Violencia contra mujeres: raíces profundas y soluciones superficiales

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Uno de los historiadores más meticulosos de México, John Tutino, ha dedicado la mayoría de su investigación a la formación del estado mexicano y las transformaciones del país desde el siglo XVI.

En su insistencia por entender que había motivado a comunidades rurales a seguir a Emiliano Zapata en 1910 más allá de las razones conocidas, Tutino examinó los archivos del Estado de México, una de las zonas más cercanas a Morelos, la cuna de los Zapatistas.

Los resultados le sorprendieron. Tan temprano como 1900, el Estado de México reportaba un excedente de muertes de niñas, así como un excedente de ataques violentos a mujeres. Tutino se dedicó a ordenar estos patrones, concluyendo que pocos años antes de la Revolución, distintas comunidades exhibían tasas elevadas de violencia contra mujeres e infanticidios, en su mayoría de niñas pequeñas.

La violencia contra las mujeres es planteada por muchos como un problema situacional, temporal y sin mucha explicación. Para aquellos que le otorgan la complejidad que merece, el feminicidio y otros actos de violencia contra mujeres de todas las edades emergen como legados perniciosos de una sociedad que los normaliza y facilita.

La investigación de Tutino se centra en la erosión de redes patriarcales a causa de la comercialización y privatización de la tierra a principios del siglo XX. En 1900, mientras la población crecía y la producción mecánica se apoderaba de la agricultura comercial, hombres en comunidades rurales no tenían tierra para sembrar, ni un salario estable como trabajadores en la agroindustria, ahora regida por aparatos y pocos trabajadores temporales.

Mientras que Tutino reconoce el impacto de modelos comerciales beneficiando a unos cuántos a costa de la supervivencia del resto del país, el patrón que le pareció más notable fue la autorización de violencia contra las mujeres por parte del gobierno — en esa época el de Porfirio Díaz — y las comunidades en sí.

Cuando argumentos que conectan al feminicidio con el “patriarcado” emergen, el instinto de muchos es rechazarlos como exageraciones desinformadas que pretenden enfrentar a mujeres contra hombres, “inventando” un sistema que en realidad no existe. Sin embargo, Tutino no solamente reconoce que la violencia contra mujeres en México se relaciona con configuraciones patriarcales locales — es decir, redes familiares, filiales y matrimonios — sino que se basa en la sanción de conductas violentas para preservar autoridad.

El argumento de Tutino se basa en la defensa violenta del “patriarcado” como un sistema androcéntrico. En otras palabras, la violencia y la idea de la mujer como complementaria e inferior al hombre tienen conexiones profundas. En 1900, hombres en el Estado de México y otras zonas del país incurrieron en actos violentos porque presiones económicas externas amenazaban con carcomer sus roles como patriarcas.

Sin embargo, estas explicaciones, repetidas por el presidente López Obrador, quién asegura que los feminicidios son producto de un “proceso de degradación progresivo, que tiene que ver con el modelo neoliberal,” parecen omitir algo importante. Las presiones económicas por si solas no dan cuenta de la escala de violencia contra mujeres en México.

Tal como Tutino lo plantea, el mayor motor del feminicidio e infanticidio no proviene de “explotaciones porfiristas” — ni de “trabajadoras de las maquilas fronterizas sin red de protección social,” como declaró el senador de Morena, Martí Batres — sino de sanciones culturales y políticas.

Las raíces del feminicidio y otros actos de violencia contra mujeres en México son profundas. A pesar de justificaciones circunstanciales y económicas, la “impenetrabilidad” de la violencia sistemática contra mujeres en México es tan falsa como es útil.

Explicaciones sobre el feminicidio como un producto de modelos económicos o una inexplicable “pérdida de valores” atraen a muchos que buscan remover las dinámicas de género de la ecuación. Si la violencia contra mujeres se plantea como un fenómeno nuevo, aleatorio y enigmático, es más fácil trivializar y olvidar.

El debate sobre la violencia contra mujeres parece cada vez más centrado en el decoro, la proporcionalidad o la efectividad de actos de protesta. Su persistencia resulta cada vez más inoportuna, molesta y excesiva para muchos. Eufemismos que buscan aliados eluden la cuestión de género, creando una batalla neutral de “gente buena contra gente mala.”

Quiénes cometen los crímenes se transforman en abstracciones del mal y quienes sufren los efectos de la violencia se vuelven mártires. Planteamientos y soluciones centradas en sistemas más amplios y dinámicas nocivas basadas en el género de sus participantes se diluyen ante quejas sobre lo “injusto” que es generalizar y lo ridículo que es acusar a “todos los hombres,” “al gobierno que no tiene la culpa,” y a la “gente buena.”  

El Estado de México en 1900 que presenta Tutino y la situación actual tienen paralelas interesantes. A pesar de que la relación entre presiones económicas y violencia de género existe, el mayor impulsor de este tipo de conductas se relaciona con sanciones culturales, políticas y sociales. La violencia contra mujeres ha evolucionado desde 1900, pero sus bases no han cambiado.

Una población que percibe a las mujeres de formas problemáticas percibe la pasividad de las autoridades como como una autorización. La violencia se materializa como un acuerdo entre aquellos dispuestos a cometer crímenes y aquellos dispuestos a no procesarlos — una cultura que justifica la violencia contra mujeres como parte del “orden natural” y una gestión que no desincentiva a sus autores.

La abstracción parece ser el instrumento predilecto de aquellos que buscan separar dinámicas de género del feminicidio y otros actos de violencia. La trivialización rompe narrativas que plantean orígenes arraigados del problema, borrando el rol pasivo de autoridades locales, estatales y federales y la cultura que alimenta la violencia de género. Aquello que se puede hacer de manera impune, se repetirá una y otra vez.

Mientras esto sucede, muchos siguen hablando de un problema inexplicable, sin conexiones tangibles a la cultura machista que impera en México y al rol impasible de las autoridades en todos los niveles. La violencia contra mujeres se sigue planteando como un enigma sin esencia y sin explicación, cuya resolución puede esperar a que las circunstancias “mejoren.”