una dolorosa pérdida. Le deseo luz y mucho amor a él, a su familia, en este momento.

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-Te va a doler, sí. También vas a tener altibajos y problemas. Pero al ser un jugador de futbol, puedes superar esas cosas. 
–Colin Kapernick.

No todo en este espacio, querido lector, es futbol americano. O tal vez sí, muy en el fondo. En días pasados mi querido amigo Iván Pirrón enfrentó una dolorosa pérdida. Le deseo luz y mucho amor a él, a su familia, en este momento.

A Pirrón lo conocí en 2002. Él era editor en jefe de la información de todos los deportes que no son soccer, en el diario Récord y desde entonces fungió, junto con otros distinguidos periodistas, como mi mentor, mi maestro.

Tras 17 años de conocernos y en los que me ha permitido acompañarlo en varios proyectos de futbol americano, hoy puedo presumir su amistad.

Lamento que se adelante uno de tus “guías” de niñez y adolescencia, pero como bien dices ‘Cucuy’: “La vida sigue y hay muchas cosas por hacer”. 

Gracias por todo y por tanto ‘Master’. Te abrazo. Para ti mi admiración y respeto.

Reflexionaba sobre esas complicadas despedidas del alma, cuando de forma azarosa llegó a mí la nota de Dariusz ‘Darek’ Formella, futbolista polaco del Sacramento Republic, un discreto equipo de segunda división de Estados Unidos. El pasado fin de semana, minutos antes de entrar al campo de juego, le informaron que su padre falleció a causa de cáncer.

Experimenté un deja vu instantáneo. Lo que le pasó a Formella en el partido es algo único, catártico. Esto es el deporte. Esto esto es lo grato del periodismo deportivo. Las historias de los humanos detrás de los deportistas.

Esto es lo que me pasó el 17 de septiembre hace dos años. Ahora se los comparto. 

Va por ti

Sonó el silbato y, como cada domingo, yo estaba en mi posición habitual como defensa central. Suspiré profundamente y miré el cielo. Una congoja, una nostalgia se apoderó de mí. La garganta se me hizo un nudo y se me escaparon un par de lágrimas que sequé, a la altura de las mejillas, con la porosa franela rosada del uniforme, el de la Juventus.

Tan solo un día antes del partido había regresado de una corta estancia de una semana en San José del Cabo, en Baja California Sur. Al verme en el campo mis compañeros, sin decirme palabra alguna, me rodearon y uno a uno me brindaron un abrazo. No fueron necesarias las voces. El árbitro me ofreció un minuto de silencio, mas lo rechacé. A Él no le hubiera gustado eso. Lo sé.

No había dado el primer sprint, ni un paso siquiera, y mi corazón latía con tal aceleración que sentí cómo rebotaba dentro del pecho. Las manos me sudaban. La respiración estaba tan agitada que bufaba y, a pesar del frío matutino, el vaho que escapaba de mi boca entibiaba mi rostro.

Quería correr, devorar cada palmo de la cancha a un costado de la Central de Abastos en la que nos reunimos los fines de semana. Tenía la imperiosa necesidad de sentirme libre, correr, chocar, darlo todo e ir más allá, hacer lo que nunca: meter un gol.

Todos presionamos al rival, no dejamos que tuvieran un segundo de respiro sin morderles los pies. Por el asedio provocamos sus errores. Antes del medio tiempo recuperamos el esférico a medio campo. No lo pensé, simplemente abandoné la parcela defensiva y me enfilé hacia el marco contrario.

No supe de qué manera, pero el balón llegó a mis pies justo frente al portero y sin pensarlo disparé. El guardameta escupió el tiro. Yo me maldije con amargura, pero la jugada seguía viva y la redonda cayó al alcance de Karly, quien se incorporó por izquierda y recentró. Esta vez choqué la redonda con la parte interna del pie, con fuerza, con fervor, sin miedo y crucé al portero.

Grité con furia ¡GOOOL!… y me doblé. Mis rodillas se desplomaron sobre el caucho, levanté de nuevo mi vista al cielo, lo apunté con el índice derecho. Estallé en alaridos y lloré y lloré, sin detenerme, hasta vaciarme. No bajé el brazo derecho, todavía mi dedo señalaba el cenit, el infinito… Y dije: ¡ESTE GOL VA POR TI PAPÁ! ¡Gracias amigos, muchas gracias!

Aquellos que me tuvieron a su alcance, me rodearon y celebraron conmigo el tanto. Ellos sabían lo que significaba para mí, pues mi papá había fallecido tan sólo ocho días antes y yo tenía aprisionados muchos sentimientos. Discreto, pero con todo el pinche corazón del mundo, con todo el amor.

Así fue mi gol y parte de mi homenaje para ti papá, para ti que te emocionabas esos domingos cuando desde Ecatepec ibas con mamá a verme, ibas a mostrarme ese amor que siempre nos profesaste. Nunca te regalé un gol aquellas veces que nos acompañaste, pero éste salda mi deuda. Este gol fue solamente para ti.

Nos leemos el próximo jueves.

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